Tecné, Episteme y Didaxis: TED
Universidad Pedagógica Nacional
Elementos epistemológicos
para la Cultura Científica:
aportes para repensar la
práctica docente
Epistemological Elements for Scientific Culture:
Contributions to Rethink Teaching Practice
Elementos epistemológicos o para a Cultura
Científica: contribuições para repensar a
prática docente
Para citar este artículo: Pérez-Rodríguez, F. y Donoso-Díaz, S. (2024). Elementos epistemológicos para la Cultura Científica: aportes para repensar la práctica docente. Tecné, Episteme y Didaxis: ted, (55), 264-278. https://doi.org/10.17227/ted.num55-18427
Resumen
Este artículo de reflexión forma parte de los avances teóricos de la Tesis Doctoral
titulada “La cultura científica en la formación docente en ciencias. Aproximación
a modelos intersubjetivos” desarrollada en el marco del Doctorado en Ciencias
Humanas de la Universidad de Talca (Chile). En este, se caracterizan y analizan
rasgos epistemológicos y didácticos que, desde la práctica del docente, podrían
tributar de manera sustancial a la cultura científica. Desde un ejercicio hermenéutico surgieron elementos epistemológicos que asignan un papel trascedente
al docente y su práctica educativa: 1) reconocer lo latente: educar en ciencias,
teniendo como fin la construcción de la cultura científica implica superar las
interacciones y experiencias que ocurren en el plano experiencial fenoménico,
y dar mayor importancia a las estructuras profundas que contienen los modelos culturales, patrones interpretativos que soportan la didáctica; 2) promover
la Verstehen: la comprensión de la ciencia y el conocimiento científico debe
darse de manera inductiva; es decir, partiendo de la realidad y no de la teoría;
3) complejizar e integrar disciplinas: implica superar la visión parcial o segmentada de la realidad, dando paso a perspectivas complejas e interdisciplinarias;
4) valorar la unicidad: convoca a considerar a la ciencia que se enseña como
un componente cognoscitivo de la cultura permeada de contexto e historia.
Estos son rasgos que robustecen lo pertinente de una educación donde el docente es un intelectual público que emplea competencias dialógicas, ubicando
al conocimiento científico en el marco de los desafíos actuales, entre ellos, la
construcción de la cultura científica.
Palabras clave
ciencia; cultura científica; didáctica; educación; epistemología
Abstract
This reflection article is part of the theoretical advances of the Doctoral Thesis titled “Scientific
Culture in Teacher Training in Sciences. Approach to Intersubjective Models” developed within the
framework of the Doctorate in Human Sciences at the University of Talca (Chile). In this paper,
epistemological and didactic features that could substantially contribute to scientific culture from the
teacher’s practice are characterized and analyzed. From a hermeneutical exercise, epistemological
elements emerged that assign a transcendent role to the teacher and the educational practice: 1)
recognize the latent: educating in sciences, with the purpose of building scientific culture implies
overcoming the interactions and experiences that occur on the phenomenological experiential level, and giving greater importance to the deep structures that cultural models contain, interpretive
patterns that support didactics; 2) promote Verstehen: the understanding of science and scientific
knowledge must occur inductively, that is, starting from reality and not from theory; 3) complexifying
and integrating disciplines : it implies overcoming the partial or segmented vision of reality,
giving way to complex and interdisciplinary perspectives; 4) valuing uniqueness: it calls for considering the science that is taught as a cognitive component of culture permeated by context and
history. These are features that strengthen the relevance of an education where the teacher is a
public intellectual who uses dialogic competences, placing scientific knowledge in the framework
of current challenges, among them, the construction of scientific culture.
Keywords
science; scientific culture; didactic; education; epistemology
Resumo
Este artigo de reflexão insere-se nos avanços teóricos da Tese de Doutorado intitulada “A cultura
científica na formação de professores em ciências. Abordagem aos modelos intersubjetivos”
desenvolvida no âmbito do Doutorado em Ciências Humanas da Universidade de Talca (Chile).
