Folios
0123-4870
Universidad Pedagógica Nacional
https://doi.org/10.17227/folios.61-16415

Recibido: 1 de abril de 2022; Aceptado: 3 de agosto de 2024; : 1 de enero de 2025

Apuntes históricos sobre los orígenes del servicio militar obligatorio


Historical Notes on the Origins of Mandatory Military Service


Apontamentos históricos sobre as origens do serviço militar obrigatório

A. Atehortúa-Cruz, 1

Doctor en Sociología, Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Profesor titular, Departamento de Ciencias Sociales, Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, Colombia. adolate@pedagogica.edu.co https://orcid.org/0000-0002-4957-0296 Universidad Pedagógica Nacional Departamento de Ciencias Sociales Universidad Pedagógica Nacional Bogotá Colombia

Resumen

La propuesta del servicio militar obligatorio como fundamento para la construcción del Estado Nacional aparece en la historia con múltiples ejemplos. Para algunos autores, como Tilly (1992), el Estado no solo precisa de la coerción, sino que nace y se construye a partir de ella; un fenómeno que, por lógica, es detentado a través de un aparato armado permanente, compuesto por soldados en su base -hombres compelidos a desempeñar funciones militares- y oficiales profesionales, académicamente formados. El presente artículo de investigación aborda el carácter obligatorio del servicio militar en sus orígenes, prestando especial atención a los antecedentes y a su surgimiento en Francia y Alemania, modelos de la conscripción moderna. La historia global se convierte en trasfondo mediante el análisis de la guerra y sus desarrollos.

Palabras clave:

historia global, servicio militar, historia de la guerra, militares.

Abstract

The proposal for compulsory military service as the foundation for the construction of the national State appears in history with multiple examples. For some authors, such as Tilly (1992), the State not only requires coercion but is born and constructed from it; a phenomenon that, logically, is sustained through a permanent armed apparatus, composed of soldiers at its base-men compelled to perform military duties-and professionally trained officers. This research article addresses the compulsory nature of military service in its origins, paying special attention to its antecedents and its emergence in France and Germany, models of modern conscription. Global history serves as a backdrop through the analysis of war and its developments.

Keywords:

global history, military service, history of war, military.

Resumo

A proposta do serviço militar obrigatório como fundamento para a construção do Estado nacional aparece na história com múltiplos exemplos. Para alguns autores, como Tilly (1992), o Estado não apenas precisa de coerção, mas nasce e se constrói a partir dela; um fenômeno que, logicamente, ésustentado por um aparato armado permanente, composto por soldados em sua base-homens obrigados a desempenhar funções militares-e oficiais profissionais, academicamente formados. Este artigo de pesquisa aborda o caráter obrigatório do serviço militar em suas origens, prestando especial atenção a seus antecedentes e ao seusurgimento na França e na Alemanha, modelos da conscrição moderna. A história global torna-se um pano de fundo por meio da análise da guerra e seus desdobramentos.

Palavras-chave:

história global, serviço militar, história da guerra, militares.

Antecedentes. Pueblos, faraones y emperadores

En la historia militar, se ha escrito extensamente sobre los ejércitos de la antigüedad. Al revelar la cultura de los pueblos, se destacan sus formas de enfrentar conflictos, de asumir guerras y de prepararse para ellas. La Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta, la batalla de Cannas, donde el pequeño ejército de Aníbal derrotó a las poderosas fuerzas romanas, y las campañas de Ciro, marcadas por su enorme valor y resistencia al hambre, siguen siendo objeto de estudio en las academias militares. Sin embargo, al referirse a los egipcios, persas, griegos, carta gineses, asirios o chinos, se ha preferido observar sus tácticas y el avance relativo de su armamento, descuidando los sistemas de reclutamiento y la organización interna de las tropas.

La documentación existente tampoco es de gran ayuda. La guerra probablemente apareció hace diez mil años en el norte de Irak y pudo haber llegado a Europa hace siete mil. Los escritos de la antigüedad se enfocan principalmente en las grandes batallas y guerras, en los triunfos sorprendentes y las derrotas fatales. Sin embargo, no siempre los combates tenían como objetivo herir al enemigo, como sucedía con las “guerras floridas” de los aztecas, convocadas de mutuo acuerdo para capturar guerreros y sacrificarlos ritualísticamente en beneficio de los grupos contendientes, o aquellas de la dinastía Shang en China (1600-1045 a. de N. E.), que buscaban capturar prisioneros para ofrendarlos en rituales. De igual manera, no siempre quien poseía las mejores armas o tácticas resultaba vencedor; la fortaleza económica, la organización y la disciplina militar también contaban, como ocurrió con los griegos y romanos.

La literatura sumeria, la más antigua del mundo, que abarcó los imperios Acadio y Babilonio con sus logogramas cuneiformes y dio vida a los inmortales poemas de Gilgamesh, menciona por primera vez el uso de carros de guerra tirados por caballos por parte de las huestes de Elam y Guti para humillar y destruir Ur, la mayor ciudad del mundo en el 2000 a. de N. E.2 Su testimonio, desde luego, refleja el dolor de la población “endeble y solitaria” que yacía sobre el suelo, y no la organización castrense empleada por los vencedores para demolerla (Pérez, 2011).3 Los templos fueron saqueados, las viviendas arrasadas y los campos incendiados. Su monarca, Ibbi-Sin, fue hecho prisionero y llevado a Elam. En medio de la barbarie, las Lamentaciones de Ur solo podían referirse a estos eventos. En contraste, los textos de Shurupak, que contienen las antiguas tablillas de Fara, definen soldados, guardias y criados que probablemente vivían en casas reales con honorarios y un estatus reconocido (Gwendolyn, 2002). Más tarde, durante el reinado de Sargón de Acad, parece haberse establecido una fuerza militar más regular que se acuartelaba en palacios junto a mercenarios de Elam. Sin embargo, el Código de Hammurabi ofrece una mejor ilustración: “Si un oficial o un senescal que se ha alistado en una expedición real no acude y ha contratado un mercenario, este oficial o senescal merece la muerte y el reemplazante tomará su casa”. “Si un oficial o un senescal que regresa a una fortaleza real deja su campo y su jardín a otra persona al iniciar sugestión, cuando retorne y vuelva a su ciudad, se le devolverá el campo y el jardín, recuperando él mismo la gerencia” (Franco, 1962, p. 337). Por lo tanto, el ejército era estacionario, convocado para campañas reales y compuesto por agricultores, no por militares profesionales. Con los persas, la situación no cambió significativamente: se enseñaba equitación y tiro con arco a todos los varones de 5 a 20 años, quienes debían estar disponibles entre los 20 y 25 años ante cualquier llamado real. No obstante, su fuerza no superaba la que aportaban los mercenarios de los pueblos iranios con gran habilidad para la guerra (Sekunda, 2008).

