Pensamiento palabra y obra
2011-804X
Facultad de Bellas Artes Universidad Pedagógica Nacional
https://doi.org/10.17227/ppo.num33-22306

Recibido: 31 de marzo de 2024; Aceptado: 4 de noviembre de 2025

Miradas íntimas desde la casa de la infancia y el óxido de sus rejas Relatos de arraigo en el desarraigo


Intimate Views from the Childhood Home and the Rust of Its Bars: Stories of Rootedness in Uprooting


Olhares íntimos da casa da infância e o óxido de suas grades: relatos de enraizamento na desagregação

C. Cadavid-Valderrama, 1 R. Suñé Domènech, 2

Doctor en Ciencias de la Educación, Universidad de San Buenaventura Medellín. Colombia. cesarcadavidv@gmail.com Universidad de San Buenaventura Universidad de San Buenaventura Medellín Colombia
Doctora en Humanidades, Universidad Pompeu Fabra. Profesora, Universidad de San Buenaventura de Medellín. Colombia y de la Universidad de Antioquia. maria.sune@udea.edu.co Universidad de San Buenaventura Universidad de San Buenaventura Medellín Colombia

Resumen

Este artículo indaga en la relación entre la mirada, la memoria y el arraigo a través del análisis de la fotografía de la casa de la infancia en Tarazá, Antioquia, y su vínculo con el desarraigo experimentado en Medellín. A partir del Modo de Hacer Poblar la Mirada desde la investigación-creación, se han desarrollado acciones concretas como la captura fotográfica de la casa, la identificación de los regímenes de inclusión y exclusión de la mirada, la escritura de una carta desde la voz del óxido de las rejas de la casa y la reflexión sobre cómo estos gestos resignifican el arraigo y el desarraigo. Este artículo aborda cómo nuestras trayectorias personales y colectivas configuran nuestra percepción del mundo, moldean nuestra identidad y nuestra manera de mirar el presente y el futuro. Se sostiene, entonces, que la mirada, más que un acto de ver, es una forma de interpretar y habitar el mundo, pues no es un acto inocente, sino un gesto que selecciona, une y excluye, moldeando la memoria. De este modo, a partir de la investigación-creación en torno a la casa la infancia, se revela que mirar y caminar son gestos fundacionales de identidad, trazos de un arraigo que persiste aún en la distancia. ¿Cómo transforma nuestra mirada el pasado y el presente? ¿De qué manera nos permite reencontrarnos con nuestras raíces y resignificar quiénes somos? Esta reflexión invita a sumergirse en la complejidad del desarraigo y en interrogar la mirada como un lugar de encuentro con el pasado y de resignificación de nuestra identidad en el presente.

Palabras clave:

mirada, caminar, arraigo, casa, desarraigo, óxido.

Abstract

This article explores the relationship between gaze, memory, and rootedness through the analysis of photographs of the childhood home in Tarazá, Antioquia, and its connection to the experience of uprootedness in Medellín. Based on the Mode of Making the Gaze Populate within research-creation, concrete actions have been developed, such as the photographic capture of the house, the identification of regimes of inclusion and exclusion within the gaze, the writing of a letter from the voice of the house’s rusted bars, and the reflection on how these gestures resignify rootedness and uprootedness. This article examines how our personal and collective trajectories shape our perception of the world, mold our identity, and influence how we see the present and the future. It argues that the gaze is more than an act of seeing; it is a way of interpreting and inhabiting the world—an intentional gesture that selects, connects, and excludes, shaping memory itself. Through research-creation centered on the childhood home, this study reveals that looking and walking are foundational gestures of identity, traces of a rootedness that endures despite distance. How does our gaze transform the past and the present? In what ways does it allow us to reconnect with our roots and resignify who we are? This reflection invites an exploration of the complexities of uprootedness and an interrogation of the gaze as a site of encounter with the past and a means of reconfiguring identity in the present.

Keywords:

gaze, walk, rootedness, house, uprooting, rust.

Resumo

Este artigo investiga a relação entre o olhar, a memória e o enraizamento por meio da análise de fotografias da casa de infância em Tarazá, Antioquia, e sua conexão com a experiência de desenraizamento em Medellín. A partir do Modo de Fazer Habitar o Olhar dentro da pesquisa-criação, foram desenvolvidas ações concretas, como a captura fotográfica da casa, a identificação dos regimes de inclusão e exclusão no olhar, a escrita de uma carta a partir da voz do óxido das grades da casa e a reflexão sobre como esses gestos ressignificam o enraizamento e o desenraizamento. Este artigo examina como nossas trajetórias pessoais e coletivas moldam nossa percepção do mundo, configuram nossa identidade e influenciam a forma como olhamos para o presente e o futuro. Argumenta-se que o olhar é mais do que um ato de ver; é uma forma de interpretar e habitar o mundo—um gesto intencional que seleciona, conecta e exclui, moldando a própria memória. Por meio da pesquisa-criação centrada na casa de infância, este estudo revela que olhar e caminhar são gestos fundacionais de identidade, traços de um enraizamento que persiste apesar da distância. Como nosso olhar transforma o passado e o presente? De que maneira ele nos permite reconectar com nossas raízes e ressignificar quem somos? Esta reflexão convida a explorar as complexidades do desenraizamento e a interrogar o olhar como um lugar de encontro com o passado e de reconfiguração da identidade no presente.

Palavras-chave:

olhar, andar, enraizamento, casa, desenraizamento, ferrugem.

