TeCNé, Episteme y Didaxis: TED
Universidad Pedagógica Nacional
Principios de complejidad
para la planificación de
contenidos y objetivos de
unidades didácticas
Principles of Complexity for Planning Contents
and Objectives in Teaching and Learning
Sequences
Princípios de complexidade para o
planejamento de conteúdos e objetivos
de ensino em seqüências de ensino e
aprendizagem
Para citar este artículo: Bermúdez, G. y Ottogalli, M. E. (2024). Principios de complejidad para la planificación de contenidos y objetivos de unidades didácticas.TeCNé, Episteme y Didaxis: ted, (55), 152-171 http://doi.org/10.17227/ted.num55-18734
1 Resumen
En este artículo de investigación buscamos responder a la pregunta de cómo
podemos reconocer e incorporar los principios del paradigma de la complejidad
de Edgar Morin en algunos elementos de la planificación de la enseñanza.
Luego de reconocer la importancia de un rol activo y mediador del profesorado
en el diseño de unidades didácticas, tomamos los principios de la complejidad
(dialógico, hologramático y recursivo) para relacionarlos con dos elementos
básicos del diseño de unidades didácticas: los contenidos y los objetivos. Para
ello, vinculamos estas categorías con una perspectiva de la enseñanza de las
ciencias culturalmente sensible y la integración de los dominios cognitivo y
afectivo, proponiendo crear zonas de interacción entre los sistemas de conocimiento
tradicional y académico y superando la dicotomía razón-afectividad.
Para lo anterior, aportamos fundamentos, análisis y ejemplos que esperamos
puedan contribuir a la formación inicial y continua del profesorado.
Palabras clave
dominio afectivo; domino cognitivo; diseño didáctico; interculturalidad; principios
de complejidad; secuencias de enseñanza
2 Abstract
In this paper, we seek to answer the question of how we can recognize and
incorporate the principles of Edgar Morin’s complexity paradigm in some elements
of teaching planning. After recognizing the importance of an active and
mediating role of teachers in the design of didactic units, we take the principles of
complexity (dialogic, hologrammatic, and recursive) to relate them to two basic
elements of the design of teaching didactic units: contents and objectives. To this
end, we link these categories with a culturally sensitive perspective of science
teaching and the integration of cognitive and affective domains, proposing to create zones of interaction between traditional and academic knowledge systems and overcoming
the dichotomy of reason and affectivity. For this purpose, we provide foundations, analyses, and
examples that we hope they may contribute to the initial and ongoing teachers’ training.
Keywords
affective domain; cognitive domain; didactic design; interculturality; principles of complexity;
teaching sequences
3 Resumo
Neste documento, procuramos responder à questão de como podemos reconhecer e incorporar os
princípios do paradigma da complexidade de Edgar Morin em alguns elementos do planejamento
do ensino. Após reconhecer a importância de um papel ativo e mediador dos professores na concepção
de unidades didáticas, tomamos os princípios da complexidade (dialógica, hologramática
e recursiva) para relacioná-los a dois elementos básicos da concepção de unidades didáticas:
conteúdos e objetivos. Para tanto, associamos estas categorias a uma perspectiva culturalmente
sensível da educação científica e da integração dos domínios cognitivos e afetivos, propondo a
criação de zonas de interação entre os sistemas de conhecimento tradicionais e acadêmicos e a
superação da dicotomia razão-afetividade. Para isso, fornecemos fundamentos, análises e exemplos
que esperamos que possam contribuir para a formação inicial e contínua dos professores.
Palavras-chave
domínio cognitivo; domínio afetivo; design didático; interculturalidade; princípios de complexidade;
seqüências de ensino
4 Introducción
La didáctica es una disciplina que se constituye
como saber al volver los problemas que plantean
las prácticas de enseñanza un objeto de
reflexión. Así, la didáctica buscará resolver los
problemas esenciales de la educación mediante,
entre otros, según Camilloni (2015, p. 22),
“el diseño y evaluación de proyectos de enseñanza
[…], implementación y evaluación de
decisiones de diseño y desarrollo curricular,
de programación didáctica, de estrategias de
enseñanza, de configuración de ambientes de
aprendizaje y de situaciones didácticas”.
Si bien el conocimiento construido por
la didáctica es genérico y pretende abarcar
todas las instancias donde se manifiesta la
transmisión cultural en contextos institucionalizados
escolares, el discurso normativo de la
disciplina necesita ser reelaborado por profesores
particulares en función de los actores,
interpretando, traduciendo y acomodando una
teoría de estas características a necesidades
específicas (Camilloni, 2015). Así comprendida,
la didáctica no prescribe las prácticas de
enseñanza, sino que se vuelve una herramienta
para orientar las decisiones y los juicios que
el profesorado adopta en escenarios áulicos
singulares.