Neste estudo, são caracterizadas e analisadas características epistemológicas e didáticas que, a
partir da prática do professor, poderiam contribuir substancialmente para a cultura científica. A
partir de um exercício hermenêutico, emergiram elementos epistemológicos que atribuem um papel
transcendente ao professor e sua prática educativa: 1) reconhecer o latente: educar em ciências,
com a finalidade da construção da cultura científica implica superar as interações e experiências
que ocorrem no plano experiencial fenoménico, e dar maior importância às estruturas profundas
que os modelos culturais contêm, padrões interpretativos que apoiam a didática; 2) promover
Verstehen: a compreensão da ciência e do conhecimento científico deve ocorrer indutivamente;
isto é, a partir da realidade e não da teoria; 3) complexificar e integrar disciplinas: implica superar
a visão parcial ou segmentada da realidade, dando lugar a perspetivas complexas e interdisciplinares; 4) valorizar a singularidade: chamada para considerar à ciência que é ensinada como um
componente cognitivo da cultura permeada pelo contexto e pela história. Esses são características
que reforçam a relevância de uma educação onde o professor é um intelectual público que utiliza
competências dialógicas colocando o conhecimento científico no âmbito dos desafios atuais, entre
eles, a construção da cultura científica.
Palavras-chave
ciência; cultura científica; didática; educação; epistemologia
Introducción
Si partimos de la idea de que la ciencia es
un componente cognoscitivo de la cultura,
entonces esta ha de formar parte de un continuo inescindible. En consecuencia, tanto en su
enseñanza como en su aprendizaje no debiese
existir un hiato entre lo cognoscible y el marco
social, histórico y contextual que acompaña
a lo científico. Desde diversas áreas —entre
ellas la educación científica— se ha cuestionado y puesto en tela de juicio una concepción heredada y hegemónica de naturaleza
moderna, donde la ciencia se concibe como
una expresión del intelecto y saber humano,
caracterizada por ser funcional, utilitaria, benévola y neutra, situada por encima de otras
intelecciones (Certeau, 1997; Latour, 2013).
Esto ha implicado desmontar planteamientos
epistemológicos y socio-filosóficos que han
develado una matriz generadora de conocimiento, o bien episteme (Moreno, 2005), que
desde la óptica moderna soporta un carácter o
posición a favor de la ciencia como expresión
de la cultura científica dominante.
Es así como esta —la cultura científica— tiene en la educación un componente
sustancial de su raíz, en la cual los sujetos que
forman parte de ella —en particular los docentes especializados— son actores estratégicos
en la preservación de una coherencia intelectual moderna (Campos, 2022; Figueroa et al.,
2020). Desde el abordaje de concepciones,
percepciones, conocimientos y prácticas del
proceso formativo se ha buscado explicar —
en parte— diversos hechos que acontecen en
el plano experiencial-fenoménico, los cuales
constituyen representaciones intencionales de
los significados. Sin embargo, lo trascendente
e importante en el proceso educativo es lo
subyacente al fenómeno y a la práctica de la
enseñanza y aprendizaje. Para la comprensión
y el debate de lo mencionado, es necesario
movilizarse del deficitario e insuficiente planteamiento de buscar explicaciones, hacia
posturas que permitan la compresión de los
hechos en una visión más compleja e integral
(Arias y Navarro, 2017; Mejía, 2020).
Frente a tal aseveración, se define como
área sustantiva de información para la cultura
científica al ámbito educativo. Considerar —
como objetivo o sentido final de la educación
científica— supera el nivel fenoménico de la
práctica educativa y abre brechas a instancias
donde se comprende la ciencia, el conocimiento científico y lo inherente a ello en otras
esferas más allá de lo científico (Asencio,
2017; Camacho y Gómez, 2021; Martelo
et al., 2021). De tal forma, que la didáctica —como disciplina teórico práctica— se
convierte en un campo ideal para el abordaje
del componente socio cultural que acompaña
a la enseña y aprendizaje de la ciencia (Díaz
et al., 2020; Solbes et al., 2017). En función
a esto, la cultura científica no solo se trata de
tenencia de conocimiento científico especializado o general, sino también de poder tener
la perspicacia de considerar otros elementos
que acompañan a lo científico, con una carga
crítica y cívica (Vázquez et al., 2019; Cofré
et al., 2010; Figueroa et al., 2020). Es así
como el desarrollo de esta disertación apunta a caracterizar y analizar algunos rasgos
epistemológicos y didácticos que, desde una
perspectiva naturalista, podrían sustentar a la
cultura científica como sentido o razón de la
educación científica en la contemporaneidad.