Introducción a los pasos que miran: narrativas de arraigo y desarraigo que se tejen en el caminar por nuestra tierra

Caminar en Colombia es más que desplazarse; es trazar historias de búsqueda y tránsito. Cada paso, en el campo o la ciudad, teje relatos de aspiraciones, pérdidas, enraizamientos y desarraigos. Los paisajes que recorremos —las montañas de Antioquia marcadas por el desplazamiento, las selvas del Chocó que ofrecen refugio, las llanuras de los Llanos testigos de migraciones y las playas del Caribe escenario de nuevas búsquedas— nos invitan a reflexionar sobre cómo nos movemos y percibimos el mundo. Para mí, caminar es un acto significativo. En cada recorrido, observo la vida del entorno: el susurro del viento, el vaivén de las hojas. Estos momentos de conexión con lo natural y lo urbano me llevan a cuestionar cómo el movimiento, tanto propio como ajeno, moldea nuestra percepción y emociones. Así, el caminar me ha llevado a explorar la mirada no solo como acto de ver, sino como forma de interpretar y habitar el mundo. Zambrano (1986) afirma que “es en el transcurrir del tiempo, más que en su simple pasar, donde se muestra y hace sentir, donde Cronos da de sí” (p. 16). Caminar, entonces, es una manera de experimentar el tiempo y el espacio de forma plena, permitiéndonos reflexionar sobre nuestra existencia y la manera en que nos relacionamos con el mundo.

Por esta razón, la mirada, entendida no solo como la acción de ver, sino como una forma de interpretar y estar en el mundo, se convierte en la idea central de esta reflexión. El presente artículo se centra en cómo abordar estos pasos y miradas íntimas en clave latinoamericana para reflexionar sobre nuestra propia historia, nuestras experiencias de vida y nuestros sistemas de valores, y, por ende, nos invita a pensar en la manera en que se ha configurado nuestra mirada para observar el mundo que está intrínsecamente vinculada a nuestras trayectorias personales y colectivas, cómo estas trayectorias influencian y son influenciadas por nuestros sistemas de representación y valores, e incluso por la posición de poder que ha llevado a ubicar a América Latina desde la idea del Sur. ¿Cómo podemos desentrañar las complejas narrativas de arraigo y desarraigo que se tejen en cada paso que damos en nuestra tierra?, ¿de qué manera nuestros recuerdos y experiencias moldean nuestra mirada hacia el presente y el futuro?, ¿cómo nuestras trayectorias personales y colectivas en América Latina continúan configurando nuestra identidad y percepción del mundo?

Después de años de ser apartado de allí, las anteriores preguntas me llevan a considerar que cada trayecto recorrido me aleja físicamente del pueblo de mi infancia, pero al mismo tiempo, me acerca introspectivamente a través de los recuerdos, me confiere una mirada más íntima. Mi transición del municipio de Tarazá, en el Bajo Cauca antioqueño, a la ciudad de Medellín no solo representó un cambio geográfico, sino también una transformación en mi manera de mirar y comprender el entorno. En este sentido, cada paso que doy me conecta con la casa de mi infancia, un lugar lleno de significados y memorias, ahora bajo el cuidado mío y de mi hermano. Sin embargo, la premura de la vida en la ciudad ha generado un desarraigo de ese lugar, aunque los recuerdos de nuestra madre allí permanecen vívidos. Heidegger (1956) sugiere que “no habitamos porque hemos construido, sino que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos” (p. 3), subrayando la importancia del habitar como un acto creativo y reflexivo.

En este sentido, a través de este texto me arraigo nuevamente la casa de mi niñez habitándola nuevamente desde mi presente, desde mi mirada íntima. En este marco, la casa donde pasé los primeros años de vida en mi pueblo natal se convierte en un símbolo poderoso de la tensión entre lo visible y lo invisible, lo recordado y lo olvidado. Esta casa, ahora casi desconocida para mí, y ubicada en este pueblo en donde pocos de mis conocidos permanecen, encarna el desarraigo y la pérdida, reflejando la complejidad de nuestras relaciones con los espacios que alguna vez habitamos. Invocando la noción de Heidegger (1956) sobre el “sendero del pensar” (p. 8), reflexiono sobre su vínculo con mi exploración de la mirada. Heidegger nos muestra el pensamiento como un recorrido ligado al espacio que habitamos, revelando múltiples caminos posibles. Así, el acto de mirar no es pasivo, sino un modo de habitar el mundo, donde observador y observado dialogan constantemente, convirtiendo la mirada en una narración que trae la experiencia a la presencia.

Este análisis de la mirada, en el contexto de mi experiencia personal y la historia de mi familia, se relaciona directamente con las narrativas de desarraigo y reencuentro, de pérdida y memoria, tan presentes en la historia de América Latina. A través de este enfoque, se intenta comprender cómo la mirada puede actuar como un medio para relatar y transformar nuestras experiencias, conectando lo personal con lo colectivo. Así, como nos recuerda Zambrano (1986) “es en el transcurrir del tiempo, más que en su simple pasar, más que en sus pasos, donde se muestra y hace sentir, donde Cronos da de sí” (p. 16). Caminar la mirada ha sido, para mí, una forma de habitar el tiempo y el espacio con mayor plenitud. No para fijar sentidos, sino para abrir preguntas sobre lo que vemos, lo que omitimos, lo que nos constituye. Aquí, el trabajo con autores y autoras me permitió establecer un diálogo entre experiencia y pensamiento, entre lo vivido y lo conceptual. Desplegué ideas, tensé significados y evidencié los pliegues de mi mirada. Este movimiento de reflexión no pretende cerrar el sentido, sino más bien abrirlo, generando nuevas preguntas sobre el mirar, el habitar, el recordar y el arraigar

De este modo, el concepto de arraigo no es simplemente algo que pueda ser observado externamente en un ser, sino más bien una noción ontológica que nos invita a explorar una variedad de preguntas y vivencias íntimas relacionadas con lo que podríamos denominar los cimientos de nuestra condición humana. De este modo, podríamos describir el vivir arraigados cuando encontramos protección y atención, fomentando un sentido de cuidado hacia uno mismo y hacia el entorno circundante. No obstante, parece que la historia del pensamiento filosófico ha dedicado menos atención a esta cuestión, prefiriendo debatir sobre conceptos abstractos más amplios en lugar de enfocarse en la vida concreta y en la experiencia de la intimidad y del arraigo.

