Pedagogías de la insumisión: cavilaciones en lo oscuro

Palabras clave: filosofía de la educación, pedagogías, literaturas, ensayo, ética, política

Resumen

Este texto se compone de exploraciones escriturales con una investigación filosófico-educativa latiendo de fondo. Por un lado, ensayos arborescentes que nuclean reflexiones hiladas, con base en discusiones de retóricas pedagógicas caracterizadas por exhibir componentes tecnicistas desdoblados en la aceptación acrítica de la tecnología considerada “educativa” y en lo naturalizado por los requerimientos del paradigma que se dice soberano de la complejidad. A su vez, la pregunta por la liberación del deseo en el educar conlleva la actitud crítica en el zigzagueo, el vagabundeo y el aireo necesario del pensamiento pedagógico. Por otro lado, cavilaciones diseminadas como fragmentos mínimos que párrafo a párrafo tensan, condensan y descomprimen experiencias formativas entreveradas con literaturas de base y filosofías afines. En el paisaje entramado, emergen pedagogías de la insumisión allí donde las hojas insinúan un abordaje troncal y los picos pegan en el punto de cada cavilar. Lo oscuro puede ser pretexto a desentramar en intersticios que hacen florecer abordajes de sentidos plurales en traducción, escritura en juego, transposición de memorias colectivas, enseñanzas de transgresión, pistas de lo perdido en el transcurso del enigma.

Citas

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Cómo citar
Giuliano, F. (2025). Pedagogías de la insumisión: cavilaciones en lo oscuro. (pensamiento), (palabra). Y Obra, (33), e22161 . https://doi.org/10.17227/ppo.num33-22161

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Recibido: 4 de abril de 2024; Aceptado: 20 de septiembre de 2024

Resumen

Este texto se compone de exploraciones escriturales con una investigación filosófico-educativa latiendo de fondo. Por un lado, ensayos arborescentes que nuclean reflexiones hiladas, con base en discusiones de retóricas pedagógicas caracterizadas por exhibir componentes tecnicistas desdoblados en la aceptación acrítica de la tecnología considerada “educativa” y en lo naturalizado por los requerimientos del paradigma que se dice soberano de la complejidad. A su vez, la pregunta por la liberación del deseo en el educar conlleva la actitud crítica en el zigzagueo, el vagabundeo y el aireo necesario del pensamiento pedagógico. Por otro lado, cavilaciones diseminadas como fragmentos mínimos que párrafo a párrafo tensan, condensan y descomprimen experiencias formativas entreveradas con literaturas de base y filosofías afines. En el paisaje entramado, emergen pedagogías de la insumisión allí donde las hojas insinúan un abordaje troncal y los picos pegan en el punto de cada cavilar. Lo oscuro puede ser pretexto a desentramar en intersticios que hacen florecer abordajes de sentidos plurales en traducción, escritura en juego, transposición de memorias colectivas, enseñanzas de transgresión, pistas de lo perdido en el transcurso del enigma.

Palabras clave:

filosofía de la educación, pedagogías, literaturas, ensayo, ética, política.

Abstract

This text is made up of scriptural explorations with a philosophical-educational investigation beating in the background. On the one hand, arborescent essays that bring together threaded reflections, based on discussions of pedagogical rhetoric characterized by exhibiting technical components unfolded in the uncritical acceptance of technology considered “educational” and in what is naturalized by the requirements of the paradigm that is said to be sovereign of complexity. In turn, the question about the liberation of desire in educating entails the critical attitude in the zigzagging, wandering and necessary airing of pedagogical thought. On the other hand, musings disseminated as minimal fragments that paragraph by paragraph tense, condense and decompress formative experiences intertwined with literatures from the base and related philosophies. In the interwoven landscape, pedagogies of insubordination emerge where the leaves hint at a trunk approach and the beaks hit the point of each reflect. The dark can be a pretext to unravel in the interstices that make approaches of plural meanings flourish in translation, writing in play, transposition of collective memories, teachings of transgression, clues from the lost in the course of the enigma.

Keywords:

philosophy of education, pedagogies, literatures, essay, ethics, politics.