Para esto se realizó una revisión del estado del arte y una hermenéutica dialéctica a fin de construir argumentos con base en referentes clásicos destacados que, junto a otros planteamientos emergentes, pueden ser considerados en la enseñanza de la ciencia. Parte importante del debate actual demanda tomar posición epistemológica, por ende, en este documento se analizan elementos del planteamiento cientificista moderno desde sus cimientos y se establecen las críticas que lo confronta. Asimismo, se relaciona la cultura científica y la educación, resaltando el papel del docente y de su formación en el campo de la didáctica, echando mano de argumentos que buscan vincular lo práctico y lo epistemológico. Ambas ideas dan fundamento a una propuesta epistemológica que rebasa a lo ontológico y axiológico, dimensiones necesarias para la comprensión de la ciencia, el conocimiento científico y su enseñanza bajo una naturaleza crítica y cívica. Aquí, se esgrimen planteamientos distantes de los tradicionales y de concepciones heredadas, pues es una reflexión donde se incorporan al debate ideas distantes de vertientes tradicionales de las ciencias naturales y su enseñanza. De hecho, ideas originarias de las ciencias sociales y humanas se ponen sobre la mesa y se configuran argumentos en busca de enriquecer el debate. Finalmente, en este texto no se presenta una verdad finita sobre los rasgos epistemológicos y didácticos a considerar en el campo educativo en pro de la cultura científica, la intención dar argumentos que alimenten el debate y la reflexión al respecto.
Tesis y argumentos
.1 El planteamiento cientificista y su crítica
Es hacia el siglo xvi de nuestra era —punto de inflexión del mundo occidental—,
donde la lógica y la razón gestaron una racionalidad o forma de representación de
la realidad con alta coherencia interna, sobresaliendo en este marco los aportes
de Copérnico (postulado heliocéntrico), Galileo Galilei (lenguaje matemático),
Descartes (pensamiento analítico y dualismo mente-materia), Bacon (método
científico) y Newton (determinismo, causa-efecto), entre otros pensadores que
formulan supuestos aún reconocibles en los campos de producción científica
(Gribbin, 2006; Moreno, 2015). Al respecto, destacan la vía hipotética deductiva,
el carácter reduccionista y la esencia newtoniana-cartesiana, la reproductividad,
la fiabilidad y la naturaleza cuantitativa del conocimiento. Es así como se incluyen
dentro de lo cognoscible, lo observable, medible y reproductible; descartados
otros medios cognitivos y modelando la naturaleza analítica y deterministas del
conocimiento científico en el siglo xx (Habermas, 1989; Martínez, 2006).
Es bajo estos supuestos que la humanidad organiza gran parte de los
procesos cognitivos formales, haciendo de la ciencia un lenguaje con alta e
incuestionada aceptación social y configurando una coherencia intelectual y estructural. Tal marco está constituido por una red de conceptos donde los científicos
visualizan su campo de estudio especializado en la búsqueda de explicaciones
causales (relación lineal causa-efecto). Este locus donde se sitúan las creencias
metodológicas y teóricas se conoce como paradigma o forma compartida de ver
y hacer las cosas (Kuhn, 2004). Este proceder del ver y comprender constituye la
esencia del positivismo. Pues sobre este, el campo científico despliega su objeto
de estudio, sus métodos y postulados, y genera una racionalidad compartida no
solo en sí misma, sino también —y allí se ubica
su poder— en otras esferas de la sociedad
(Moreno, 2015; Morín, 2001).
A partir de lo anterior se entiende el afán
del campo científico en la búsqueda de orden
y de regularidades en el contexto, orden que es
reducido a partes, fragmentado y estudiado por
parcelas disciplinares. Allí los expertos emplean
fundamentos y lenguajes hiper-especializados
que generan en la mente humana la búsqueda
de regularidades y de orden, mediante semejanzas y/o diferencias. Este proceso se desarrolla con el uso de teorías o representaciones,
visiones y perspectivas sobre el contexto, y que
son entendidas como grandes ismos o planteamientos irrefutables, dogmas y creencias, tanto
en lo científico como en lo general (Martínez,
1999; 2004; Morín, 2001; 2012).