En este camino, algunas contribuciones han considerado la inclusión de la complejidad en la educación, superando la noción cotidiana por la que se la asocia con un mayor grado de dificultad (Calafell Subirá y Banqué Martínez, 2017), al revisitar los alcances del pensamiento de E. Morin para la educación ambiental y la enseñanza de las ciencias naturales (Bonil et al., 2004; Calafell Subirá y Banqué Martínez, 2017; García, 2020; Izquierdo et al., 2004). Sin embargo, no reconocemos a la fecha la existencia de abordajes acerca de la complejidad como perspectiva para elementos de la planificación de la enseñanza en unidades didácticas (ud), tales como los contenidos y objetivos. De esta manera, inscriptos en una perspectiva que recupera aportes de la didáctica general sobre programación (Feldman, 2010) y de la didáctica de las ciencias naturales (Picco y Cordero, 2020), nos preguntamos cómo podemos reconocer e incorporar los principios del paradigma de la complejidad en algunos elementos de la planificación de la enseñanza. Para esto, en primer lugar, conceptualizamos el diseño de unidades didácticas según el rol principal que entendemos tiene el profesorado. Luego, describimos los principios de la complejidad y los relacionamos con procesos didácticos, el conocimiento didáctico del profesorado y, específicamente, el diseño de ud. Esto último es desarrollado para dos categorías (la interculturalidad y el dominio afectivo y cognitivo), que relacionamos con dos elementos básicos del diseño de ud: la formulación de contenidos (con la interculturalidad) y de objetivos (expectativas de logro del estudiantado con el dominio afectivo y cognitivo). Finalmente, reflexionamos sobre el rol del profesorado para una enseñanza de las ciencias culturalmente sensible y que supere la dicotomía razón-emoción.
5 El diseño de unidades didácticas y el rol del profesorado
La investigación que tiene por objeto diseñar
y poner a prueba unidades didácticas (ud)
—o secuencias de enseñanza y aprendizaje
(sea) para la literatura anglosajona— viene
aportando hace treinta años (Psillos, 2015)
a la forma de conceptualizarlas, la cantidad
y naturaleza de los elementos que la constituyen
y los criterios considerados para su
diseño (García-Martínez et al., 2018). Ya que
podemos afirmar que la elaboración ud representa
un saber fundamental del profesorado (Caamaño, 2013; García-Martínez et al., 2018), su estudio constituye una
oportunidad inestimable para promover la dialéctica teoría-práctica.
De acuerdo con Couso (2013), el diseño de cualquier situación de enseñanza
y aprendizaje en la didáctica de las ciencias involucra, de forma explícita
o implícita, el tratamiento de tres aspectos interrelacionados: el qué, el para qué
y el cómo enseñar (y aprender, en el caso de las y los estudiantes). Según Pujalte
(2015), las ud son planes de acción constituidos por una o más secuencias didácticas,
con actividades en función de los diferentes objetivos de aprendizaje, en
relación directa con contenidos tanto disciplinares como metadisciplinares, que
el profesorado somete a un proceso continuo de metaevaluación y resignificación,
lo que le imprime su propia dinámica. Las ud son entendidas como un
sistema que relaciona actores en función de una propuesta singular, explicitada
en decisiones coherentes e interdependientes sobre los objetivos, contenidos,
evaluaciones, etc. (García-Martínez et al., 2018).
El rol del profesorado en la elaboración de estas ud no ha sido siempre el mismo que entendemos tiene hoy. Hace pocos años se creía que la mayoría de las y los profesores no podían llevar a cabo la actividad de planificar unidades didácticas, sino que, relegados a desempeñar un rol técnico, aplicaban diseños elaborados por especialistas que especificaban con minuciosidad qué se debía enseñar y cómo. Sin embargo, en las últimas décadas, la influencia de la obra de Schön (1992) en la forma de comprender la profesión docente produce un giro que reivindica para el profesorado la potestad de reflexión e investigación de la propia práctica, lo que se vio acompañado de un discurso curricular, asimismo, renovado desde una perspectiva crítica (Cols, 2015b). Confluyeron también las miradas críticas de la didáctica, el currículo y la sociología de la educación, desde las que se propone una revisión de la agenda clásica de la didáctica general, centrada en objetivos, contenidos, actividades y evaluación, e incorporar en un nuevo programa la dimensión política y pedagógica de la enseñanza (Edelstein, 2007). En este contexto, Díaz Barriga (2009) afirma que “cada maestro debe construir las formas de trabajo […] [ya que es] quien asume la responsabilidad profesional de tomar y construir decisiones de aula” (p. 12).
6 La complejidad y su inclusión como fundamento para la formación en y la educación en ciencias
Etimológicamente, el término complejidad refiere a reconocer algo como
la síntesis o integración de opuestos relacionados (Calafell Subirá y Banqué
Martínez, 2017). A lo largo del siglo xx, de acuerdo con Bonil et al. (2004), el
concepto de complejidad se integró prácticamente en todos los ámbitos como
un verdadero paradigma, cuyas primeras referencias provienen de E. Morin.
Este autor define tres principios de complejidad que ofrecen una visión del
mundo como entidades relacionadas en sistemas con estructura propia, entre los
cuales existen permanentes flujos e intercambios. El principio dialógico sostiene la complementariedad de lo antagónico; el
recursivo, contra de la simplificación de causa-efecto, reconoce que una causa motiva un
efecto y este, a su vez, actúa sobre la causa;
y, por último, el hologramático establece que
las partes están dentro del todo y éste, a su
vez, en cada una de las partes (Morin, 2006).