En este sentido, Esquirol (2015), en su propuesta de una filosofía de la proximidad, emerge como un autor contemporáneo sumamente sugerente para reflexionar sobre el cuidado, la cercanía, lo cotidiano y lo que nos envuelve, aspectos todos ellos que están intrínsecamente ligados al concepto de arraigo. Como dice Esquirol, a lo largo de la historia del pensamiento occidental, los metafísicos han prestado poca atención a los no especialistas. Si se les propusiera reflexionar sobre la frase «“El tejado deja pasar la tormenta y protege a quienes se refugian bajo él”, quizá exclamarían: “¿Y qué tiene que ver esto con la metafísica?”. En su afán por lo permanente, han ignorado la idea de cobijo” (Esquirol, 2015, p. 47). Siguiendo lo expuesto, podríamos afirmar que la rutina diaria y la búsqueda de continuidad representan el arraigo, lo íntimo, lo cercano y lo familiar, aquello que proporciona una sensación de seguridad ontológica a las personas, mientras que la separación y la discontinuidad serían características del desarraigo.

En este sentido, la carta del óxido de las rejas, dirigida a mi hermano y a mí, expresa una voz poética y sentimental que clama por el arraigo y la resistencia al olvido. Este elemento narrativo permite que la voz del óxido se manifieste y dialogue con recuerdos y emociones, lo que me hace preguntar ¿Cómo se conforman nuestras miradas y qué implicaciones tiene esto en nuestra percepción del pasado y del presente, en nuestro arraigo y desarraigo? Debo aclarar, además, que el abordaje de esta fotografía y la carta no es meramente un ejercicio estético, sino una exploración significativa de cómo nuestras miradas están configuradas por nuestras experiencias y contextos. Mi investigación se centra en entender cómo la mirada se configura y condiciona, y cómo puede ser problematizada y transformada. A través de este estudio, propongo una reflexión crítica sobre nuestras prácticas visuales y su impacto en nuestra relación con el mundo, invitando a una reconfiguración de nuestras percepciones hacia una mayor inclusión y profundidad en nuestra interacción con nuestro entorno.

Poblar la mirada: camino metódico desde la investigación creación

En mi investigación doctoral, del que este texto se despliega como un artículo de reflexión, me interesé por prestar atención a la mirada, partiendo de que, como subraya Benítez (2019), es un aprendizaje con dimensiones históricas, socioculturales y subjetivas, que configuran nuestro modo de ver y de interactuar con el mundo en el que operan regímenes de inclusión y exclusión que delimitan lo que es digno o no de ser visto. El camino metódico de esta investigación parte de la investigación-creación entendida como un modo de existencia que se expresa en sí mismo a través de la activación del pensamiento en movimiento. Así lo sugiere Manning (2019), cuando señala que toda creación provoca desplazamientos del pensamiento, no como consecuencia externa, sino como parte intrínseca del proceso de crear. Esta forma de investigar se distancia de los métodos tradicionales al no separar mi experiencia como investigador del fenómeno que estudio, lo que me permite un involucramiento total en la pregunta, en la intuición, en la intuición del mundo. Como lo expresa Gómez (2023), desde las artes también se plantean problemas, pero estos se piensan de manera encarnada, implicando que el mismo proceso creativo exige la invención de sus propios cómo, porque son los modos de hacer los que dan cuenta de la problemática abordada. Esta aproximación metódica da valor a las transformaciones que experimento en el proceso, como sugiere Daza (2009), al afirmar que en la investigación-creación, lo esencial no es únicamente la obra final, sino los sucesos que acontecen en el tránsito de la creación, las huellas que deja en quien investiga, y los modos en que esas marcas se enlazan con el mundo que habita.

Desde esta perspectiva, desarrollé un modo de hacer que llamé Poblar la mirada, un proceso compuesto por tres momentos sucesivos y entrelazados que me permitieron recorrer las regiones de mi propia mirada: la histórica, la sociocultural y la subjetiva. Parto de la idea de que mirar no es un acto pasivo, sino una práctica situada y política. Nicastro (2006) lo expresa con claridad al señalar que hay detalles del mundo que no buscamos, pero que nos encuentran, emergen y nos interpelan. Así, cada mirada es también un encuentro, una configuración en un tiempo y un cuerpo específico. Como plantea Moreno (2018), el cuerpo se convierte en el centro productor del discurso artístico, el espacio donde se inscriben la experiencia y la presencia, y donde lo visible y lo invisible se cruzan.

El primer momento, denominado Ojo-lente: lo que mira y lo que se escapa, estuvo marcado por la toma de fotografías de la casa de mi infancia en Tarazá. Más allá de un simple registro visual, el acto de fotografiar implicó una serie de operaciones sensibles: mirar, elegir, encuadrar y, sobre todo, dejar fuera. En ese ejercicio comprendí que la imagen nunca es neutra, que todo lo que aparece está condicionado por múltiples capas de sentido. Di Bastiano (2017) señala que lo que sucede frente a la cámara revela las condiciones técnicas y simbólicas de su producción, pues toda imagen lleva impresa una intención y un contexto. Al revisar mis fotografías, advertí los regímenes de inclusión y exclusión que operaban en mi mirada. Siguiendo a Nicastro (2006), mientras dirijo mis ojos hacia ciertos objetos, hay otros que vienen hacia mí, que emergen como si buscaran ser vistos. En la imagen, la casa y su estructura quedaron incluidos como signos de arraigo; en contraste, el óxido de las rejas fue relegado, excluido como símbolo del abandono y el paso del tiempo.