Desde esta óptica, la ciencia trae consigo
una carga performativa e ideologizante, siendo un mito fundacional la neutralidad axiológica, esto pese a que existen miradas muy
potentes y aceptadas por el campo científico,
las cuales validan una asepsia instalada sobre
la teoría científica acerca de cierta neutralidad
(Bunge, 1996; Escobar, 2021; Monarca,
2021). En este sentido, se configura una
fuerte credibilidad y confianza sobre la ciencia y el conocimiento científico, pues grandes
pensadores han formulado revolucionarias
ideas que resultan inmutables y verdaderas
per se. Tal idea es replicada en gran medida
en la educación científica, donde se vierte el
pensamiento y el aprendizaje a la teoría que
es probada una y otra vez (Oreskes, 2021).
Ante los cuestionamientos que se han cernido sobre la concepción moderna de ciencia, se
ha develado que esta resulta insuficiente considerando la naturaleza compleja y reticular que
poseen los problemas de las diversas esferas
de la vida planetaria en la contemporaneidad.
Parece que “explicar” no basta, hay que “comprender” (Maturana, 1992; Morín, 2012). Al
respecto, Morín (2001) considera que existe
“una falta de adecuación grave y profunda
entre los saberes disociados, parcelados, compartimentados en disciplinas con las realidades
o problemas cada vez más pluridisciplinarios,
transversales, multidimensionales, transnacionales, planetarios” (p.13). De tal forma que,
considerando lo anterior, hablar de cultura
científica se vuelve aún más importante y pertinente, pues es en el marco de los problemas
reales y sustanciales de estos tiempos que
adjuntar una carga cívica y crítica sobre el
avance de la ciencia y conocimiento científico
traerá consigo una sociedad con una cultura
científica correspondiente a las realidades que
los aquejan y para las cuales la educación
científica es trascendente.
Lo anterior se evidenció en el texto Primavera Silenciosa, de Raquel Carson (1962), donde, además de cuestionar la visión antropocéntrica de la humanidad frente a la naturaleza, se expuso al campo científico como no neutral en lo político, ideológico y social-cultural (Sauvé, 2013). A la luz de este antecedente tan importante, que vincula el campo científico con los problemas ambientales, queda en evidencia que lo imperativo no es solo producir más ciencia, sino también repensar la ciencia que se practica y enseña. Esta reflexión, además de abrir espacios y brechas, donde las ciencias sociales, humanas y la educación tienen asidero, permite exponer fenómenos que resultan sensibles para la humanidad hoy en día, y que ameritan ahondar en instancias del pensamiento, más que abordar lo fenoménico (Vessuri, 2014; 2020).
.2 Sobre la cultura científica y la educación
Pese a que instituciones supranacionales,
estados, naciones y equipos de académicos
e intelectuales han investigado y aportado en el área de la cultura científica
desde hace al menos sesenta años —esto en pro de mejorar la imagen de la
ciencia—, permanece presente una desconexión histórica entre la ciencia y el
gran público. Parte de las razones se relacionan con que la atención se ha centrado en lo cognitivo, teórico e instrumental; la cultura científica se ha acotado
a lo escolar e intelectual (Campos, 2022; Fernández et al., 2016). Por esto, aún predomina una visión que concibe a la ciencia como una esfera aislada —y más
importante— de otras expresiones del intelecto humano (Gutiérrez et al., 2018;
Snow, 1977). Esta forma de ver a la cultura científica es denominada por Gómez
(2012) como modelo canónico, óptica desde donde se valora el conocimiento
erudito y la cultura científica, la cual se determina desde la tenencia o el déficit
de tal conocimiento (Gómez, 2012; Lima y Giordan, 2021).