Desde nuestra postura, el proceso por el
que los saberes docentes se movilizan para
el diseño de una ud sigue los principios de
la complejidad, poniendo en juego un saber
profesional (Conocimiento Profesional del
Profesor, cpp) requerido para la enseñanza.
Dentro de este saber base del profesorado,
destacamos al Conocimiento Didáctico del
Contenido (cdc del inglés Pedagogical Content
Knowledge [pck]), que corresponde a un
saber propio y diferenciador del quehacer
de otros profesionales, caracterizado por ser
dinámico, sistémico, integrador y práctico
(Ravanal y Lopez Cortez, 2016). De acuerdo
con la expresión gráfica del modelo descrito
por Carlson y Daehler (2019), existen diferentes
dimensiones del cdc, comprendidas por
un cdc colectivo que engloba a uno personal
del cual forma parte el cdc en acción. Esto,
a nuestro entender, expresa el principio por
el que las partes están en el todo y viceversa
(hologramático). A su vez, estas dimensiones
interactúan y se retroalimentan constantemente
a lo largo de la trayectoria profesional de un/a
docente, poniendo de manifiesto el principio
recursivo. Así, las experiencias personales obtenidas
de la acción didáctica (cdc en acción)
brindan una retroalimentación que tensiona y
moldea el cdc personal, el que, a través de
conversaciones e intercambios con colegas,
contribuye a conformar el cdc colectivo. En
ello, evidenciamos que el principio dialógico
sintetiza los diferentes contextos de expresión
y generación del cdc, a la vez que el recursivo
es el que los moviliza.
Por otro lado, en el ámbito de la educación
en ciencias, el paradigma de la complejidad
constituye un punto de encuentro para el
diálogo entre valores éticos y epistémicos, una
forma de pensar sobre el mundo y un modelo
de acción transformador de la realidad (Bonil
et al., 2004). Según Estrada (2020), Morin
invita a enfrentar la incertidumbre en el sistema
educativo a través de nuevas formas que vinculen
la enseñanza y el aprendizaje de manera
sistémica, crítica y transdisciplinar, sin olvidar
la ética y los valores. Por su parte, revisando
los vínculos entre la complejidad y la ciencia
escolar, Izquierdo et al. (2004) propusieron la
incorporación de una perspectiva dialógica,
sistémica y hologramática considerando los
objetos de estudio como fenómenos de múltiples
causas y efectos, en interacción y constante
dinamismo, etc., por ejemplo, en torno
a las nociones de medio interno y externo en
los organismos, y lo macro y lo microscópico
en los niveles de organización.
En esta misma línea, reconocemos que la
misma disciplina didáctica podría ser vista a
la luz del principio dialógico al reconocer las
tensiones entre la didáctica general y la de las
ciencias naturales e, incluso, lo que genera
fricción dentro de la propia didáctica, como
los tópicos que integran su agenda clásica y
los que se pretenden instalar en una nueva
(Picco y Cordero, 2020). En este sentido, si
bien la didáctica se ocupó tradicionalmente
de categorías como las expectativas de logro
del estudiantado, los conocimientos a ser
enseñados y las formas de hacerlo, “entendemos
que […] resulta ineludible considerar la
problemática de los objetivos, los contenidos,
las actividades, los aspectos metodológicos,
la evaluación” (Edelstein, 2007, p. 52), como
algo inacabado.
Desde nuestra postura, estos elementos
básicos de la programación didáctica también expresan los principios de la complejidad. Lo dialógico actúa pretendiendo articular
coherentemente las fases preactiva (de diseño), interactiva (desarrollo de
la propuesta con el estudiantado) y postactiva (análisis de lo sucedido: reflexión
en acción y sobre la acción) de la enseñanza (figura 1) (Basabe y Cols, 2015).
Además, enriquece la mirada sobre el entendimiento de las relaciones (no causales)
entre los procesos de enseñanza y aprendizaje; es decir, de incidencia entre
fenómenos sociales e intencionales (enseñanza) con otros individuales, mentales
e internos (aprendizaje) (Basabe y Cols, 2015). A la vez, esta mirada pone en
diálogo la incertidumbre e inmediatez en las que numerosas variables de las
situaciones didácticas cambian y adquieren valores particulares en la etapa activa
con la previsión, anticipación e hipótesis de trabajo, de los diseños didácticos.
No menos importante es la conciliación que el principio dialógico nos propone
en cuanto a lo explícito y oculto del currículum que, en su polisemia, abarca
desde lo reconocido y escrito hasta el conjunto de experiencias formativas, como
realidad socializadora que incluye lo no dicho ni formalmente reconocido (Picco
y Cordero, 2020).
Siguiendo con el principio hologramático, cada elemento o componente
(objetivos, contenidos, etc.) se ubica en relación con la ud como un todo, al
proyecto curricular, al educativo-pedagógico y cada secuencia didáctica dentro
de la ud, impregnando cada una de las partes con los fundamentos del proyecto
pedagógico-didáctico, y viceversa. Encontramos útil, para expresar estas
vinculaciones hologramáticas, las nociones de niveles de concreción curricular,
transposición didáctica y teoría antropológica de lo didáctico.