Algo similar ocurre con los hebreos. En los versículos de Samuel, la Biblia presenta a los pueblos enfrentándose, no a los ejércitos: “los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotada por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres” (Samuel 4:2); “yo aconsejo lo siguiente: concentra aquí a todo Israel, desde Dan hasta Berseba, numeroso como la arena de la playa, y tú en persona sal con ellos” (Samuel 17:11). En las “Crónicas” de la misma Biblia, al mencionar la “organización militar y civil” del pueblo hebreo, se refieren a los “israelitas seglares” como “jefes de familia, jefes de mil y oficiales de cien”, “al servicio del rey para toda clase de asuntos”: las divisiones “se turnaban de mes en mes, todo el año, y cada división constaba de veinticuatro mil hombres” (Crónicas 27:1). Es decir, la organización era temporal y laica, más similar a milicias que a un ejército, dispuesta para cualquier tarea que el rey ordenara: defensa, siembra o marcha. Aunque Josué dispone de un “ejército”, este se mezcla con los sacerdotes y la población bajo la voluntad divina; las murallas de Jericó se derrumban milagrosamente ante las trompetas por designio de Dios, no por acción de las armas, y lo mismo sucede con la “conquista de Ai” y las “campañas del sur y del norte” (Josué 6, 8, 10 y 11). No encontramos, entonces, referencias sobre la organización militar ni su estructura.

La historia de Jerusalén, por su parte, muestra la guerra como un estado normal en la vida de los pueblos. Flavio Josefo describe cómo, entre los mismos hebreos, se armaban ejércitos de manera a veces improvisada para atacar Jerusalén y robar los templos, como ocurrió con Antíoco, enemistado con Ptolomeo VI a raíz de la expulsión de los hijos de Tobías (Josefo, 1923, p. 79). Así, la ciudad era tomada con armas, los vencidos a veces eran reducidos a la esclavitud, y se apropiaban de sus bienes. Los faraones entraron repetidamente en Jerusalén para someterla o incluso destruirla, como lo hicieron los asirios, babilonios y persas hasta la época de los macedonios y el triunfo de los macabeos, seguidos por los romanos. Estos últimos, a su vez, enfrentaron los vaivenes de la familia Herodes, así como las rebeliones de galileos, zelotes e idumeos y sus predicadores.4 En ese momento, el objetivo estratégico era el asedio, la derrota y la destrucción del enemigo.

Los instrumentos de guerra variaron de un sector geográfico a otro, pero poco sabemos sobre las disposiciones estratégicas y orgánicas de los hombres armados. Aníbal extendió el poder de Cartago con secciones de elefantes entrenados para la confrontación con humanos, bajo la dirección de generales nombrados por el Senado. Sus unidades de falange, que enfrentaron a las legiones romanas en las Guerras Púnicas, estaban compuestas por gente común de su pueblo junto a diestros mercenarios. Ambos grupos eran hombres pagados que recibían premios e indulgencias. Su cuerpo de élite, el llamado “Batallón Sagrado”, se situaba en el centro de la formación, protegido por elefantes y caballería a los costados (Goldsworthy, 2008). Los jinetes eran extranjeros que peleaban por el oro.

El ejército asirio, sucesor del Imperio Acadio, introdujo la infantería con arqueros que utilizaban flechas incen diarias, así como el ariete para derribar puertas y murallas. La eficacia de sus guerreros a pie los convirtió en los amos de las llanuras mesopotámicas entre los ríos Tigris y Éufrates. Otros innovaron en el largo de las lanzas, como las falanges macedónicas, o con las ballestas inventadas por los chinos (Chailan, 2007; Harmand, 1985). Estos últimos, durante las “Guerras de Unificación” a finales del siglo III a. de N. E., entre el poder de Qin y sus opositores, mostraron hordas con oficiales de extracción noble en carros tirados por caballos, al mando de campesinos a pie armados con garrotes y piedras. La prolongación de los conflictos llevó a censos de población para permitir el reclutamiento directo de labradores, peones o campesinos e incrementar la infantería. Las constantes guerras entre los señores feudales, enemigos de la construcción dinástica de Qin, propiciaron la innovación en armas, la creación de grupos especializados con arcos y ballestas, y la formación disciplinada de los “guerreros de terracota”, una especie de guardia personal profesionalizada que ha entregado a los arqueólogos su mejor muestra (Wood, 2008).5 La profesionalización surgió de la complejidad de los enfrentamientos y de la necesidad de dedicar cuerpos selectos a la protección de señores y soberanos, lo que también llevó a la aparición de expertos y consejeros como Sun-Tzu, cuyas capacidades están reflejadas en sus tratados e influencia (Sun-Tzu, 2018). Japón, por su parte, perfeccionó sus habilidades militares en un sinfín de confrontaciones civiles que forjaron guerreros profesionales hábiles con el arco y la espada, como los samuráis.

Al trasladarnos al Medio Oriente, encontramos que los carros de guerra con equinos, originarios de los hurritas de Siria y Mesopotamia y también utilizados en China, reaparecieron en el ejército egipcio como legado de los hicsos a los faraones. Los hicsos, un grupo humano procedente del Oriente Próximo, no penetraron en las tierras del Nilo como una fuerza armada destacada; iniciaron una migración gradual que, con el tiempo, se transformó en una conquista militar. Los egipcios no pudieron oponerse. Su “ejército” era, en realidad, una agrupación de fuerzas que se reunía en caso de necesidad, armados con palos, hondas y lanzas con punta de pedernal, para defender las cosechas o apoyar a pequeñas unidades permanentes. Su carácter inestable y su dedicación a las grandes construcciones durante los Imperios Antiguo y Medio dificultan el cálculo de sus dimensiones y el conocimiento de su organización o papel.6

Para finales del período Medio, sabemos que el faraón contaba con una pequeña guardia que recibía soldados desde las regiones o contrataba mercenarios, mientras las levas eran puntuales. De manera similar, el ejército funcionaba con mercenarios y hombres reclutados para campañas estacionarias. En el Imperio Nuevo, bajo el reinado de Ramsés II, el ejército se organizó en cuerpos de infantería y “carristas” con aportes de voluntarios y el reclutamiento de mercenarios. Los jefes eran provistos por la casa real, que incluía miembros de sus familias, y se crearon unidades de élite, en su mayoría compuestas por extranjeros muy bien pagados. Los soldados provenían de las regiones cultivadas alrededor del gran río y estaban sujetos a cierto tipo de prestación militar obligatoria. Finalmente, el grueso del cuerpo lo completaban migrantes nómadas convertidos al sedentarismo, algunos de origen asiático o libio, o prisioneros que obtenían su libertad a cambio de servir en la milicia. Las temidas fuerzas de Ramsés II combinaban entonces oficiales de su familia con soldados profesionales, mercenarios y levas provinciales.7

El ejército ptolemaico, bajo la dinastía macedónica, estableció después una distinción más clara entre jinetes e infantería, al estilo temprano de Alejandro Magno, fortaleciendo también el ingreso de combatientes a cambio de tierras (Padro, 2019). Nubios, micénicos y cananitas se unieron a las huestes de Ramsés II, pero, de acuerdo con el Antiguo Testamento, los asirios fueron mucho más temidos, especialmente por sus habilidades para el sitio y derrumbe de fortalezas.