Un aparataje comunicacional —incluida la educación— enaltece a la ciencia
como un objeto propio con un fin en sí mismo. En esta prima factores intelectuales
y científicos por encima de los sociohistórico, modelando concepciones y visiones
deformadas de la misma (Chade, 2014; Vessuri, 2020), entonces, es razonable
que aún sean evidentes las “discrepancias entre lo que los científicos piensan que
es importante, lo que los científicos creen que el público percibe como importante,
y lo que es realmente importante para el público” (Zaelzer, 2020, p. 1). Esta última
aseveración convoca a la reflexión sobre lo insuficiente que resulta abordar a la
cultura científica solo mediante políticas públicas con dígitos, gráficas y comparaciones, pues estos son prácticas de investigación que se fundamentan en concepciones heredadas —que ya se han mencionado— sobre el conocimiento y la
investigación científica. Prueba de esto es que la cultura científica ha sido estudiada
por comparaciones entre naciones, avances en el acceso al conocimiento científico,
inversión y gasto público, impacto de la inversión en ciencia, percepciones y niveles
de cultura científica. Por tradición, en estos estudios, así como en aquellos donde
se abordan conceptos afines a la comunicación y divulgación de la ciencia, se ha
asumido una óptica unívoca y universal de la realidad, pues predomina la idea de
una sola cultura científica, ya sea global o universal, donde prima lo cognoscitivo,
o bien lo meramente científico, por encima de otros aspectos contextuales como
los socioculturales, históricos y ambientales (Arteaga et al., 2020; Chade, 2014;
Weirich y Sutil, 2018).
Lamentablemente, en el campo educativo se ha promovido y acentuado
tal tendencia mediante la primacía de las teorías y conocimientos ya probados,
que desde la enseñanza —en especial la de orden científico— se concretiza en
la cultura científica. Este hecho se fundamenta en un proceso virtuoso o bien
una trivialización del aprendizaje: el aprendiz es un sujeto pasivo o educable y
el docente está dotado de un conocimiento cargado de rasgos recetarios y doctrinarios, carentes de contexto (Almeida, 2021). De esta forma, se construyen,
a partir del discurso científico, relaciones de hegemonía, en tanto se valora la
repetición de verdades acabadas, inhibiéndose la duda y el cuestionamiento,
bancarizando el conocimiento y alejando la posibilidad de una pedagogía crítica
y emancipadora (Freire, 2007; Russo, 2015;
Hernández, 2018). Mediante estos procederes
la educación reproduce el capital cultural y
resguarda instancias de poder fundamentado
en la posesión o no del conocimiento científico, en la negación de otras expresiones
del intelecto humano, y en la supremacía
de visiones conservadoras que se resisten a
los enfoques emergentes (Bourdieu, 2002).
De hecho, en el proceso educativo poco se
cuestiona sobre la perspectiva de ciencia que
se enseña: ¿cómo esta se enseña? y ¿para
qué se enseña ciencia? Al respecto, el docente
no asume su labor como intelectual público,
a razón de no haber asidero para la dimensión dialógica de su quehacer (Russo, 2015)
, mientras el estudiante está inmerso en un
proceso de alienación subjetiva y colectiva que
atenta contra la supervivencia de la humanidad en medio de esta crisis de pensamiento
(Freire, 2005).
Es evidente que las tendencias conservadoras son elementos epistemológicos
desafiantes para la educación científica en la
construcción de la cultura científica y también
para la movilización social que debería generar la educación científica (Campos, 2022).
Siguiendo la idea de Bacherland (1948),
tales desafíos contraponen el espíritu científico desde posturas conservadoras y poco
interrogadoras. Ante esto, queda inhibida
en la formación científica la pluralidad y su
naturaleza dialógica, y también las iniciativas
discrepantes de las visiones tradicionales. Sin
embargo, desafiar restas posturas tradicionales demanda, paradójicamente, más ciencia
y mayor educación en busca de generar una
masa crítica para superar lo que se ha impuesto con poder e ingenuidad (Martelo et
al., 2021; Zemelman, 2005).