El principio recursivo se plasma, en la etapa preactiva, en la no linealidad del
proceso de diseño didáctico (tanto en términos ideacionales como de la práctica
de la escritura), en donde un objetivo influye en configuración de una actividad,
a la vez que esta permite redefinir el objetivo y contenido hasta imbricarse fuertemente,
y así sucesivamente con los otros elementos de la ud. De manera similar,
esta idea de bucle recursivo determina que las decisiones que se toman sobre la
marcha en la etapa activa incidan en los elementos del diseño, adecuándose a
las necesidades que plantea la práctica de la enseñanza (figura 1).
Figura 1. Representación del proceso de transposición didáctica, tipos de currículum y conocimientos didácticos del contenido (CDC) involucrados en las fases de la enseñanza
![[Uncaptioned image]](https://revistas.upn.edu.co/index.php/TED/article/download/18734/version/22404/14524/80666/fig1a559.png)
Fuente: elaboración propia.
Por último, coincidimos con Edelstein (2007) en subrayar la necesidad de “incorporar un interjuego categorial de mayor complejidad […], [que] cobrará significado en tanto sea utilizado con pertinencia según las realidades específicas y la necesaria apertura y flexibilidad de pensamiento” (p. 52). Para ello, la autora retoma la idea de multirreferencialidad para abordar prácticas, hechos y fenómenos educativos desde una lectura plural, multiangular y desde puntos de referencia diferentes, lo que se vincula con el desarrollo de una noción de complejidad. Con base en este enfoque y posicionamiento, a continuación, profundizaremos a modo de propuesta la incorporación de la complejidad como panóptico en algunos elementos del diseño de las ud, pensándolas como sistemas formados por varios elementos que no se pueden ver de forma aislada, sino que se relacionan, articulan y crean interdependencia (García-Martínez et al., 2018).
7 Los contenidos (objetos de enseñanza) de una ud: hacia una enseñanza culturalmente sensible
8 Los contenidos para la didáctica
Al recuperar parte de la historia del currículo y la didáctica, la selección y secuenciación de los contenidos también fue motivo de una perspectiva racional y técnica que se centró en el trabajo de expertos con el saber para identificar y programar objetos de enseñanza, considerando a los diseños como modelos de la práctica (Cols, 2015b; Díaz Barriga, 2003). La ruptura con los enfoques técnicos acerca de la acción docente y del currículo se fue consolidando desde la década de 1970, junto con la valorización de las perspectivas prácticas y críticas. Por ejemplo, desde las investigaciones en sociología de la educación, el término “contenido” refiere no solo a lo explicitado en documentos curriculares y diseños didácticos, sino también, desde un principio dialógico entre las fases preactiva, interactiva y postactiva, a elementos “que sólo pueden reconstruirse a través del análisis de las prácticas educativas en el seno de las instituciones” (Cols, 2015b, p. 101). Sin embargo, desde la programación didáctica, el contenido suele asumir un alcance más restringido; es decir, se circunscribe a lo que se tiene intención de enseñar, para lo cual se planifica (Feldman, 2010). Independientemente de la postura anterior, los contenidos constituyen un problema para la didáctica de las ciencias y para los que se han de tomar decisiones. Con base en esta premisa, consideramos que pensar los contenidos renueva su importancia cuando entra en diálogo con los diferentes sistemas de conocimiento.
9 La complejidad y la perspectiva intercultural
La educación en ciencias ha considerado tradicionalmente al conocimiento
científico como el sistema de referencia privilegiado, desconociendo o negando
otras visiones del mundo en el proceso de desarrollo curricular y de transposición.
Sin embargo, desde la perspectiva intercultural se reconoce a la cultura como
un sistema de significados, lo que implica tener en cuenta distintas formas de
enunciar y aproximarse a la realidad, entre las que la ciencia es solo una opción.
Así, los conocimientos científicos, cotidianos y tradicionales pueden considerarse
epistemes diferentes que, basadas en tipos de racionalidad y en formas de conocer
y de producir conocimiento útil (Andrade y Mojica, 2013), entran en un
territorio de negociación y cruce de fronteras entre cada cultura: las aulas (Pérez
Mesa, 2019; Robles-Piñeros et al., 2020).
Considerando el principio dialógico de la complejidad, término también
empleado desde la perspectiva intercultural, Valladares Riveroll (2011) resalta
que la educación científica debería basarse en una perspectiva pluralista del
conocimiento. Este modelo permitiría validar los sistemas de conocimiento de
diferentes comunidades, en una aproximación dialógica que, como interacción
comunicativa con lo diferente, resulta en la transformación de identidades y prácticas.
Así, el saber emergente del diálogo intercultural, más que “una amalgama
que deriva del sincretismo o la síntesis de varios elementos tomados de diferentes
perspectivas, […] [representa] una reconstrucción y reinvención de cada una de
las perspectivas de los agentes en diálogo, a partir de los elementos de los otros”
(Valladares Riveroll, 2011, p. 129). En esta línea, Robles-Piñeros et al. (2020
y referencias allí citadas) destacan que en la educación científica intercultural
actual se han de superar algunos obstáculos para incorporar los conocimientos
y marcos alternativos del estudiantado a través de propuestas que sean culturalmente
sensibles. Por ejemplo, las visiones optimistas o sobresimplificadoras de la
incorporación del acervo de conocimientos tradicionales (como el conocimiento
ecológico tradicional, cet) en las clases de ciencias, que solo buscan comprobar
su utilidad frente al conocimiento académico (ecológico, cae).