No obstante, es con los griegos y romanos donde se alcanza una mayor claridad sobre los sistemas de reclu tamiento. Las ciudades micénicas, resguardadas por hercúleos muros, monumentos y tumbas de guerreros, y sus narraciones homéricas, como el famoso Caballo de Troya, proporcionan una visión popularmente extendida de la guerra. Las características de los guerreros son sugeridas por Platón en La República. Su propósito, además del fortalecimiento militar, busca la preparación para la defensa del Estado y no para su dominación; para el altruismo y no para la corrupción. Los guerreros serán “defensores y protectores de los demás ciudadanos”, no “sus amos y tiranos”: “que se les haga comprender que los dioses han puesto en su alma oro y plata divinos, y que, por ende, para nada necesitan del oro y de la plata de los hombres”; “esa es la única manera de que ellos y el Estado se conserven” (Platón, 2008, p. 3).

Es en Grecia, con el surgimiento del imperio ateniense y las guerras persas, donde encontramos los prime ros rastros del servicio militar obligatorio. Allí se creó uno de los cuerpos militares más antiguos con carácter permanente, destinado a defender o subyugar coercitivamente a las ciudades-Estado griegas. Esta organización militar, con un sofisticado sistema que incluía varios tipos de reclutas, proporcionaba empleo estable al sector más numeroso y menos privilegiado de los ciudadanos. Sin embargo, su financiación basada en tributos cavó su propia tumba: la Guerra del Peloponeso unió en su contra la rebelión de los súbditos que se negaban al servicio y el ataque de las ciudades más oligárquicas del interior, encabezadas por Esparta.

Esparta y los hoplitas, soldados de infantería pesada, ocupan un lugar destacado en la historia militar de los griegos. Era una soldadesca con un nivel económico razonable, procedente de la clase media agraria de las ciudades, pequeños y medianos propietarios con cierta autonomía política, que podían comprar sus armas y equipo militar.8 “Su eficacia militar habría de demostrarse en las sorprendentes victorias griegas sobre los persas”, pero lo más importante fue “suposición central dentro de la estructura política de las ciudades-Estado” (Anderson, 1979a, p. 27).9 Las falanges marchaban unidas al son de flautas, protegiéndose con altos escudos y lanzas salientes que impedían el ataque enemigo. Su fortaleza era el combate cuerpo a cuerpo en formaciones densas y su disciplina, según Tucídides, no permitía gestas individuales; los soldados se formaban como ciudadanos y guerreros desde niños con fatigosos ejercicios. “La ignorancia hermanada con la disciplina es más útil que el talento unido al desenfreno” (Tucídides, 1976, pp. 72 y 86). La caballería, que constituía la oficialidad, era voluntaria, formada por elementos pudientes que debían proveer su propio caballo, correr con los gastos de mantenimiento y contar con criados o esclavos a su servicio. “En el tumulto del campo de batalla, la táctica y la estrategia carecían de significado para los hoplitas. El propósito deliberado de la lucha era prescindir por completo de la necesidad de reservas, articulación, estratagemas y maniobras” (Parker, 2010, p. 27). Elogiando a los hoplitas, el soldado e historiador Jenofonte reprendió la formación de destacamentos de esclavos con oficiales de sectores medios que aspiraban a las cúpulas del poder citadino a través de las victorias; ciudadanos en buena forma física obligados a desempeñar el servicio militar entre los 18 y 60 años; y siervos persiguiendo tierras a merced de la expansión de los imperios (Jenofonte, 2015).10 De igual manera, en Los ingresos, se quejó del reclutamiento de extranjeros para formar la infantería. Allí pidió el servicio militar de nuestros ciudadanos agrupados, sin mezclarse con lidios, frigios, sirios y bárbaros (Jenofonte, 2015). Sin embargo, las ciudades no podían permitirse comprometer a sus hombres en guerras prolongadas o campañas lejanas; prevalecía el propósito de resolver las guerras mediante batallas decisivas para permitir el regreso de los hombres a sus labores habituales.

La gran obra de Plutarco, Las vidas paralelas, nos ofrece numerosos detalles militares sobre Esparta, Filipo II de Macedonia, Alejandro Magno, el retrato de Numa Pompilio y el trasegar de César. Gracias a ella sabemos que la combinación de caballería e infantería, así como el armamento ligero y pesado, permitió a Filipo dominar Grecia y a su hijo Alejandro marchar contra el Imperio Persa y vencer al gran Darío tras una encarnizada lucha de doce años. En la famosa batalla de Queronea, el mejor ejército de los griegos fue pulverizado por la organización táctica de los macedonios, que coordinaron con maestría la falange tradicional con la caballería (Plutarco, 1880).

Por otro lado, Polibio de Megalópolis (1965), al explicar cómo se impuso la hegemonía romana en la cuenca del Mediterráneo, nos relata la evolución de la organización militar romana, desde los débiles destacamentos de caudillos hasta las potentes legiones de “soldados ciudadanos”. Inicialmente, las legiones se inspiraron en las falanges griegas, divididas en tres líneas para facilitar maniobras y adaptarse durante las batallas. Sin embargo, las reformas comenzaron en el siglo vi a. de N. E. con las leyes de Servio Tulio, que sujetaron el ejército a la ciuda danía y ampliaron el concepto de ciudadanía, pasando de nacimiento a residencia. A partir de entonces, el servicio militar se convirtió en obligatorio para los ciudadanos entre diecisiete y sesenta años de edad. Debían participar en campañas hasta los cuarenta y cinco años y estar disponibles como reserva para la defensa de las ciudades hasta los sesenta. La organización del ejército se establecía de acuerdo con la edad: los más jóvenes, en las velites, eran versátiles y estaban en la vanguardia; los de mediana edad, o hastarios, asumían la infantería pesada; y los de mayor edad, o triarios, se situaban en la retaguardia (Plutarco, 1880). El servicio no solo era ineludible, sino también un símbolo de prestigio y un requisito para acceder a cargos estatales.

La leva se garantizaba a través de la gens, la organización política básica en el Estado romano, reemplazada más tarde por las curias, que se transformaron de organizaciones económicas y comerciales en territoriales. La gens proveía hombres armados y de apoyo al Estado. Los tribunos militares, doce en total, se elegían entre aquellos que reunían la leva en el Capitolio, siendo requisito para el cargo un gran ingreso económico y el reconocimiento como “buen ciudadano” por parte de los altos funcionarios estatales. En la práctica, esto se traducía en una cooptación congraciada con el poder existente.

En ocasiones, como dirá Procopio de Cesarea (2000), el ejército se reclutaba con lentitud a través de la marcha (Plutarco, 1880). No obstante, la conscripción no era universal; se recurría a la contratación de mercenarios, la utilización masiva de esclavos o la adscripción voluntaria al ejército, como ocurrió en tiempos de Mario y Augusto, impulsores de la profesionalización militar.11 Según algunos autores, hacia el siglo IV a. de N. E., Roma comenzó a pagar a sus legionarios y a suministrarles alimentos y otros artículos mientras permanecieran en campaña (Rosenstein, 2008, p. 144). Por supuesto, la conquista romana del Mediterráneo, su auge imperial y militar, fue el resultado de su expansión económica y desarrollo en diversos niveles y etapas: bajo el dominio senatorial, el mando militar de Pompeyo o el entusiasmo popular por César, que, tras su muerte, condujo a la renovación de los poderes consulares y dictatoriales con la caída de la República.