Resumo

Este texto é composto por explorações escritas pulsando de fundo uma investigação filosófico-educativa. Por um lado, ensaios arborescentes que reúnem reflexões costuradas, baseadas em discussões de retóricas pedagógicas caracterizadas por exibir componentes tecnicistas desdobrados na aceitação acrítica da tecnologia considerada “educativa” e naquilo que é naturalizado pelas exigências do paradigma que se diz ser soberano da complexidade. Por sua vez, a questão da libertação do desejo em educar implica a atitude crítica no ziguezaguear, no errante e no necessário arejamento do pensamento pedagógico. Por outro lado, elucubrações disseminadas como fragmentos mínimos que, parágrafo por parágrafo, tensionam, condensam e descomprimem experiências formativas entrelaçadas com literaturas de base e filosofias afins. Na paisagem entrelaçada emergem pedagogias da insubmissão onde as folhas insinuam uma abordagem troncal e os picaretas atingem o ponto de cada lucubrar. O escuro pode ser pretexto para se desvendar em interstícios que fazem florescer aproximações de sentidos plurais na tradução, escrita em jogo, transposição de memórias coletivas, ensinamentos da transgressão, pistas do perdido no transcurso do enigma.

Palavras-chave:

filosofia da educação, pedagogias, literaturas, ensaio, ética, política.

(Tecno)lecciones de misa: entre sumisas y sin risas

Hay un temita con el control. A las pedagogías de la modernidad/colonialidad se las huele a lo lejos porque tienen algún tipo de obsesión con el control: llámese planificación —con todo el aplanamiento que suele involucrar ese significante en la enseñanza—, diseño, objetivos, currículo, secuenciación, ambientes de aprendizaje, tecnología pretendidamente educativa, etc. Si no fingimos demencia con la geopolítica del conocimiento, tal vez podríamos decir que desde 1492 hay pedagogías sumisas, acomodaticias y funcionales con el statu quo, que se relacionan con el mundo como si fuera un texto de misa, instando a vivir por inercia, carentes de risa. Diríamos pedagogías del funcionamiento, que instan a comunidades enteras a andar bajo el primado y el sembrado agrotóxico de la eficiencia. Didácticas, otro nombre para la reificación disciplinaria de las líneas jerárquicas que (supuestamente) marcan el pulso de la transmisión. Problema-solución, causa-efecto, desadaptación-remedio, excepcionalidad-normalidad, los puntos de llegada son claros o, si no, al menos entran en un algoritmo con debida previsibilidad.

La invención se permite si hay beneficio para la corporación, sin importar cuál. Puede ser incluso la racionalidad corporativa, que comienza en un Norte y baja a algún Sur como sucursal o franquicia, sin esfuerzo de traducción o con esfuerzo de subsunción. Como si el sol saliera solo en ciertas latitudes privilegiadas y el resto del mundo solo tuviera que adaptarse, repetir y recitar sin percatarse de lo discutible, sin decir algo más, sin otra opción que la liturgia. ¿Dónde estamos mientras conversamos? En el barro, en el barrio, en el pasaje, en el paisaje. Lugares despreciables para quienes habitan o creen habitar las aspiraciones de Silicon Valley, el valle de silicona que produce y promueve la plasticidad —palabra tributaria de flexibilidad y resiliencia—, inyectable en el cuerpo o por lo menos localizable —el tan aclamado cerebro—. La retórica del cambio es la moneda dúctil de época, “los tiempos han cambiado”, “el cambio es la única constante”, “adáptate al cambio o muere”, ¿época de cambio o cambio de época?

Las prerrogativas, o directamente rogativas, hablan de reinventar la clase a demanda (on demand) de los tiempos inmersivos —e invasivos— que las nuevas tecnologías instauran como hecho pretendidamente definitivo e incuestionable. Lo vivo cada vez más reducido a lo “en vivo”, emergente de contrasentidos de una supuesta “experiencia” programable. Lo colectivo y la creación al servicio de las plataformas, las redes, las interfaces; en síntesis, si podemos llamarlas así, la pedagogía Microsoft que desemboca en un deber ser combinado con un dejar de ser por más Aprendizaje competente —unidad de medida del capitalismo cognitivo— y una promesa de mejora. Se trata de llevar la lógica de los dispositivos a las praxis y a los cuerpos: actualizaciones y reactualizaciones; negocios sutiles de lenguaje y estética para mantener las bases desigualitarias de los vínculos pedagógicos; reconversión a-penas, no de tipos de cambio, aunque también podría ser, sino de instancias y gestos; si verificar lo enseñado queda burdo, lo Mismo se convierte en una “propuesta generadora de consideraciones” para mejorar prácticas.