Por el contrario, la apuesta desde la perspectiva intercultural está en identificar y explorar las superposiciones parciales entre sistemas de conocimiento (cet y cae, por ejemplo, pero también existen conocimientos etnobiológicos, etnomatemáticos, etc.) para un compromiso consciente y críticamente reflexivo con la educación científica en una dimensión epistemológica, ontológica y axiológica (Robles-Piñeros et al., 2020). Pérez Mesa (2019) agrega que una enseñanza de las ciencias culturalmente sensible implica al profesorado para reconocer al otro desde sus cosmovisiones e intereses y, a la vez, promover una apertura epistemológica a intercambios de conocimientos que no ponen en el centro el pensamiento científico occidental. En este contexto, entre algunos buenos ejemplos de diálogo intercultural, encontramos el reconocimiento de relaciones interespecíficas positivas entre un rastrojo (“mato”) y cultivos de mandioca y maíz; las tríadas agrícolas como la milpa, en donde se asocian maíz, frijoles y calabazas, entre otras especies (Robles-Piñeros et al., 2020); las clasificaciones de insectos (Robles-Piñeros et al., 2020) y mamíferos acuáticos (Rodrigues et al., 2022); y las propiedades medicinales de las plantas (Páez-Rincón y Reyes- Roncancio, 2020).
10 Los contenidos como amplitud, extensión y demandas cognoscitivas
Consideramos oportuno retomar el modelo
de progresión curricular de Adey (1997) para
analizar y proponer la complejidad de los
contenidos de una ud en tres dimensiones, a
la vez integrando los sistemas de conocimiento
científico y tradicional (figura 2). A estos sistemas
los reconocemos anclados en diferentes
epistemes (por ejemplo, cae y cet), independientemente
de que hayan experimentado el
proceso de contenidización. Para cada episteme
podrían plantearse las tres dimensiones
de progresión.
La dimensión amplitud indica la gama
o rango de temas diferentes que pueden ser
agrupados, en mayor o menor grado, en
asignaturas o núcleos temáticos en función
de —en clave intercultural— cada sistema
de conocimiento, respondiendo a cuestiones
epistemológicas, ontológicas y axiológicas
propias. La extensión refiere a cuántos conocimientos
se enseñan para cada tópico de
la amplitud de cada episteme, por ejemplo,
el tipo y cantidad de ejemplos, datos, conceptos,
experiencias, clasificaciones, etc. La
tercera dimensión en juego, llamada por Adey
(1997) complejidad conceptual, articula con
fundamentos psicológicos del aprendizaje al
expresarse como etapas del desarrollo de la
inteligencia (por ejemplo, en el paso de las
operaciones concretas a las formales de J.
Piaget) o clasificaciones sobre tipos de pensamiento
como, por ejemplo, los de orden
superior de L. Resnick, etc.
A la dimensión complejidad conceptual
de Adey (1997), dada su naturaleza psicológica,
optamos por denominarla demanda
cognoscitiva. Poner el foco en estas últimas
habilita a considerar unidades de análisis más
pequeñas y situadas que la progresión de un
mapa curricular (plan de estudios) y, además,
a especificar niveles de pensamiento que la
resolución de una tarea o actividad específica
supondría como desafío al estudiantado de
acuerdo con cierto modelo. Estos modelos
pueden ser el mismo pensamiento concreto o
formal piagetiano al que refiere Adey (1997),
la taxonomía de dominio cognitivo de B. Bloom
(ver apartado “Los objetivos”) o los niveles o
categorías de profundidad del conocimiento
(depth of knowledge) de Webb (1997), que
van desde el nivel más básico hasta el más
elaborado: memorístico (evidencia conocimiento en forma idéntica o similar a como lo aprendido, recuerda, memoriza),
de procesamiento (implica razonamiento mental básico como interpretar una
gráfica o resolver problema rutinario), estratégico (establecimiento y justificación
de conjeturas, desarrollo de argumentos, resuelve problemas y generaliza) y extendido
(conocimiento puesto en juego en contextos más amplios a los originales,
como la aplicación de un modelo o la realización de una indagación) (Ramos
Palacios y Casas García, 2018).
Figura 2. Representación de la zona de intercambio entre sistemas de conocimiento buscada para una enseñanza de las ciencias culturalmente sensible didácticos del contenido (CDC) involucrados en las fases de la enseñanza
![[Uncaptioned image]](https://revistas.upn.edu.co/index.php/TED/article/download/18734/version/22404/14524/80665/fig2a559.png)
Nota:Se consideran tres dimensiones de los contenidos de la ud desde cada sistema (amplitud, extensión y demanda cognitiva, basado en Adey, 1997). Fuente: elaboración propia (basada en Robles-Piñeros et al. (2020).