Esto implica situar la práctica docente y la
educación científica en el marco de los desafíos y problemas reales de la sociedad. Resulta
estratégico para el docente cuestionar su praxis
y la educación en sí, buscando una formación
científica pertinente y comprehensiva que responda a las demandas contextuales (Asencio,
2017; Morales et al., 2022). En este punto es
vital desarrollar ideas que soporten a la cultura
científica desde una mirada epistemológica y
didáctica (Camacho y Gómez, 2021; Cofré et
al., 2010; Figueroa et al., 2020). Es imperativo
que se reconozca la valía de la educación en la
construcción colectiva de la cultura científica,
pues es desde allí donde la misma configura su
naturaleza o esencia como plataforma social y
cultural, como mediador social y fundamento
epistemológico de la comunicación y divulgación de la ciencia (Arias y Navarro, 2017;
Sánchez y Macías, 2018).
Discusión epistemológica
Enseñar ciencia con la intención de aportar a
la construcción colectiva de la cultura científica implica promover conciencia epistémica
en los sujetos actuantes, en especial en los
docentes, a razón de lo imperativo de su labor
como intelectuales públicos (Freire, 2007;
Zemelman, 2005). Naturalmente, esto es
desafiante, pues en la enseñanza de las ciencias predominan tendencias conservadoras
basadas en concepciones que apuntan a la
reproducción y reducción del conocimiento
a una imagen especular de la realidad, así
como a la hegemonía de la teoría científica
(Hernández, 2018; Martínez, 2022; Martínez,
2010; Moreno, 2015). Debido a esto, para
tal conciencia epistémica podrían tomarse en
consideración algunas posturas y decisiones
epistemológicas:
Redimensionar algunos elementos epistemológicos: es imperativo que los rasgos epistemológicos que soportan la enseñanza de la
ciencia, en pos de una racionalidad científica que
interprete con rigor, respondan al surgimiento
de una conciencia discontinua y no lineal, que den cabida a las diferencias y
al diálogo (Martínez, 2010; Prigogine, 1996). Epistemológicamente hablando,
significa superar la ilusión de un saber garantizado y absolutista, apostando a
la finitud e incompletitud del conocimiento, pues lo imperativo en la enseñanza
de la ciencia no es buscar mecanismos para explicar generalidades ni relaciones
causales, para así probar y certificar una teoría, ni tampoco salvaguardar la coherencia intelectual que ha traído consigo tal hegemonía de la teoría científica
(Najmanovich, 2008). En tal sentido, hacer o construir cultura científica no es
dar respuestas con verdades y/o argumentos probados, sino generar mayores
interrogantes en los sujetos actuales del proceso formativo. No se trata de dar
respuestas prefabricadas, sino de promover el cuestionamiento (Constenla et al.,
2022). Esto implica reconocer a la teoría como punto nodal de la racionalidad
científica, la cual tiene una naturaleza o bien carga performativa, institucional
y de universalidad. En este momento es necesario superar esta primacía que
existe en la educación científica, donde lo importante está en explicar desde la
generalidad y establecer relaciones causales para probar y certificar una teoría
(Hernández, 2018).
Naturalmente, esta movilización resulta desafiante para un docente de ciencias formado en el marco de concepciones tradicionales donde el conocimiento
especializado está configurado en paquetes conceptuales, que recibe una visión
sociocultural que promueve una cultura pro-científica. Entender a la ciencia que
se enseña como un componente cognoscitivo de la cultura demanda una reflexión profunda de los sujetos actuantes en el proceso formativo, buscando una
postura crítica y cuestionadora frente al conocimiento científico: lo que implica
reconocer lo latente. Concepciones heredadas en la educación científica, y en
la investigación en ciencias de la educación, asignan mayor valía e importancia
a la práctica educativa o bien al fenómeno observado (Lévy, 2021). Por ende,
tributar a la cultura científica, implica dar mayor interés a los elementos epistemológicos y socio-filosóficos que soportan la práctica, pues el debate real está
allí (Arias y Navarro, 2017; Lima y Giordan, 2021).