Desde luego, el éxito militar de los romanos estuvo estrechamente vinculado a su fortaleza económica, sus capacidades logísticas y su habilidad para impulsar el reclutamiento. Como se mencionó anteriormente, su esplendor no se debió únicamente a la táctica y las armas; las legiones romanas también contaban con ingenieros especia lizados que construyeron instalaciones, carreteras y puertos, mejoraron su artillería y desarrollaron máquinas de guerra. Augusto, proclamado emperador por sus tropas en veintiún ocasiones, complementó esta capacidad con una rigurosa preparación psicológica en torno a los principios y la defensa de Roma, logrando así un cuerpo militar altamente profesional. Sus legiones fueron apoyadas por cohortes especializadas, como arqueros, honderos y caballeros con lanza y escudo, reclutados entre las tribus bárbaras. Esta mezcla permitió garantizar la conocida Pax romana gracias al valor y eficacia de estas tropas. La famosa columna de Trajano, una obra vanguardista del relieve histórico romano, ilustra con sus grabados el destacado papel de oficiales y soldados en la conquista de la Dacia, actual Rumania.

Sin embargo, la fortaleza económica que encumbró al ejército romano también contribuyó a su caída. El Imperio finalmente se vio sepultado por crecientes dificultades económicas, junto con enfrentamientos sociales y políticos internos, y enemigos externos. Entre estos últimos se encontraban los bárbaros escitas y sármatas (originarios de zonas iranias) y los hunos (nómadas migrantes del oriente), quienes combinaron tropas de frontera con campañas móviles que contribuyeron al derrumbe de Roma. Cada asalto y negociación implicaban pagos en oro y granos, y la práctica del secuestro a cambio de fuertes sumas se repitió en las zonas fronterizas. Atila, el más conocido de estos caudillos, se destacó por sus violentas expediciones de saqueo. El historiador Jordanes (2001), en sus escritos sobre el origen de los pueblos godos en la región del mar Báltico (actual Polonia), llamó a Atila “el azote de todas las tierras”.12

Nuevas formas de reclutamiento. Entre cruzadas y monarquías absolutistas

Aunque la guerra fue un arquetipo central en la Europa medieval, desempeñando un papel crucial en la configu ración de sus fronteras, estructuras sociales y civilización, los ejércitos de la época no eran permanentes. Tras la caída del Imperio Romano y el declive del peligro visigótico, Europa se enfrentó a las amenazas de los germanos, el Imperio Otomano y el islam. Los nobles formaban séquitos que realizaban saqueos o intentaban apoderarse del poder en las tribus o clanes, como lo hicieron los vikingos y magiares en los siglos IX y X, con incursiones en las islas británicas, el Imperio Carolingio y la península Ibérica, así como los turcos otomanos en Europa del Este. Figuras como Clodoveo en Francia ascendieron al poder gracias a la acción y ambición de sus guerreros, mientras que Carlomagno consolidó su dominio mediante leyes crueles y masacres para someter a tribus enemigas. Ambos líderes basaron su poder en la lealtad de sus súbditos para acompañarlos en la guerra, mientras que los mercenarios eran atraídos por la paga y el botín. No obstante, esta fortaleza no perduró, como ocurrió con los normandos y el rey Alfredo en Inglaterra, aunque sentaron las bases para una nueva organización militar influenciada por el monaquismo y la preeminencia del Papado.

Las guerras de expansión también fueron recurrentes, como las llevadas a cabo por los normandos en Inglaterra e Italia o los germanos al este del Elba. Bajo la dirección de papas, príncipes o reyes, se libraron guerras por las investiduras, luchas entre familias y señores feudales, disputas por el poder y herencias, así como alianzas de barones contra reyes y ciudades contra amenazas comunes. Aunque existían milicias reales o mesnadas para proteger a los reyes, vigilar los castillos o recaudar tributos, los soldados se reclutaban según las necesidades temporales y se contrataban mercenarios. El alistamiento se obtenía mediante una combinación de factores: el servicio a la casa real, la obligación feudal, el deber general de servir en las milicias y la retribución por el servicio prestado (Housley, 2005, p. 163). Los vasallos o siervos constituían la infantería, mientras que los nobles marchaban a caballo. El sistema agrario favorecía la guerra estacional y permitía frecuentes movimientos migratorios (Bloch, 1963, p. 117). Fortalezas y murallas se erigieron para proteger ciudades, y el asedio se convirtió en una táctica clave para atacarlas. La infantería se armó con catapultas y el bloqueo permitió superar murallas. La caballería se utilizaba para cargar contra el enemigo o perseguirlo en su huida.

En este contexto, el reclutamiento se realizaba de manera territorial, ordenado por el rey a los nobles según el tipo de acción militar a emprender o el enemigo a enfrentar. Aunque el monarca conservaba la plena facultad para convocar a la movilización obligatoria, decretar expediciones militares o declarar guerras, no se estructuraron ejércitos con jerarquías, ocupaciones o labores definidas. Solo durante las guerras se reforzaban las tareas militares de los cuerpos creados al efecto y se establecían castigos para quienes no acudieran al llamado. En España, por ejemplo, la fonsadera, que consistía en el pago de una suma de dinero para evitar la comparecencia, se utilizaba para el sostenimiento de tropas, principalmente mercenarias o reclutadas a través de levas forzosas en los territorios de realengo (Kosminsky, 1981).

No obstante, los nuevos recursos tributarios permitían pagar el servicio militar en las campañas, pero no eran suficientes para mantener fuerzas permanentes ni para entrenarlas adecuadamente. Aunque era posible contratar mercenarios con habilidades militares, esto representaba un gasto elevado e implicaba el problema de qué hacer con ellos una vez terminada la campaña. Además, la construcción de defensas, murallas y castillos consumía grandes presupuestos. Por lo tanto, se optó por confiar la guerra a los subordinados con mayores recursos.

Con la riqueza suficiente para equiparse a sí mismos y a sus seguidores, y con un carisma social establecido y un nexo de conexiones entre parientes, vasallos, arrendatarios y sirvientes, que les convertían en elementos ideales para llevar a cabo el reclutamiento. (Keen, 2005, p. 22)

El señorío emergió como una importante fuerza de cohesión y facilitó la declaración de guerra por parte de los nobles sin la anuencia de los soberanos. Esto obligó a los reyes a establecer ejércitos permanentes y remunerados.