Así, mientras desde cada sistema de conocimiento partimos sin jerarquías en tres dimensiones desde las demandas, amplitud y extensión, el cubo de la figura 2 muestra que los colores se difuminan hacia el centro donde se encuentra la zona de interacción, que representa la apuesta de una educación en ciencias culturalmente sensible. Por último, las demandas cognoscitivas podrían integrarse desde el dominio afectivo, por ejemplo, articulando emociones y sentimientos que generen condiciones apropiadas en los escenarios de aprendizaje y movilicen al estudiantado hacia una comprensión conjunta de significados (ver apartado “Los objetivos”).
11 Ejemplos de contenidos para una zona de interacción entre CET y CAE
En clave propositiva, en la figura 3 presentamos
contenidos para una zona de interacción entre
cet y cae basada en Robles-Piñeros et al. (2020),
en la que, para las demandas cognoscitivas establecidas
por la profundidad de conocimiento
de Webb (1997), la amplitud y extensión indican
zonas de interacción en las que es posible encontrar
puntos de convergencia y divergencia
entre los sistemas de conocimiento. Sobre las
primeras, tal como señalan Robles-Piñeros et al.
(2020), el cae ha demostrado la importancia del
uso de especies acompañantes en los cultivos y
el aumento de los polinizadores (interacciones),
debido al aumento de la diversidad como un
proceso de beneficio mutuo (simbiosis), además
de la protección del suelo (estructura, fertilidad,
humedad) y del cultivo debido al sombreado
y la cobertura vegetal. Sin embargo, desde la
divergencia, surgen tensiones entre cet y cae
sobre los paradigmas de desarrollo económico,
al menos en la agricultura convencional, ya
que, como también expresan los autores, desde
los fundamentos académicos de la agricultura
sustentable, agroecología y disciplinas ligadas
a la biodiversidad (cae) también se valoran las
estrategias de control biológico y la reducción
en el uso de agroquímicos. Por último, aunque
la amplitud 3 de la demanda de pensamiento
expandido explicita la vinculación entre sistemas
de conocimiento, ya que se la considera una
habilidad de metaconocimiento o extensión
a diferentes contextos de saber, la interacción
entre cae y cet puede darse desde demandas
menos profundas para el aprendizaje.
Figura 3. Contenidos para una zona de interacción entre CET y CAE
![[Uncaptioned image]](https://revistas.upn.edu.co/index.php/TED/article/download/18734/version/22404/14524/80664/fig3a559.png)
Fuente: elaboración propia (basada en Robles-Piñeros et al. (2020).
12 Los objetivos: revisitando el dominio cognitivo y afectivo
13 Los objetivos para la didáctica
Desde la perspectiva instrumentalista de la didáctica, el foco en los objetivos
instaló una supuesta racionalidad técnica y científica que vertebró la producción
curricular en la década de 1960, y cuya máxima expresión fue el modelo por
objetivos (Cols, 2015b). B. Bloom y colaboradores establecieron una taxonomía
para el dominio cognitivo de los aprendizajes esperados en grados de complejidad
creciente, en el marco de una “pedagogía por objetivos” (Cols, 2015b,
p. 85). Ocho años más tarde, los autores publicaron el segundo volumen del
manual (Handbook), esta vez, dedicado al dominio afectivo (Krathwohl et al.,
1964), si bien nunca se concretó el volumen destinado al dominio psicomotor.
En la versión original (Krathwohl et al., 1964), la jerarquía de objetivos afectivos
era, en orden creciente: tomar conciencia de un fenómeno (atención selectiva),
responder activamente al mismo (p. ej. motivación por responder), valoración
(desde la aceptación al compromiso), organización (contrastación y resolución
de conflictos entre valores) y representación/caracterización (internalización de
un sistema de valores que conlleva a un comportamiento consistente y predecible).
Díaz Barriga (2015) critica que estas producciones tensaron las relaciones
pedagógicas al pensar que podían separarse los dominios afectivo, cognitivo y
psicomotor, lo que impactó tanto en reformas curriculares como en procesos de
acreditación áulicos. De hecho, el mismo Bloom y sus colegas reconocieron que
era difícil pensar en el dominio afectivo de forma aislada del cognitivo.
Una revisión y reestructuración de la jerarquía cognitiva, realizada más recientemente por parte de los mismos autores (Anderson et al., 2001; Krathwohl, 2002), permitió un abordaje relacional en dos dimensiones simultáneas: conocimiento (fáctico, conceptual, procedimental y metacognitivo) y procesos cognitivos (recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear) (Krathwohl, 2002). Sin adscribir al modelo de pedagogía por objetivos o pretender generar preceptos aplicables a cualquier situación didáctica, en la figura 4 hemos reorganizado estas dos dimensiones en función de la progresión creciente desde recordar a crear (dimensión procesos cognitivos, 1 a 19) y desde el conocimiento fáctico a metacognitivo (‘a’ a ‘k’), ya que creemos que representa un aporte a la formación del profesorado como ayuda para orientar la formulación de objetivos. Con este mismo fin, organizamos algunos ejemplos de estas dos dimensiones en la figura 5. Si además consideramos en la dimensión conocimiento a los sistemas o epistemes desarrollados en el apartado de los contenidos (cae y cet, por ejemplo), estamos integrando los principios de la complejidad para la perspectiva culturalmente sensible, cuya configuración también podría representarse por un cubo con una zona de interacción al centro de los ejes x (procesos cognitivos), y (conocimientos académicos, cae), z (conocimientos tradicionales, cet).