Ese mismo óxido, sin embargo, reclamó su presencia. Así surgió el segundo momento, denominado Cartas de aparición: cuando los objetos toman la palabra, en el que realicé una operación poética y performativa: escribir una carta desde su voz. Escoger ese elemento, darle palabra, fue un gesto que se inscribe en la línea que propone Manning (2019), al concebir la investigación-creación como una forma de activar el pensamiento hacia otros mundos posibles. En este desplazamiento simbólico, el óxido dejó de ser solo un residuo para convertirse en un interlocutor, en una grieta en la estructura de mi mirada. Al escribir desde él, emergieron los discursos y emociones que atraviesan mi subjetividad: el abandono, la culpa, la nostalgia, el deseo de retorno. En ese juego de inversión, donde lo excluido adquiere agencia, mi mirada normativa —aquella que ordena lo visible bajo una lógica racional— se desestabilizó. La carta se volvió un medio para encarnar la experiencia, en sintonía con Moreno (2018), quien concibe el cuerpo como un territorio de producción discursiva, un espacio donde se inscriben las memorias y los afectos.

El tercer momento, Plegado-desplegado: pensamiento en tensión, consistió en un ejercicio de reflexión teórica sobre el proceso. No se trató de una simple interpretación de lo vivido, sino de un esfuerzo por desplegar, como sugiere Manning (2019), los mundos posibles que se abren con cada gesto creativo. Trazar una cartografía crítica de mis formas de mirar implicó un diálogo entre experiencia y teoría, entre lo vivido y lo conceptual. Benítez (2019) plantea que la mirada no es un territorio fijo, sino un pliegue en constante tensión. Así, más que llegar a una conclusión cerrada, este recorrido me llevó a evidenciar los desplazamientos y fracturas de mi propia forma de mirar.

La Configuración de la mirada por los dioses y la colonización

Galeano (2013) nos introduce al concepto de la mirada no solo como una capacidad física, sino como una dádiva celestial, enseñada por los dioses. Al decir que “Y entonces los dioses que nacieron el mundo (...) ya les explicaron (...) qué cosa era mirar” (p. 1), Galeano detalla el aprendizaje de mirar, elevando este acto a un plano espiritual y existencial. La mirada se convierte en una herramienta para descubrir la esencia de nuestro entorno y de los otros seres que lo habitan. Así, se nos invita a considerarla como un puente que conecta individuos y mundos, permitiendo una comprensión y empatía que trasciende las barreras visibles.

La enseñanza divina de la mirada, que habilita a los seres humanos a “mirar adentro del otro y ver lo que siente su corazón” (Galeano, 2013, p. 1), sugiere una forma de interacción basada en el reconocimiento mutuo y la valoración de la diversidad interna de cada ser. Este concepto de mirada, imbuido de una capacidad para percibir más allá de lo superficial, plantea una pregunta crítica sobre los encuentros históricos, particularmente el de los pobladores originarios de América con los colonizadores europeos. ¿Qué habría sucedido si esta forma empática de mirar se hubiera mantenido o incluso compartido durante la colonización? La posibilidad de que la mirada sirviera como un instrumento de entendimiento mutuo y respeto, en lugar de ser un medio para ejercer control y subyugación, abre un espacio para reflexionar sobre las oportunidades perdidas de conexión y reconocimiento entre culturas.

Sin embargo, la realidad histórica muestra que, a pesar de la nobleza inherente a este don divino de la mirada, la interacción entre ambos pueblos se desvió hacia la dominación y el sometimiento. La capacidad de “mirar adentro del otro” (Galeano, 2013, p. 1) se encontró eclipsada por las intenciones de conquista, donde la mirada fue utilizada para evaluar, categorizar y, finalmente, dominar y someter. Esto nos lleva a cuestionar cómo las prácticas y las intenciones detrás de la mirada pueden ser moldeadas por el contexto cultural, los objetivos y las dinámicas de poder. ¿Podría haber sido diferente si la enseñanza de los dioses sobre la mirada hubiera sido comprendida y abrazada por ambos pueblos durante su encuentro?

La llegada de los colonizadores europeos a lo que hoy se conoce como América transformó radicalmente las percepciones y miradas de los pueblos originarios. Al respecto, Esquirol (2015) nos invita a reflexionar sobre la era de los cartógrafos y los exploradores europeos, describiendo cómo estos hombres contemplaban “un paisaje virgen” (p. 19) repleto de posibilidades y misterios. Sin embargo, la mirada inicial de asombro y curiosidad rápidamente se transformó en una de posesión y explotación. La metáfora del cartógrafo sirve para entender cómo la mirada, en el contexto de la colonización, pasó de ser una herramienta de descubrimiento a un instrumento de dominación.

Los exploradores europeos, y posteriormente los conquistadores en América, se veían a sí mismos en el umbral de un mundo nuevo, listo para ser catalogado y poseído. La lógica de la conquista, basada en la evaluación y explotación de recursos, alteró la percepción inicial de maravilla y asombro. Este proceso de mirar, descubrir y finalmente dominar plantea interrogantes sobre la naturaleza de la exploración y la conquista. ¿Fueron capaces realmente de apreciar la sofisticación y la profundidad de las culturas precolombinas, o su mirada estaba ya condicionada por un marco de entendimiento que los llevaba a catalogar y subyugar lo que veían?