Tras las llamadas “Órdenes Militares”, motivadas por la religión, surgieron las Cruzadas. El papado aprovechó el ocaso del Imperio romano e impulsó la guerra ofreciendo privilegios e indulgencias para luchar contra herejes y paganos. Esta decisión estuvo acompañada por circunstancias sociales y una mórbida avidez de saqueos que no solo se dirigió hacia el Oriente Próximo, sino también a diferentes lugares de Europa, como España contra los musulmanes, Lituania contra los paganos, o Francia y Bohemia contra herejes, rusos o mongoles. Sin embargo, la movilización fue mucho mayor cuando se convocó la recuperación de las “tierras santas”. Masas campesinas, imbuidas de un discurso cristiano que promovía el rescate de Jerusalén, entonces en poder de “hordas infieles”, marcharon inicialmente desorganizadas y mal armadas, encontrando la derrota en tierras turcas. Los caballeros emprendieron la marcha después y alcanzaron su objetivo en 1099, capturando Jerusalén y Siria, y fundando los condados de Trípoli y Edesa, además del principado de Antioquía. En la Tercera Cruzada, convocada por el papa Gregorio VIII tras la caída de Jerusalén, Ricardo I de Inglaterra y Felipe II de Francia, enemigos declarados pero unidos en este propósito, derrotaron al poderoso ejército de Saladino. La Cuarta Cruzada, por su parte, saqueó Constantinopla y provocó una jihad inquebrantable para los musulmanes. A pesar de los triunfos alcanzados por los cruzados, no lograron superar su división y desorden. “No hay Estados […] el ejército no cuesta nada, puesto que está dotado, de padres a hijos, por los feudos […] La Cruzada es esencialmente la gran guerra feudal […] ningún rey toma parte” (Pirenne, 1981). Aunque se crearon órdenes como los templarios, los hermanos hospitalarios y los caballeros teutones, entre muchas otras, después de ocho expediciones, solo conservaron la isla de Chipre.13 Finalmente, no se derrotó al islam, la Iglesia romana no atrajo a la griega, se perdió Jerusalén y apenas se visitó Constantinopla. Sin embargo, como corolario, se fortaleció el comercio marítimo y, con ello, el crecimiento de las ciudades, la constitución del Imperio colonial de Venecia y Génova en el Levante, así como la consolidación del poder real en otros lugares de Europa, lo que tuvo como consecuencia posterior el nacimiento de los Estados occidentales.

En la cima medieval de dichos estados, la “Guerra de Cien Años” sorprende por los esfuerzos realizados, pero con resultados modestos y la ruina de los enfrentados ante la escasa fortaleza y contundencia de los cuerpos militares. A partir de entonces, los avances tecnológicos en la navegación y la eficacia de la artillería, potenciados por el dominio de la pólvora, llevaron al final de los caballeros medievales, como se refleja en los relatos del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Atrás quedaron los valerosos caballeros de pesadas armaduras y engalanadas bestias de Europa occidental, los turcos seljucidas que obligaron a retroceder a los cruzados, y los intrépidos otomanos que avanzaron sobre los Balcanes. El éxito de las tropas comenzó a requerir infanterías entrenadas y valerosas, tal como se había visto en los asedios mediante el uso de nuevas máquinas de guerra y los primeros minados. Este cambio no solo modificó la composición de los ejércitos y la extracción social de soldados y oficiales, sino también la actitud de la aristocracia frente a la guerra y las tácticas de combate. Los enfrentamientos dejaron más bajas y la movilización tuvo que incluir importantes cuerpos de sanidad.

En el marco expansivo de las ciudades, la historia moderna tuvo en Nicolás Maquiavelo al más brillante defensor de la necesidad de un “arma propia”. Según su criterio, las milicias mercenarias y auxiliares conducían al desastre para el príncipe. La seguridad, por el contrario, residía en los “ejércitos nacionales”, en los ciudadanos, los súbditos o los criados propios. El “buen ejército”, al igual que las “buenas leyes”, era fundamental para todo poder y debía ocupar el pensamiento del príncipe como el “único arte que corresponde a quien manda” (Maquiavelo, 2017). Tal fue el fundamento de la ley florentina que el mismo Maquiavelo redactó en 1505, para crear un ejército de 10 000 hombres obligados a su servicio en armas. No obstante, esta decisión no implicó la aparición inmediata del servicio militar obligatorio. El objetivo central fue, por el momento, la creación de una fuerza armada que sirviera de defensa y soporte para la ciudad y el régimen en Florencia, fortaleciendo las milicias con un alto grado de organización, disciplina y homogeneidad. La Iglesia coincidió con Maquiavelo y prohibió el empleo de mercenarios en el tercer Concilio de Letrán en 1179.

A medida que se amenazaba el poder de clase de los señores feudales y se debilitaba la servidumbre, en los Estados occidentales comenzó a construirse un aparato de coerción política centralizado: el Estado absolutista. Sus crecientes necesidades diluyeron los consejos de Maquiavelo y las prohibiciones eclesiásticas. Aunque se amplió la infantería con milicias urbanas bien entrenadas, como la de la Liga Lombarda, los oficiales continuaron siendo mercenarios debido a la falta de aristócratas y muchos de los jinetes exigieron sueldo. Para el mercenario, la vida militar era un negocio; para el aristócrata, un pasatiempo en busca de honor y aventura, según Samuel Huntington (1995, p. 32). El mercenario fue el tipo dominante en las fuerzas militares desde el derrumbe del feudalismo hasta finales del siglo XVII. La pecunia que pagaban los nobles para evitar ir a la guerra y con la cual se contrataban mercenarios “resultaba más eficaz que las mesnadas feudales, y el soldado profesional, a sueldo, acabó dominando el panorama europeo” (Hernández y Rubio, 2010, p. 35). Por consiguiente, el oficial actuaba como un auténtico empresario al mando de una compañía de hombres cuyos servicios compraba. Los ejércitos se conformaban con voluntarios y mercenarios alistados arbitrariamente o por su condición social marginal, entre prisioneros, vagabundos o mendigos. Muchos de ellos se alistaban en busca de cierta seguridad, cobijo, comida y paga. En momentos en que Europa padecía hambre y miseria, el ejército de los monarcas se convertía en una alternativa de empleo (Rius, 1988, p. 20). Este hecho, sumado a la introducción de la artillería y las armas de pólvora, encareció la guerra, convirtiéndola en un baluarte y propiedad de fuertes Estados. La caballería se entrenaba ahora desde la infancia en los sectores altos de la sociedad, pero la infantería se reclutaba a la fuerza entre vecinos o se contrataba con nacientes empresas de soldados profesionales o eficaces reclutadores. Surgieron verdaderas empresas que operaban con bases regionales colectivas, deambulando por Europa y ofreciendo sus servicios al mejor postor. Los contratos se denominaron condotte y sus beneficiarios condottieri, que se hicieron famosos por sus vínculos con las ciudades-Estado italianas y mostraron evidentes desarrollos con contratos ampliados en los reinos de Europa. Tropas suizas, expertas en el manejo de hachas para vencer a la caballería, incluso ganaron el reconocimiento de Maquiavelo, quien recomendó su paga.

La toma de Constantinopla por los turcos en 1543, quienes usaron poderosos cañones fundidos por el húngaro Urbano, así como la caída de la Orden Hospitalaria en Rodas ante ataques de bombardas, forzó cambios signifi cativos. Era el triunfo de las armas de fuego y el inicio de un nuevo tipo de guerra. La calidad de las fortalezas y la potencia de la pólvora transformaron el arte de la guerra, con ejércitos de mayor tamaño y múltiples enfrenta mientos. Cañones, arcabuceros y piqueros se apoderaron de los escenarios de batalla.