La educación científica debe traer a colación un fundamento de las ciencias
del espíritu: ante un escenario donde se han cuestionado de manera sistemática
concepciones heredadas de la ciencia, promover la Verstehen, es decir, la comprensión del fenómeno, debe ser una tarea necesaria. La Verstehen se convierte
en un principio fundamental, no solo para comprender en un nivel personal los
motivos y creencias que están detrás de las acciones de la gente, sino para que,
desde la semántica, sea posible superar el coto de analizar, sintetizar y dar cabida
a la comprensión del conocimiento (Moreno, 2015). Con esto no se renuncia
a las explicaciones causales de los fenómenos, pues estas son importantes para
el entendimiento de algunos fenómenos naturales —de hecho, hay objetos de
conocimiento que, por razones didácticas, justifican su explicación—, pero el
docente debe tener claro que esto es insuficiente para comprender aconteceres del
contexto que son objetos de estudios de la ciencia. Esto implica que la educación
científica apunte al comprender como conocimiento y momento no metodológico. Es así
como comprender supera la objetividad, pues
con ello se reconoce al conocimiento científico junto a una inescindible carga axiológica
y performativa. En consecuencia, la cultura
científica se ha de construir bajo un espíritu de
cuestionamiento y demanda de la sociedad al
campo científico (Velázquez, 2020). Así, esto
lleva a considerar diversas aristas, que usualmente no son plenamente revisadas, como lo
sociocultural, histórico y contextual. A la luz de
lo anterior, estos componentes intervienen en
el contexto, asumiendo que la naturaleza de
la cultura científica responde a una episteme
crítica de lo moderno, pues la visión naturalista imposibilita la neutralidad y asepsia de lo
científico frente al contexto.
Educar para tributar a la cultura científica
implica complejizar e integrar: se trata de no
reducir los fenómenos a variables observables
desde una disciplina en particular, sino aumentar su complejidad desde el contexto, cuando
corresponda, considerando las particularidades y autenticidades del escenario para
incorporando (Carranco, 2019; Vázquez et al.,
2019). Para esto, los docentes deben salir de
la zona de confort del pensamiento teórico y
adentrarse en el contexto, para que, desde la
realidad, emerjan las necesidades del conocer
y de las habilidades a obtener (Figueroa et al.,
2020; Zemelman, 2005). Asimismo, esto implica inhibir una práctica común de la ciencia
y su enseñanza como es la fragmentación de
la realidad. Apostar a la educación científica
equivale a no fragmentar la realidad, las personas o los escenarios, sino a considerarlos
desde lo holístico y desde la continuidad,
superando ideas instauradas basadas en la
discontinuidad y la visión cartográfica de la
realidad (Latour, 2013). Por supuesto que esto
es desafiante, entendiendo que “analizar” es
una práctica científica habitual de la ciencia
moderna y que está enquistada en la dinámica
de producir y enseñar ciencia.
Concretizar y tributar a la cultura científica desde la educación significa tener una
visión horizontal y reconocer otras miradas
al margen de lo disciplinar, a fin de superar
la visión cartográfica sobre el conocimiento
científico que ha prevalecido. Es común que
en las ciencias naturales los docentes e investigadores se atrincheren en sus zonas de confort
o disciplinas en las cuales son especialistas
(Follari, 2022). En consecuencia, se necesita
una visión interdisciplinaria y compleja, en la
cual se logren identificar los espacios entremedios donde surge la inquietud y el fenómeno
responsivo de lo interdisciplinar. De esta forma,
dar una carga interdisciplinaria a la educación
científica no ha de surgir de manera casual y
caprichosa, sino por la necesidad de comprender un acontecer desde diferentes ópticas.
Configurar una visión de esta naturaleza demanda pluralidad y una postura más naturalista que dé valía al contexto y que demande
la confluencia de diversas disciplinas (Follari,
2022; Vilsmaier et al., 2017). Este sentido es
fundamental para reconocer a la ciencia que
enseña como un componente cognoscible y
cognoscitivo de la cultura. Es decir, la ciencia
que el docente enseña podrá resonar en el
contexto cultural donde se crea, desarrolla y
reproduce, pero a su vez dicha ciencia que
enseña es influenciada por la sociedad y ese
mismo contexto (Vessuri, 2014, 2020). A
pesar de resultar paradójico, podría ser una
forma de superar la hegemonía de la teoría
científica y convertir en un nuevo punto nodal
que conjugue la teoría científica y el contexto.