La implicación de Esquirol (2015) sugiere que, más allá del asombro inicial, la lógica de la conquista se impuso, transformando la mirada de descubrimiento en una herramienta de dominación, donde lo virgen (p. 19) se convertía en sinónimo de lo conquistable y esta transición evidencia una dinámica de poder intrínseca en el acto de mirar cuando se entrelaza con la intención de conquistar. ¿Podría haber sido diferente la historia si la mirada de los colonizadores hubiera permanecido en el asombro y el respeto, en lugar de involucionar hacia la codicia y el deseo de dominio?

Por su parte, León Portilla (2003) nos sumerge en el mundo precolombino, justo en el momento en que Moctezuma Xocoyotzin y su pueblo se enfrentan a una incertidumbre abrumadora. La descripción de los españoles como “torres o cerros pequeños que venían flotando por encima del mar” (p. 30) no solo captura la magnitud de lo desconocido que se cernía sobre ellos, sino que también resalta la tensión entre la anticipación de lo divino y la cruda realidad de lo humano. Esta dicotomía entre lo esperado y lo encontrado pone de manifiesto la complejidad de la mirada y la interpretación, donde lo que se ve no siempre coincide con lo que realmente es. La ansiedad de Moctezuma, alimentada por presagios y la expectativa de dioses, refleja una conexión con lo espiritual y lo cosmogónico, un mundo donde la mirada está cargada de significados y presagios.

Sin embargo, la llegada de los españoles marca un punto de inflexión no solo en la historia del territorio conocido como México, sino también en la forma en que los pobladores originarios percibirían a los otros y a sí mismos a partir de aquel momento. La mirada de los conquistadores, lejos de buscar una conexión o un entendimiento mutuo, estaba impregnada de intenciones de dominio y posesión. Esta transformación de la mirada, de una herramienta para la enseñanza y el descubrimiento compartido a una de conquista y explotación, plantea preguntas sobre el impacto de este encuentro en las perspectivas y visiones del mundo de ambos pueblos. ¿Hasta qué punto el choque de estas miradas, una esperando dioses y la otra buscando oro, alteró la trayectoria de la historia y la cultura mexicana?

La confrontación de estas dos visiones del mundo —la de un pueblo que mira al cielo en busca de señales divinas y la de otro que mira a la tierra en busca de riquezas— ofrece un campo fértil para reflexionar sobre las consecuencias de la conquista. Este momento histórico no solo transformó las formas de ver de ambos pueblos, sino que también redefinió las relaciones de poder, la identidad y la cultura en el Nuevo Mundo. La mirada, entonces, se convierte en una metáfora del encuentro entre culturas, una que puede enseñar o poseer, unir o dividir. La reflexión de León Portilla (2003) nos invita a considerar cómo los eventos del pasado irradian nuestra comprensión del presente (p. 30), instándonos a preguntar: ¿Cómo continuamos viendo al otro en el mundo contemporáneo?, ¿con una mirada de enseñanza y entendimiento, o con una de posesión y dominio?

La reflexión sobre la mirada y la colonización, lejos de ser meramente académica, resuena profundamente con mi experiencia personal como investigador colombiano, ofreciendo paralelismos con la historia de colonización en mi propio país. La colonización de Colombia, al igual que la de México, fue marcada por encuentros que transformaron radicalmente las identidades culturales y los paisajes sociales, físicos y espirituales. Al estudiar este proceso a través de la mirada, entendida no solo como un mecanismo para adquirir conocimiento sino también como un espacio donde se libran batallas simbólicas y materiales, podemos empezar a desentrañar cómo estas dinámicas de poder han moldeado las relaciones interculturales hasta nuestros días.

Hoy en día, la globalización, como antes la colonización, moldea nuestra manera de mirar y habitar el mundo. A través de las redes y la explotación de la tierra, impone formas de conquista que fomentan el desarraigo y la devastación. Mi propio desplazamiento de Tarazá a Medellín refleja cómo la promesa de prosperidad está tejida con estas dinámicas de poder. En Colombia, la riqueza natural se convierte en un botín en manos de grandes potencias, mientras nuestra biodiversidad es puesta en riesgo. Esta mirada de control y explotación persiste, disfrazada de progreso. La pregunta es inevitable: ¿cómo transformar nuestra forma de mirar para que, en lugar de dominar, protejamos y nos vinculemos con el mundo? Aprender del pasado nos permite imaginar un futuro donde la mirada no separe, sino que reconcilie, no someta, sino que comprenda.

La travesía de la mirada personal: de Tarazá a Medellín

En el año 2006, dejé atrás el pequeño y acogedor pueblo de Tarazá, un lugar donde cada rincón y persona me eran familiares, para mudarme a la bulliciosa ciudad de Medellín. Esta decisión, tomada por mi madre con la esperanza de brindarnos a mi hermano y a mí mejores oportunidades educativas y laborales, marcó el inicio de un viaje de adaptación y descubrimiento. Significó un nuevo arraigo, pero también la experiencia del desarraigo. En Tarazá, el entorno era conocido y cercano, con un colegio pequeño y amigable al que podía llegar caminando o en moto. La vida transcurría de manera simple y mi familia estaba cerca, proporcionando una sensación de pertenencia y seguridad, de raíces echadas.

La transición a Medellín representó un cambio drástico no solo en términos geográficos, sino también culturales y sociales. En la ciudad, enfrenté la inmensidad de un colegio grande y dinámico, el inem José Félix de Restrepo, donde la rutina diaria incluía rotar de salón en cada cambio de clase, algo completamente desconocido para mí. El primer día de clases fue particularmente desorientador y la falta de familiaridad con el entorno hizo que me equivocara al terminar la jornada, saliendo por una portería diferente para tomar la ruta escolar que nunca llegó. Este choque inicial me hizo consciente de cómo nuestras percepciones y formas de ver el mundo están profundamente influenciadas por nuestro entorno y las experiencias vividas en él.