Al comenzar el siglo XVII, España y Francia, el Imperio Otomano y los Habsburgo seguían en lucha, con inter venciones constantes de Inglaterra, Italia, Polonia, Suecia y Rusia. “Este es el siglo de los soldados”, advertía Fulvio Testi a la Corte de Torino (Testi, 2012). Poco a poco, los cañones, que inicialmente se fabricaban en bronce y eran ligeros, como los utilizados por Carlos VIII de Francia para invadir Italia en 1494, dieron paso a cañones de hierro forjado, que ofrecían mayor alcance, mejor desempeño y facilidad de transporte. Las armas de fuego manuales se convirtieron en un factor decisivo en cada enfrentamiento. El arcabuz, cuyas primeras versiones aparecieron a mediados del siglo XV, se convirtió definitivamente en el arma esencial para los infantes.

Aunque los reyes Valois de Francia y Catalina de Médicis fueron los creadores de auténticos ejércitos perma nentes, solo con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) comenzó a consolidarse el final del sistema mercenario, con los ejércitos disciplinados de Gustavo Adolfo y Oliverio Cromwell. Este líder político, terrateniente de clase media sin formación militar, reemplazó las milicias locales de condado por escuadrones de voluntarios hábilmente entrenados, y a los oficiales nobles -muchos de ellos arruinados- por miembros de la naciente burguesía: “Prefiero un capitán vestido de forma humilde que sepa por lo que lucha y ame aquello que sabe, antes que un gentilhombre, que no es nada más que eso” (Young y Holmes, 2000, p. 107).14 Así, impulsó un “Nuevo Ejército Modelo” que lo convirtió en el hombre fuerte de Inglaterra, capaz de reprimir rebeliones en Gales, derrotar a los escoceses en Preston y oponerse con éxito a la misma Corona. No obstante, la formación de sus soldados no superó cierta condición amateur, basada en la destreza de la caballería y en el liderazgo acertado de su dirigente (Morrill, 1990, pp. 117-118).

Con la represión desatada contra las masas campesinas y plebeyas, se volvió urgente la necesidad de aparatos coactivos que también cubrieran los requerimientos planteados por las disputas entre Estados. El primer impuesto regular de orden nacional establecido en Francia, por ejemplo, se destinó a la guerra, al igual que en Inglaterra o en España, donde se establecieron múltiples tributos como el de la “Armada de Barlovento”, que generó protestas en América. No hubo alternativa: “La permanencia virtual del conflicto internacional armado es una de las notas características de todo el clima del absolutismo. La paz fue una meteórica excepción en los siglos de su dominación en Occidente” (Anderson, 1979b, p. 28). La profesionalización de los reclutas locales continuó su avance con la introducción de uniformes y regimientos permanentes que marchaban y disparaban al ritmo de las “bandas de guerra” y se organizaban con escarapelas o enseñas que fortalecían identidades y lealtades, mientras el mosquete se universalizaba. Así, tras la Guerra de los Nueve Años en 1697, el fusil ganó un papel protagónico y facilitó la idea de ejércitos permanentes.

Esto ocurrió en Francia, antes de la Revolución, cuando se utilizó un sistema de milicias provinciales que se hizo permanente desde 1726. Dichas milicias, de temprana conscripción obligatoria, estaban conformadas por hombres solteros de origen principalmente rural y de extrema pobreza. Tenían la obligación de entrenarse anualmente durante 15 o 30 días y se encargaban, en tiempos de guerra, de escoltar envíos de alimentos, guardar las costas y vigilar a los prisioneros, entre otras misiones que incluían, si era necesario, el servicio como tropa de reserva. La implantación del esquema encontró oposición en muchas provincias y parroquias. A medida que la corona incrementaba el número de reclutados, la resistencia creció con levantamientos populares (Auvray, 1983). El sistema se combinó, entonces, con la contratación de mercenarios extranjeros, creando un ejército de propiedad exclusiva del monarca, al que servían las milicias y que garantizaba, al mismo tiempo, la sujeción de estas a la corona.

En la Guerra de Independencia estadounidense, por su parte, la contraparte del imperio se fundamentó en la milicia, pero propuso de inmediato la formación de soldados regulares dispuestos a librar los combates a la usanza europea, con fusiles y bayonetas. La estrategia inglesa, encabezada por Sir William Howe, acosada por el avance rebelde, solicitó a la Corona soldados de refuerzo que podían reclutarse en Rusia o Alemania. Las dificul tades económicas impidieron la satisfacción de su pedido, mientras que Francia, por el contrario, pudo enviar un contingente de 6000 soldados que llegaron a Rhode Island para ayudar a concluir la guerra.

La génesis: revolución francesa y construcción de estados nacionales

El servicio militar obligatorio, propiamente dicho, nació en el siglo XVIII en Europa, impulsado por los estallidos revolucionarios. En Francia, el nuevo régimen abolió la milicia obligatoria por considerarla incompatible con la libertad y el honor del individuo, e instauró, en su lugar, un cuerpo profesional compuesto por voluntarios dispuestos a ejercer su carácter ciudadano de este modo. La Asamblea Nacional designó un comité para estudiar la reorganización militar y puso en práctica sus recomendaciones. Así, la Constitución de 1791 creó la Guardia Nacional para recibir en su seno a cualquier francés con derecho al sufragio activo y voluntad de servir a la nación, e incluso otorgó a la tropa la posibilidad de elegir por votación a sus propios oficiales. En el verano de ese año, París publicó un llamado a la milicia ciudadana para conformar un destacamento de 100 000 voluntarios, que serían agrupados en batallones revolucionarios.

Aunque en menos de un año los primeros destacamentos obtuvieron victorias decisivas contra los ejércitos mercenarios y profesionales de Austria y Prusia, la dramática evolución de los acontecimientos obligó a la Convención revolucionaria jacobina a transformar la idea del derecho a la defensa en deber de la defensa. La levée en masse , más conocida como “ley Carnot”, se basó en la idea de Rousseau de que la necesaria identidad entre el Estado y la Nación exigía del ciudadano, como obligación natural y cuestión de honor, su acción civil y armada en favor del bien común (Rousseau, s. f.).15

El principio del ciudadano-soldado tuvo su origen en una fórmula propuesta por Dubois-Crancé, antiguo oficial del ejército real, quien declaró ante la Asamblea Constituyente en 1789 que “tout citoyen doit être soldat et tout soldat citoyen” (Todo ciudadano debe ser soldado y todo soldado ciudadano). Aunque este principio fue rechazado por la Asamblea en ese momento, se adoptó para justificar el servicio militar universal que la República necesitaba para su defensa en 1798, cuando se impuso el servicio militar obligatorio con una conscripción que obligaba al registro de los jóvenes y facultaba al gobierno para fijar el cupo anual de alistados.

A pesar de la situación revolucionaria, la leva masiva no tuvo el éxito esperado. Para algunos autores, la situación degeneró prácticamente en una guerra civil alentada por el clero opuesto a la Constitución (Auvray, 1983, p. 72), mientras que, para otros, la insumisión y la deserción se hicieron rutinarias: batallones con más de 2000 solda dos terminaron reducidos a menos de 100 o incluso a solo 5 hombres debido a la deserción (Bertaud, 1979). La guillotina se convirtió en un poderoso instrumento de persuasión para los conscriptos, que, con la evolución de la revolución, se convirtió en reversible.