Figura 4. Taxonomía revisada de objetivos según las dimensiones de los procesos cognitivos y los conocimientos involucrados
![[Uncaptioned image]](https://revistas.upn.edu.co/index.php/TED/article/download/18734/version/22404/14524/80663/fig4a559.png)
Fuente: elaboración propia a partir de Krathwohl (2002).
Figura 5. Ejemplos de la redacción de objetivos para los procesos cognitivos (en orden creciente) y conocimiento académico de la figura 4
![[Uncaptioned image]](fig5a559.png)
Fuente: elaboración propia.
14 La complejidad y el foco en el campo afectivo: valores, actitudes y emociones
Zembylas (2019) reconoce el giro afectivo en el campo de las ciencias sociales
y de la educación y, en particular, en la educación en ciencias, gracias al alejamiento
de la dicotomía razón-emoción (cuyo origen se remonta a los pensadores
griegos a la doctrina positivista) y al reconocimiento de los aspectos sociales en
la afectividad. Según diversos autores, la afectividad incluye emociones, motivaciones,
actitudes, sentimientos y valores de distinta índole (Díaz Barriga, 2015;
Koballa y Glynn, 2007; Mellado et al., 2014; Seel, 2012). En el campo de la
educación en ciencias, categorías sobre la afectividad como las actitudes fueron
fuertemente investigadas en los años 70s y 80s, pero su estudio fue perdiendo
estatus (Koballa y Glynn, 2007) para dar paso, más recientemente, al renovado
interés que suscitan las emociones (Mellado et al., 2014).
En este contexto, las actitudes representan el grado en que a una persona le
gusta o disgusta un objeto, situación o persona, e integran componentes tanto
cognitivos, como afectivos y conductuales (Seel, 2012) (figura 6). Su dimensión
cognitiva refiere a las creencias personales sobre el destinatario de la actitud
(como, por ejemplo, expresiones verbalizables como “la ciencia es divertida”, “el
uso de animales en laboratorio debería prohibirse”), mientras que lo afectivo se
expresa como sentimientos (experiencia subjetiva de una emoción) y emociones
(por el momento, diremos que son reacciones fisiológicas) que genera el objeto
de la actitud (p. ej. aburrimiento expresado por una postura corporal determinada).
Entre tanto, el componente conductual se caracteriza básicamente por la tendencia a la acción (Koballa y Glynn, 2007;
Seel, 2012).
En la didáctica de las ciencias se ha consolidado una clasificación de las actitudes en científicas, que surgen del estilo de pensar y actuar de las y los científicas/os en prácticas investigativas, y hacia las ciencias, dadas por acciones, personas, situaciones o ideas implicados en el aprendizaje (Koballa y Glynn, 2007). Algunas actitudes científicas son, por ejemplo, la racionalidad, la curiosidad, la imparcialidad, el pensamiento crítico, la honradez, la objetividad, la humildad, el escepticismo o la creatividad.
Figura 6. Representación de los componentes y las relaciones entre emociones, actitudes y sistemas de valores
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Fuente: elaboración propia.
Retomando el campo emocional, de acuerdo
con Gläser-Zikuda (2012), las emociones
son construcciones multidimensionales que
pueden definirse como un sistema de procesos
de interacción entre distintos componentes:
afectivo (sentimiento subjetivo experimentado),
cognitivo (pensamientos, logros y expectativas),
expresivo (imitaciones, gestos), motivacional
(tendencias de acción) y fisiológico (p. ej., frecuencia
cardíaca). Mellado et al. (2014), en
una recopilación del papel de las emociones
en la didáctica de las ciencias, reconocen que
los “estados emocionales positivos [como la
alegría, el orgullo, la gratitud] favorecen el
aprendizaje de las ciencias y el compromiso
de los estudiantes como aprendices activos,
mientras que los negativos [miedo, culpa, etc.]
limitan la capacidad de aprender” (p. 13).
Si ahora ampliamos la escala de análisis, Seel (2012) reconoce que, desde
la psicología social, las actitudes se organizan en estructuras consistentes y coherentes
que constituyen sistemas de valores (como la equidad, la justicia, y el
cuidado y conservación del ambiente y del patrimonio biocultural), que son más
persistentes y amplios que las actitudes. Estos sistemas, también denominados
ideologías, entrelazan un conjunto de creencias, opiniones y puntos de vista fuertemente
conectados, que se justifican en instituciones y grupos particulares. A su
vez, Corrigan (2015) se pregunta cuáles son las oportunidades reales para que
las y los estudiantes se apropien de la curiosidad, la parsimonia y el escepticismo,
por ejemplo, entre otros valores centrales para la ciencia. Irzik (2015) agrega
que el entendimiento de la ciencia como una actividad social con valores no ha
sido fácil a lo largo de la historia, ni lo es en épocas de desinfodemia, posverdad
y negacionismo científico (Cassiani et al., 2022). En este sentido, estamos
convencidos de que tanto los valores epistémicos como los no epistémicos (como
la integridad, honestidad, libertad de investigación, respeto) de la ciencia han
de contribuir a la formación de una ciudadanía crítica.