El proceso de adaptación a la vida urbana no fue sencillo. A diferencia de Tarazá, donde mi casa estaba situada detrás de la alcaldía y todo era de fácil acceso, en Medellín necesitaba aprender a usar el transporte público, algo complejo y desafiante. Las distancias eran mayores y los sistemas de transporte más complicados, por lo que, estaba continuamente desorientado. Además, la dinámica social en el colegio era completamente diferente; mis compañeros vestían de manera distinta, pertenecían a diversas tribus urbanas como reguetoneros y rockeros, y algunos incluso fumaban marihuana, una realidad que no había conocido en Tarazá.

El cambio de Tarazá a Medellín no solo modificó mi entorno físico, sino que también transformó mi manera de ver y entender el mundo. En el pequeño pueblo, mi mirada estaba acostumbrada a la familiaridad y la cercanía de un entorno conocido, donde cada rostro y cada lugar tenía un significado personal e íntimo. La rutina diaria era sencilla y las interacciones sociales eran directas y genuinas, sin las complejidades de la vida urbana. Sin embargo, en Medellín, mi mirada tuvo que adaptarse rápidamente a un entorno mucho más grande y complejo, lleno de desconocidos y de situaciones nuevas.

En Tarazá, la vida era más tranquila —aunque en ocasiones había balaceras— y el tiempo parecía transcurrir a un ritmo más pausado. La naturaleza y la comunidad local eran elementos constantes en mi vida, moldeando una mirada que valoraba la simplicidad y la conexión con el entorno. La cercanía física y emocional con mi familia y amigos en el pueblo me proporcionaba una sensación de seguridad y pertenencia que se reflejaba en mi manera de observar y comprender el mundo. Cada paso en Tarazá era un lazo que me unían con mi hogar y mi comunidad, fortaleciendo una mirada llena de recuerdos y significados personales.

En contraste, la vida en Medellín presentaba un ritmo acelerado y un entorno urbano que desafiaba mi percepción y comprensión del mundo. La necesidad de adaptarme a nuevas dinámicas sociales y culturales, junto con la presión de un entorno desconocido, transformó mi mirada en una herramienta de supervivencia y adaptación. La diversidad de experiencias y personas que encontré en la ciudad amplió mi perspectiva, obligándome a ver más allá de lo conocido y a enfrentar nuevas realidades. Esta transformación en mi manera de mirar y entender el mundo se convirtió en una parte central de mi desarrollo personal y académico, por eso la convertí en el centro de mis investigaciones.

La constante necesidad de adaptarme a nuevas situaciones en Medellín también influyó en mi percepción del tiempo y el espacio. Mientras que en Tarazá los días eran predecibles y los lugares familiares, en la ciudad cada día presentaba nuevos desafíos y oportunidades para aprender y crecer. La mirada, que antes se centraba en la familiaridad y la cercanía, tuvo que expandirse para abarcar la complejidad y la diversidad de la vida urbana. Esto me llevó a integrar las lecciones aprendidas en el pueblo con las nuevas experiencias vividas en la ciudad. Todo esto me condujo a cuestionarme mi mirar.

La fotografía de la casa de infancia

Apenas en 2023 me interesé por plasmar estas reflexiones, surgidas de un proceso de investigación en el que, para problematizar mis regiones de la mirada, necesitaba una fotografía del lugar de donde provenía. No era una imagen del pueblo, sino de la casa donde pasé mi niñez en Tarazá. Tomada en junio de ese año, esta fotografía se convirtió en un puente emocional y visual entre mi pasado y mi presente. Capturada a través de una videollamada con la inquilina actual, muestra una fachada desgastada por el tiempo, donde el óxido en las rejas y la pintura descascarada narran una historia de resistencia y cambio. Aunque modesta, la casa irradia una sensación de historia y permanencia, evocando recuerdos de mi infancia y los momentos compartidos con mi familia. Mirarla es reconocerse en lo que persiste y en lo que se transforma, en la huella de lo que alguna vez fue hogar y en la certeza de que, a pesar de la distancia, el arraigo sigue vivo en la memoria y en la mirada. Es un recordatorio de que no solo habitamos los espacios, sino que ellos también nos habitan y se enraízan en nosotros.

Marcas del tiempo.

Figura 1: Marcas del tiempo.

Nota. La figura muestra mi casa de infancia ubicada en el Municipio de Tarazá Antioquia, se trata de una fotografía propia.

Esta fotografía no solo captura una estructura física, sino que también encapsula un espacio lleno de memorias y significados profundos. La puerta abierta y la ventana con rejas sugieren una invitación a entrar en un mundo de recuerdos y de vida familiar, mientras que la escalera desgastada y la vegetación que rodea la casa añaden capas de vida y naturaleza a la escena. La antena de televisión en el tejado y los detalles de la construcción ofrecen un contraste entre lo moderno y lo tradicional, señalando la conexión de la vivienda con el mundo exterior y su arraigo en una historia anterior.

Al observar esta fotografía, me doy cuenta de cómo los elementos visibles e invisibles de la casa reflejan mi propio proceso de crecimiento y cambio. La estructura de la casa y la ventana que se asoma al mundo evocan recuerdos de mi infancia, de las risas y los sueños que una vez llenaron ese espacio. Me recuerdan los momentos compartidos con mi familia y amigos, las historias contadas y las experiencias vividas en ese espacio. La casa, aunque modesta, irradia una sensación de historia y permanencia, ofreciendo un refugio emocional y un ancla en mis recuerdos. La conexión emocional con estos elementos me permite mantener viva la memoria de mi infancia y las raíces que me unen a Tarazá. Estos elementos, que he incluido en mi régimen de inclusión, me conectan con un pasado que sigue siendo una parte fundamental de mi identidad.