Reconocer la unicidad: en esta propuesta, la unicidad se soporta en dos ideas: 1) superar la desconexión histórica entre la ciencia y el gran público, acortando el sesgo entre en la ciencia que se enseña y las demandas sociales y culturales (Campos, 2022; Pérez y Donoso, 273 No 55 • Primer semestre de 2024 • pp. 264- 278 ISSN 2665-3184 impreso • ISSN 2323-0126 Web TED 2023); y 2) pensar la ciencia más allá de las generalidades propias de su enseñanza, a fin de dar espacio para las particularidades socioculturales (Mejía, 2020; Olivé, 2006; Vessuri, 2020). Tal postura trae consigo la necesidad de reconsiderar algunas formas de visualizar la ciencia en su contexto, e incorporar en el debate varias ideas que acceden a lo ontológico. En tal sentido, más que contextualizar y complejizar, incorporando variables y factores, se trata de reconocer nuevas formas de abordar el contexto. De nada sirve —y no habrá una movilización epistemológica—pretender dar contexto a la ciencia que se enseña si predominan las nociones de centro, frontera, jerarquía y linealidad (Silva, 2022).
Conclusiones
Este documento sitúa a la cultura científica en una instancia epistemológica y
didáctica de la educación —en especial la científica—, hecho que trajo consigo
la formulación de diversos planteamientos e ideas que no se exponen como verdades acabadas o absolutas, sino como aportes para el debate educativo contemporáneo. Primero, se han rescatado ideas ya desarrolladas en la bibliografía
especializada que cuestionan e identifican como insuficientes a las tendencias
tradicionales de la enseñanza de las ciencias naturales en pos de la comprensión
de los desafíos actuales. Asimismo, se han formulado argumentos que plantean
a la cultura científica como un sentido de causa final de la educación en estos
tiempos. De este proceso de revisión del estado del arte y hermenéutico se concluye que ambas proposiciones resultan desafiantes para los sujetos actuales
del proceso educativo, en especial para los docentes, puesto que, en general,
emergerán obstáculos que se deben sortear.
Primero, se debe sortear una tendencia tradicional, propia de las ciencias
de la educación, donde el estudio sobre lo educativo se ha inclinado por el
abordaje de la práctica educativa, incluyendo estrategias, recursos, materiales,
tecnologías. Razón por la cual, es imperativo trascender más allá del fenómeno
que se genera en la práctica docente e insertar el debate en lo epistemológico
para la reflexión de la práctica y de los elementos que la soportan. Para esto es
imperativo reflexionar sobre el acto educativo y sus cimientos como objetos de
estudio desde las ciencias sociales y humanas, entre ellas la pedagogía.
Segundo, considerar la construcción colectiva de la cultura científica en el
marco de la enseñanza de las ciencias, lo cual significa que esta sea concebida como cognoscible y cognoscitiva. En consecuencia, enseñar ciencia no
es transmitir paquetes conceptuales coherentes a generaciones futuras, sino
reconocer una carga histórica, social y contextual. Hoy en día, la educación
científica ha de asignar una carga crítica y cuestionadora sobre el conocimiento
científico, lo cual podría lograrse al situar la enseñanza de la ciencia en la
realidad que viven. Por ende, el docente debería reconocer que esa ciencia no
solo está constituida por lo científico, y no es exclusivamente el centro de lo
cognoscible. Es necesario desmarcarse de las etiquetas propias del desarrollo
disciplinar y asumirse como pedagogo interesado en el aprendizaje de la ciencia,
considerando lo adjunto a esto que provenga
de otras dimensiones de la cultura humana.
Finalmente, todos estos argumentos implican la necesidad de que el docente lleve a
cabo movilizaciones epistemológicas importantes y profundas que apunten a: 1) superar
la supremacía del pensamiento teórico y virar
hacia la comprensión de la realidad, 2) cuestionar la ciencia que se enseña e incentivar
en otros tal cuestionamiento, 3) reconocer
la trascendencia de una práctica educativa
que apunte a tributar en la cultura científica
como una construcción social colectiva.
Estos elementos, además de reflexión, ameritan de un ejercicio de otredad y de trabajo
conjunto, pues la naturaleza democrática,
colectiva y plural de la cultura científica así
lo demandan.
Agradecimientos
Agradecemos al Programa de Doctorado Nacional de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile. También al Programa de Doctorado en Ciencias Humanas en la Universidad de Talca-Chile.
Conclusiones
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