En clave política, Zembylas (2019) aboga por que la política de las emociones ponga el foco en la conexión entre la afectividad, los cuerpos y el poder, “con lo que adquiere significado analizar y cuestionar las normas culturales e históricas sobre las emociones, dependiendo de qué emociones se trate, cómo se expresan, quién logra expresarlas y bajo qué circunstancias” (p. 22). En la práctica, el autor señala que esto implica habilitar el espacio para rechazar el deseo de empoderarse de regímenes de conocimiento particulares, como el científico, que ha sido el hegemónico, al menos como un valor incuestionable.
15 Ejemplos de objetivos para una integración cognitiva y afectiva
Si para el componente de los contenidos expresados en los objetivos (expectativas
de logro de las y los estudiantes) nos mantenemos dentro de un sistema de conocimiento
académico, aunque no necesariamente, un ejemplo que puede vincular
la comprensión de un concepto con la tendencia a su movilización por medio de
motivaciones y comportamientos específicos es (i) “Diseñar e implementar una
campaña de concienciación de la protección de las especies amenazadas de
extinción de nuestra región, promoviendo una mirada positiva del cuidado y de
la transformación social”. Creemos que en este caso se ponen en juego conceptualizaciones
de la biodiversidad y las clasificaciones de especies amenazadas
(conocimientos ‘c’ y ‘e’, figura 4) con una demanda cognitiva de alto nivel, como
la “creación” (figura 4), a la vez que se movilizan, entre otros: valores de cuidado
y conservación, creencias asociadas a los organismos involucrados y al rol de las
personas en las amenazas de extinción, emociones experimentadas y buscadas
para activar sentimientos, pensamientos y representaciones de conservación que
promuevan tendencias a la revisión y modificación de comportamientos individuales
y colectivos. Si ahora buscamos aproximarnos a la zona de interacción entre cae y cet, podríamos incluir, por ejemplo, el análisis
sobre cómo las actitudes y representaciones de
las personas con las especies animales y vegetales
están asociadas a las culturas (Bermudez
et al., 2021).
En otros dos ejemplos similares, podemos además activar el conocimiento metacognitivo de las y los estudiantes (i-k, figura 4) al (ii) “Valorar la conservación del medio ambiente y del patrimonio biocultural, promoviendo acciones de cuidado y visualizaciones de las relaciones naturaleza-cultura” y (iii) “Valorar el conocimiento ecológico tradicional de nuestras comunidades a través de la búsqueda de intercambios con los conocimientos escolares ecológicos”. En estos dos casos se explicitan las interrelaciones entre epistemes diferentes, tal como señalaba la figura 3 sobre los contenidos para una demanda de aprendizaje extendido (amplitud 3) anclada en la zona de interacción entre cet y cae. Es decir, un contenido específico para los objetivos ‘ii’ y ‘iii’ se materializa coherentemente en los puentes de conocimiento entre los sistemas y prácticas de cultivo.
16 Consideraciones finales
En este artículo, propusimos enriquecer los
diseños didácticos del profesorado, anclados
en la formulación de contenidos y objetivos de
las unidades didácticas, con los principios de la
complejidad de E. Morin. Por un lado, desde
la perspectiva de una enseñanza culturalmente
sensible, entender el proceso educativo como
un espacio de diálogo interepistémico e interontológico
(Robles-Piñeros et al., 2021) conlleva
a asumir compromisos a la hora de diseñar
unidades didácticas. Algunos de ellos pretenden
superar obstáculos de la enseñanza intercultural
buscada, tales como la simple comparación, la
búsqueda de validación de los conocimientos
tradicionales en los científicos (en detrimento del
cet, generalmente), y la reducción del abordaje
de los primeros al diagnóstico de las concepciones
alternativas de las y los estudiantes. Así,
coincidimos con Franco y Ramírez (2016) en
los criterios que definen para el desarrollo de
materiales educativos que promuevan el diálogo
científico intercultural, principalmente, el
reconocimiento del estudiantado y profesorado
como sujetos de conocimientos, del carácter
comunitario de los conocimientos tradicionales,
y de la necesidad de promover el diálogo entre
valores epistémicos y no epistémicos de cada
sistema de conocimiento.
Además, aun dentro de cada sistema de conocimiento, la triple dimensionalidad de los contenidos (amplitud, extensión y demanda cognoscitiva) puede facilitar al profesorado la delimitación de contenidos para una enseñanza de las ciencias superadora de aproximaciones memorísticas, con bajas demandas cognitivas, con sobrecarga de temas y con una extensión abrumadora. La experiencia docente nos informa que la definición de contenidos de un rango acotado pero relevante, extendidos principalmente sobre conceptos, principios y modelos (por sobre hechos y datos) y en función de la activación de procesos mentales desafiantes y propios de la ciencia (por sobre el unir con flechas, por ejemplo), representa en sí mismo un obstáculo a superarse en la formación inicial del profesorado. Por último, la búsqueda de la superación de las visiones dicotómicas de la razón y afectividad requiere del profesorado aproximaciones explícitas para integrar valores, actitudes y emociones en los sistemas de conocimiento, tanto en sus diseños didácticos como en las prácticas de enseñanza.
17 Agradecimientos
A CONICET, SECyT y al FCEFYN de la Universidad de Córdoba, Argentina, por la financiación.
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