Por otro lado, relegué al régimen de exclusión las rejas oxidadas, que, aunque en su momento me protegieron, ahora reflejan mi ausencia y desconexión física con este lugar. El óxido simboliza el paso del tiempo y la distancia, un recordatorio melancólico de los cambios incesantes y de los capítulos de vida que dejamos atrás. Esta dicotomía entre lo visible y lo invisible, lo recordado y lo olvidado, resalta la complejidad de nuestras relaciones con los lugares que alguna vez llamamos hogar.

A continuación, presento una tabla que detalla los elementos visibles e invisibles que he identificado en la fotografía:

Tabla 1: Regímenes situados en la casa de Tarazá

Fuente: elaboración propia.

Esta tabla muestra cómo los elementos que he elegido incluir o excluir en mi mirada reflejan tanto mi conexión emocional con mi pasado como mi percepción del paso del tiempo y los cambios que han ocurrido. La estructura de la casa y la ventana simbolizan la permanencia y la apertura al mundo, mientras que las rejas oxidadas y el desgaste de la pintura representan la distancia y el desarraigo que siento hacia mi lugar de origen. Esta relación entre lo visible y lo ausente en la imagen se inscribe en lo que Barthes (2009) denomina el punctum fotográfico: aquello que, más allá de la intención del fotógrafo, nos hiere, nos toca de manera íntima y personal. En este caso, lo que persiste en la fotografía —la estructura de la casa y su ventana abierta— resuena como una presencia cálida y familiar, mientras que lo relegado —las rejas oxidadas, la pintura deteriorada— se convierte en el vestigio de una distancia que no es solo espacial, sino afectiva. Asimismo, Sontag (2016) plantea que la fotografía no solo captura un instante, sino que lo transforma en una forma de duelo, una manera de confrontar el paso del tiempo. Así, en mi imagen de la casa de Tarazá, la tensión entre la permanencia y la pérdida se vuelve una metáfora de mi propia relación con el arraigo y la memoria, un recordatorio de cómo la mirada no solo documenta, sino que también construye y resignifica nuestra experiencia del mundo.

El proceso de adaptación a Medellín generó un sentimiento de desarraigo significativo. La diferencia entre el entorno rural de Tarazá y la vida urbana de Medellín no solo afectó mi rutina diaria, sino también mi percepción del mundo y mis interacciones sociales. En Tarazá, la vida era simple y cercana, con un fuerte sentido de comunidad y pertenencia. En cambio, como ya he comentado, en Medellín, la complejidad y el ritmo acelerado de la ciudad presentaron desafíos constantes que pusieron a prueba mi capacidad de adaptación y resiliencia. En el entorno urbano de Medellín, mis compañeros de juegos en el barrio vivían realidades muy diferentes a las que había conocido en Tarazá. Muchos de ellos pasaban gran parte del día solos, ya que sus padres trabajaban largas horas para mantener a sus familias. En contraste, yo estaba acompañado por mi hermano y una prima, y bajo el cuidado de una empleada doméstica, ya que mi madre seguía trabajando en el pueblo para sustentarnos en la ciudad. Esta diferencia en los sistemas de valores y dinámicas familiares resaltó aún más la brecha entre mi vida anterior y mi nueva realidad urbana.

El desarraigo no solo se manifestó en la rutina diaria, sino también en la sensación de desconexión y pérdida de identidad. La casa de mi infancia en Tarazá, aunque físicamente distante, seguía siendo un áncora emocional. Sin embargo, el miedo a regresar debido a las situaciones de conflicto armado en la región aumentaba la complejidad de mi relación con mi hogar de origen. La premura y las demandas de la vida en Medellín, junto con el desarraigo de mi lugar de origen, crearon una tensión constante entre el pasado y el presente, entre la seguridad del hogar y la incertidumbre de la ciudad.

A pesar de estos desafíos, los recuerdos de la casa de mi infancia y de mi madre permanecieron vívidos, proporcionándome una sensación de continuidad y arraigo. Esta conexión emocional con mi pasado me permitió navegar los desafíos de la vida urbana y encontrar un equilibrio entre mis raíces y mi nueva realidad. La fotografía de la casa de mi infancia se convirtió en un símbolo de esta conexión, un recordatorio de mis orígenes y un ancla en mis recuerdos, a pesar de la distancia y los cambios incesantes. La casa es más que un edificio, era donde mi mirada veía mi hogar y mi refugio.

La carta del óxido

De acuerdo con lo anteriormente planteado, desde el Poblar la Mirada como modo de hacer, me di a la tarea de situarme como el óxido para realizar un relato íntimo, eligiendo la escritura de una carta, pues como el óxido de las rejas de esta casa, la carta es una expresión poética del tiempo, el abandono y el anhelo. El óxido es testigo del paso del tiempo, no solo en términos físicos, sino también en las vidas y recuerdos de quienes habitamos allí. Su presencia en las rejas es un recordatorio constante de lo que fue y de lo que ha cambiado.

La carta, dirigida a los hijos de la Amada Beatriz, mi mamá, se trata de un llamado desde el pasado, un eco de los días en que la alegría, el amor y la música llenaban cada rincón de la casa. El óxido, reflexiona sobre el desarraigo de estos hijos -mi hermano y yo-, su distancia y su miedo, y expresas el profundo deseo de verlos regresar a sus raíces, a la casa que una vez fue el centro de su mundo.

Tabla 2: Carta de aparición del óxido de las rejas

Fuente: elaboración propia.

La carta personifica al óxido, transformándolo en un narrador nostálgico que recuerda los días felices y lamenta la ausencia de sus habitantes: “Mis recordados hijos de la Amada Beatriz, entre el susurro de las rejas por mí oxidadas, permítanme que les narre la tristeza que embarga estos barrotes que una vez fueron testigos de su risa inocente” (Carta del Óxido). Este inicio establece un tono melancólico y reflexivo, subrayando la conexión emocional que el óxido, como parte de la casa, tiene con sus antiguos habitantes.