Tras el oleaje revolucionario, el régimen napoleónico empleó una estrategia de conscripción que delegaba en los alcaldes de cada comuna la tarea del reclutamiento y enfatizaba la persuasión y la flexibilidad sin descuidar la fuerza. Los jóvenes fueron empadronados y se estableció para cada unidad geográfica y política del país una cuota de personas destinadas al ejército imperial. Así, la situación de guerra atravesada por Francia convirtió al ejército en el estamento más sólido de la nación.

Aunque el servicio militar no se hizo universal, ya que la figura del sustituto permitió a los sectores con mayor poder económico presentar reemplazos pagos para evadir su deber, el carácter obligatorio se consolidó con fuerza y se insertó definitivamente en la historia de la humanidad. Napoleón dispuso un cuerpo especial de cuarenta mil hombres para perseguir a insumisos y desertores, y recurrió a la utilización de conscriptos procedentes de los territorios anexionados (Lovie y Palluel-Guillard, 1972, p. 130). La conscripción se convirtió en una rutina, al igual que la comunión de Pascua, la fiesta de la cosecha o el pago de impuestos (Woloch, 1986, p. 102). Sin embargo, en oposición a ella, muchos jóvenes idearon formas de resistencia. Se mutilaban voluntariamente los dedos de la mano o la mano entera, se arrancaban los dientes, necesarios para la preparación de los cartuchos, o se infectaban las heridas. En la Campaña de Alemania de 1813, una línea completa de tiradores apareció con el pulgar destrozado, atribuyéndolo a la mala puntería de sus compañeros de segunda línea. Escaparon del fusilamiento gracias a la compasión de algunos generales (Sanguinetti, 1979, p. 223). Con todo, la guerra se generalizó en Europa, práctica mente sin interrupción, transformando, borrando o alterando las fronteras políticas. El Estado feudal se derrumbó y comenzaron a surgir, impulsados por el capitalismo, los nuevos Estados Nacionales (Hobsbawm, 1981, p. 163).

Obligada a congraciarse con el pueblo, la restauración de la monarquía borbónica abolió de inmediato el servicio militar obligatorio que Napoleón había restablecido en 1815, para ser anulado nuevamente tras su derrota en Waterloo. Luis XVIII, interesado en mantener un ejército numeroso pero consciente de los levantamientos que la conscripción podía provocar en el pueblo, prefirió una ley en 1818 con la cual otorgó un nuevo nombre a la conscripción: se denominó ahora l’appel. Se limitó su número a un mínimo indispensable y se estableció el sorteo como mecanismo de selección.

La nueva imposición del servicio originó, por enésima vez, el descontento popular. Al mismo tiempo, retor naron las mutilaciones autoinfligidas, la simulación y el contagio voluntario de enfermedades, así como la huida expresada en fuertes migraciones; florecieron las supersticiones frente a los números del sorteo y se adoptaron prácticas desesperadas, incluida la rebelión. Algunos autores sostienen que, para evitar la incorporación a filas, se hizo frecuente la aparición de traficantes de enfermedades de la piel que iban de un lugar a otro vendiendo el contagio entre los jóvenes llamados al servicio militar (Aron et al., 1972, pp. 214-216).

A pesar de los antecedentes citados, algunos historiadores postulan que las raíces del servicio militar obligatorio, en tiempos de paz, se encuentran en la Prusia de Federico Guillermo I. Considerado el fundador del militarismo prusiano, el monarca instauró un fuerte absolutismo centralista que en 1733 regularizó la conscripción a través de cantones, asignó áreas específicas de reclutamiento a cada regimiento y estableció una lista de súbditos útiles entre los sectores sociales más pobres (Herrero, 1987, p. 37). El sistema de reclutamiento se puso en práctica de manera arbitraria e irregular, aunque fue progresivamente limitado bajo el despotismo ilustrado de Federico el Grande y sus sucesores.

En 1807, tras la derrota del ejército prusiano en Jena y Auerstedt a manos del ejército francés, los líderes militares de una naciente Prusia impulsaron la introducción de cambios estructurales en su ejército. Ya el archiduque Carlos había inducido una reforma militar en Austria que llevó a la creación del Landwehr, una milicia popular con más de 240 000 soldados. Sin embargo, fueron los prusianos quienes apreciaron con mayor celeridad la necesidad de la reforma. En 1806 se conformó una comisión de reorganización militar dirigida por el General Gerhard von Scharnhorst, quien deseaba un soldado libre, sin ataduras serviles o feudales, dirigido por oficiales profesionales. Aunque Carl von Clausewitz, el famoso autor del libro De la guerra, no fue miembro de dicha comisión, influyó notablemente en ella a través de Scharnhorst y sus amistades. No había manera diferente de hacer la guerra que con fuerzas disciplinadas y pagadas bajo la organización militar del Estado burocrático. Esa era también la única forma en que los ejércitos podían servir con eficacia a la sociedad (Clausewitz, 2015).16

Al lado de la reestructuración militar, los reformistas prusianos se proponían como objetivo la construcción de la unidad germana bajo los parámetros de lo realizado por Napoleón en Francia. Siguiendo ese modelo, desarrollaron dos tipos de fuerzas armadas: un ejército profesional especializado y una milicia nacional basada en el servicio militar de los civiles. Precisamente, con motivo de la guerra contra Napoleón, los prusianos emitieron dos importantes reformas en el terreno militar. En 1808 decretaron la designación de oficiales basada en el “conocimiento profesional”, “el valor distinguido y la percepción”, aboliendo todas las preferencias de clase para los altos puestos castrenses.

Poco después, en 1814, se declaró el reclutamiento masivo: todos los súbditos prusianos tendrían la obligación de servir al ejército durante cinco años y de permanecer catorce años en la milicia. Ludwig von der Marwitz, un representativo general de la nobleza, defendió la existencia de la conscripción universal argumentando que el Estado, el ciudadano y el soldado no podían ser mecánicamente diferenciados y que, por consiguiente, todo ciudadano debía ser obligado a servir como soldado (Herrero, 1987, p. 38). La milicia nacional, conocida como Landwehr, podía servir para mantener la tranquilidad interna y apoyar a la policía, pero también como fuerza de defensa al lado de las tropas regulares. En consecuencia, con la creación de la milicia, la reforma eliminó la contratación de extranjeros y prohibió el maltrato y el castigo físico en las filas militares; introdujo la noción de prepararse constantemente para la guerra a través de academias permanentes y propuso la eliminación del sustituto. El concepto de ciudadano en uniforme se proclamó así en Alemania, con una concepción que proponía en la carrera militar la igualdad de la naciente burguesía con la nobleza.

En las décadas siguientes, con la restauración de la Santa Alianza, la monarquía prusiana impulsó un modelo contrario. En 1860, el príncipe Guillermo propuso un proyecto de ley para emprender una nueva reforma militar que preveía el aumento de los efectivos del ejército y la aplicación cabal del servicio militar obligatorio por un término de tres años. Apoyado por suministro de guerra, Albrecht von Roon, el príncipe aspiraba a conformar un ejército eficiente, con soldados dispuestos a obedecer ciegamente a sus oficiales, todos ellos pertenecientes a la nobleza, y capaz de entablar con éxito una guerra más allá de las fronteras, sin perjuicio del orden interno. Desconfiaba, por el contrario, de las milicias, afectas a la población civil y amigas de la democracia, a las cuales proponía disolver y convertir en una simple reserva del ejército.