La carta continúa recordando los momentos felices, las risas y las canciones que llenaban la casa, mientras contrasta esos recuerdos con el silencio y el abandono actuales:

Recuerdo los días en que sus risas llenaban de color estas paredes de verde y blanco (...) Pero hoy, en medio del silencio que solo se rompe con el lamento del viento, las risas parecen un eco lejano, perdido en la bruma del olvido. (Carta del Óxido)

Esta descripción poética no solo evoca nostalgia, sino que también resalta el cambio y la transformación que el tiempo ha traído consigo. En el cierre, el óxido expresa su anhelo por el retorno de los hijos, sugiriendo que el verdadero cuidado del hogar va más allá de la mera apariencia física:

Sé que han enviado a otros a custodiar estas paredes (...) pero queridos míos, el verdadero cuidado va más allá de la apariencia física. Está en el regreso, en el abrazo a estas paredes que una vez fueron el escenario de su crecimiento. (Carta del Óxido)

Este llamado al regreso y a la reconexión con el hogar subraya la importancia de enfrentar y reconciliarse con el pasado.

Los pasos recorridos y las raíces oxidadas: memoria y arraigo en el hogar de Tarazá

En esta investigación, la fotografía y la carta del óxido en las rejas de la casa de mi infancia en Tarazá han sido más que simples herramientas: han funcionado como puentes entre la memoria y el presente, entre el hogar y el desarraigo. La imagen de la casa, desgastada por el tiempo, junto con la voz poética del óxido, ha tejido una narrativa en la que lo físico y lo emocional se entrelazan, revelando cómo la mirada se construye desde nuestras experiencias pasadas y presentes. Esa casa, que en otro tiempo fue un refugio lleno de vida bajo el cuidado de mi madre, la Amada Beatriz, ahora es testimonio de abandono y distancia. La carta del óxido de las rejas, dirigida a mi hermano y a mí, evoca la nostalgia y el anhelo de reconexión, recordándonos las conexiones que persisten a pesar del tiempo y la ausencia. Así, la mirada se convierte en un acto de selección y problematización: lo que incluimos y lo que dejamos fuera de nuestra percepción define lo que reconocemos como propio y lo que relegamos al olvido. En este sentido, siguiendo a Foucault (1991) en El interés por la verdad, problematizar no es solo interrogar el mundo, sino desentrañar las condiciones bajo las cuales ciertas verdades se han impuesto, invitándonos a ver más allá de lo aparente.

Desde esta perspectiva, la imagen de la casa y sus rejas oxidadas no es solo un registro visual; es una metáfora de la tensión entre la permanencia y la pérdida. Como sugiere Barthes (2009), toda fotografía tiene un punctum, un detalle que nos hiere, que nos atrapa de manera íntima. En mi caso, lo que permanece en la imagen —la estructura, la ventana abierta— resuena con la sensación de arraigo, mientras que lo que el tiempo ha desgastado —el óxido en las rejas, la pintura desvanecida— habla del desarraigo, de una distancia no solo geográfica, sino afectiva.

El tránsito de Tarazá a Medellín no solo marcó un desplazamiento físico, sino que transformó mi manera de mirar. Acercarme al estudio de la mirada desde autores como Galeano (2013), León Portilla (2003) y Esquirol (2015) ha permitido ampliar esta comprensión. Galeano concibe la mirada como un aprendizaje guiado por entidades espirituales, como un puente entre mundos; León Portilla muestra cómo la llegada de los europeos trastocó radicalmente la percepción de los pueblos originarios; y Esquirol nos recuerda que los conquistadores, al llegar a América, se veían a sí mismos en el umbral de un mundo nuevo, lleno de promesas y misterios. Este recorrido ha sido, al mismo tiempo, un viaje hacia adentro. Esquirol (2015) plantea que la casa no es solo un refugio físico, sino una condición de posibilidad de salida, una noción que resuena profundamente en mi investigación. Incluso en la distancia, el hogar sigue siendo un lugar de retorno emocional y espiritual. La voz del óxido en la carta reafirma la importancia de mantener viva la memoria y el vínculo con nuestros orígenes, un recordatorio de que nuestras raíces, aunque expuestas al tiempo y la intemperie, siguen firmes.

Así, esta reflexión sobre la mirada nos lleva a preguntarnos: ¿qué papel juega en nuestro arraigo en un mundo en constante cambio? Murakami (2022) insiste en la importancia de contar con un “lugar al que poder retroceder” (p. 312), un espacio que trasciende lo material y nos brinda refugio en momentos de incertidumbre. Dostoyevski (2017), por su parte, observa cómo el entorno físico moldea el espíritu humano, mostrando que los espacios no solo nos contienen, sino que nos transforman. La casa en Tarazá, aun con su desgaste, sigue siendo un refugio simbólico, un territorio de resistencia emocional frente al paso del tiempo.

Desde la filosofía, este ensayo se inscribe en la inquietud de indagar, de preguntar por nuestra existencia y la forma en que habitamos el mundo. Weil (2014) nos recuerda que “echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana” (p. 49). No se trata solo de un anhelo de pertenencia, sino de una construcción activa de significados. Heidegger (2014) lo sugiere en Ser y tiempo: habitar es más que ocupar un espacio, es un modo de ser en el mundo. En este sentido, el óxido en las rejas de la casa de Tarazá nos habla, silencioso pero persistente, de la urgencia del arraigo, de la memoria como un anclaje en medio del devenir. Queda, entonces, abierta la pregunta: ¿cómo podemos, a través de la mirada, construir un arraigo que no solo nos vincule a un lugar, sino que nos permita habitarlo plenamente, incluso desde la distancia?