La Asamblea Nacional (Landtag) de Prusia rechazó el proyecto, no solo por su costo, sino porque significaba la desaparición de la milicia, entrañable para los liberales alemanes. Guillermo disolvió el Landtag, pero las nuevas elecciones arrojaron un resultado aplastante a favor de liberales y progresistas. El rey pensaba en abdicar y los militares en un golpe de Estado. La alternativa fue nombrar como jefe de gobierno a Otto von Bismarck, quien se comprometió a hacer aceptar la ley y a gobernar, si hacía falta, en contra del Landtag.

Diversas frases se atribuyen a Bismarck:

Los problemas constitucionales no se reducen siempre a simples sumas y los favores de la opinión pública no con ducen demasiado lejos en Alemania. ¡Yo prefiero los batallones! Los grandes problemas de nuestra época no serán solucionados con discursos y votaciones, sino a hierro y sangre. Los hombres son como los perros; aman a quienes temen. (VV. AA., 1988, pp. 138-139)

Sin duda, las frases atribuidas a Bismarck reflejan su acción. En 1866, cuando Prusia invadió los ducados daneses y reclamó la unidad alemana, el ejército prusiano contaba con 300 000 hombres en primera línea, equipados con el fusil de aguja, que se cargaba por la culata en lugar de por el cañón. Además, utilizaban el ferrocarril para el transporte y el telégrafo para las comunicaciones, y disponían de un cuadro de oficiales altamente capacitado para una guerra rápida y de aniquilamiento, conforme a las doctrinas de Clausewitz y bajo la dirección del general Helmuth von Moltke. La guerra se convirtió en el medio para imponer la voluntad alemana a sus adversarios.

Para los prusianos, la guerra fue el instrumento para alcanzar la unidad de todos los alemanes. No solo sometieron a los ducados vecinos, sino que también ganaron a Austria y consolidaron su alianza tras la guerra contra Francia. El Imperio alemán, nacido de la guerra y desde arriba, conservó algunos rasgos característicos de esta génesis: la prominencia de los militares y del militarismo en la sociedad alemana, y la aceptación de la fuerza y la violencia como medios políticos por parte de la burguesía liberal (Palmade, 1976). La gloria militar de los prusianos cautivó al mundo entero.

En España, las guerras contra Inglaterra y el fortalecimiento de la dominación en América crearon las condiciones para la instauración gradual del servicio militar obligatorio. A principios del siglo XVIII, los Borbones impusieron “Las quintas” como un sistema de reclutamiento forzoso basado en el sorteo, seguido por levas generales de vagabundos, maleantes y mendigos (Christiansen, 1967).17 Se dotaron de fusil y bayoneta, suprimiendo la pica, el mosquete y el arcabuz; los antiguos tercios se transformaron en regimientos y se creó la Secretaría de Guerra, con varias reformas sucesivas (Busquets, 1984, p. 19). La Guerra de Independencia contra la ocupación napoleónica, el aporte de la Constitución Gaditana y los intentos de construir una gran armada para la reconquista en América llevaron a la promulgación de la primera ley moderna de conscripción obligatoria en 1821, conocida como la “Ley constitutiva del Ejército”. Esta ley derogó las excepciones para las clases privilegiadas y prohibió la redención en metálico, aunque las exenciones continuaron existiendo legalmente hasta 1856 y en la práctica mucho después (Busquets, 1984, p. 22). Este sistema se mantuvo vigente hasta 1912, con algunas modificaciones realizadas en 1878 (Sales, 1974).

Conclusiones

Con el surgimiento de los Estados Nacionales en Europa se empezaron a construir los fundamentos del ejército contemporáneo: las escuelas de oficiales, la carrera militar y la conscripción universal y obligatoria. Antes de este periodo, existieron diversas formas de organización militar, incluyendo nómadas, colonos, poblaciones en armas, milicias de la gleba, tribus guerreras, levas, reclutamientos territoriales, ejércitos de esclavos, vasallos, mesnadas feudales, permutas de obligaciones, aportes colectivos y mercenarios. Estos modelos variaron desde las guardias profesionalizadas hasta las guardias de corps.

La Revolución Francesa marcó un punto de inflexión en la transformación de los ejércitos europeos. Las tropas profesionales y mercenarias comandadas por oficiales nobles fueron reemplazadas por ejércitos de ciudadanos, liderados por militares de carrera, a veces elegidos por su mérito o extracción burguesa, como en el caso de los mariscales del ejército de Napoleón, algunos de los cuales eran soldados rasos y sargentos destacados.

Lo más cercano al servicio militar obligatorio en épocas anteriores era un servicio militar lugareño, retribuido con derechos feudales, obsequios, manutención o beneficios diversos. Los enlistados ofrecían sus habilidades y valentía a cambio de estos incentivos, siendo supervisados por consejos disciplinarios. Sin embargo, la sofisticación de la guerra transformó a estos hombres en mercenarios, y la especialización de la infantería en ataques urbanos y combates cuerpo a cuerpo reforzó su papel como tales en muchas fuerzas armadas.

La formación de ejércitos y su integración en los Estados Nacionales no fue una simple consecuencia, sino un proceso consustancial. Esto se evidenció en la Francia revolucionaria e imperial, en las guerras de liberación napoleónicas en Alemania, en la Guerra de Independencia española, en las expediciones de reconquista en América y en la Primera Guerra Carlista (Cardona, 1983).

En el otro lado del Atlántico, la Guerra de Independencia en los Estados Unidos también reflejó esta transición. Antes de la guerra, las colonias empleaban milicias para la defensa en periodos limitados. Sin embargo, en 1778, el Congreso Continental recomendó el reclutamiento para un año de servicio, aunque no se implementó comple tamente. Con la formación de la Unión, la Constitución otorgó al Congreso la autoridad para organizar, armar y disciplinar la milicia, convirtiendo al presidente en su comandante.

Bañón y Olmeda, dos estudiosos españoles de los asuntos militares, lo han afirmado con claridad: el ejército contemporáneo y con él, el servicio militar obligatorio, “solo es posible en la economía monetaria, la centralización del poder del Estado, el asentamiento de la racionalidad administrativa del mérito frente a criterios de casta y sangre, la revolución industrial y la consiguiente alteración de las relaciones sociales” (Bañón y Olmeda, 1985, p. 29). Samuel Huntington llega a una conclusión similar con igual sentido histórico:

La profesión militar es una creación reciente de la sociedad moderna […] La profesión militar fue esencialmente pro ducto del siglo XIX […] Solo en las guerras napoleónicas los oficiales empezaron a adquirir una técnica especializada para distinguirse de los legos y empezar a desarrollar los patrones, valores y organización propios de tal técnica. (Huntington, 1995, p. 31)

A disposición de los oficiales, arribó en la historia el servicio militar obligatorio.