Perfeccionar las performances, ¿a qué o a quién se le debe ser?, ¿qué ser es el que hay que dejar por optimizarse?, ¿será que se debe funcionamiento —y no ser— o, por lo mismo, hay que dejar de ser por funcionar cada vez mejor, de manera más competente y óptima? Prueba de consistencia, tanteo de la solidez de los criterios, sentido moral que alimenta el juicio circular e infinito, exhibición de transparencia y coherencia inapelables. La racionalidad evaluadora (Giuliano, 2022) cohesiona músculos y vectores de eficiencia, disposición tecnológica y medios de comunicación, niveles de complejidad y condiciones para mirar, producción de valor y construcción de capital, subjetividad de aprendizaje y objetividad del desempeño. El dispositivo logra tranquilidad, a la vez oferta una moralina pedagógica en la que confiar y escenificaciones cuyo propósito central hace del aprendizaje una serie de simulaciones en rol. El rol de especialista que se ubica como ideal, presupone preparación y previsibilidad.

Sesgos aplicativos, automatismos defensivos, desarrollos explicativos extensos con expectativas de completitud, triunfa lo resolutivo y tiende a celebrarse lo padecido, mientras videos instruccionales y aprendizajes personalizados son promovidos como tecnificación de la formación, perspectivas son especializadas en desplegar producciones acordes al mundo del trabajo. Todo quiere reinventarse partiendo de lo individual y del diseño en primera persona que desemboque en un modelo, dispositivo o aplicación vendible en una definición breve (o hashtag) que la haga inteligible y hable de su implementación. La inspiración se valúa, la colaboración se tasa, lo privado de las redes sociales se confunde con lo público del espacio educativo y la conversación se reduce al diálogo, con arreglo a fines, adecuado a relevancia y a una mirada actualizada que interactúa con una comunidad acotada que se considera general. En ese marco, el mercado dice qué leer y la crítica es una mera inserción funcional que cumple.

Cronos marca el tiempo dominante, segmentado, fraccionado según actividades mayormente individuales, a lo sumo en colaboración con la propuesta tecnológica o el dispositivo, comandadas por la comprensión “compleja” a la que se subsume el entendimiento y desde la cual se requiere algún diseño original con su debida implementación en la realidad. Lo vertiginoso puede ser un rasgo que haga correr al cuerpo docente en más de una ocasión, aunque ahora se busque matizar el control con significantes como acompañamiento y ayuda, en busca de un “aprendizaje inolvidable” para singularidades devenidas en operadoras.1 Importa así la seguridad de las series, nunca el riesgo del teatro y la improvisación somática, siempre el estímulo que devuelva la respuesta esperada con entusiasmo maquinal, sonrisas de metal y colores de buenas gráficas. La individualidad se siente reconocida por el dispositivo que reniega de olvidar, puede hasta ser llamada por su nombre en un campo experimental caracterizado por la construcción de un elemento proliferante de hondo calado psicológico: la anticipación.

Establecimiento de competencias en las que gana quien mejor se anticipa. Anticipaciones que son obsesiones por el acierto diagnóstico, por proyectar la vida a un tiempo que no es el presente —que no es el regalo imposible—, que es el futuro incierto por el que hoy se sufre, se padece, se produce como instancia de aprendizaje capitalizable. Como si cada quien debiera un producto pasible de reelaboración hasta lograr la mejor versión de sí mismo cual sinónimo de satisfacción garantizada con los propios logros en la escala. La montaña del éxito no es fácil de escalar, pero así todo no hay teorización bienvenida por el dispositivo precisamente porque se la sospecha de lentitud o sencillez, alejada de “la realidad”, porosa de su propia lógica. Total, importa la intervención práctica sobre un objeto, sus planos y tipos, con materiales que sean factibles de viralización, de manera que lo teórico se desplaza por operar en la red social del momento. El camino, “personal y complejo”, se gravita así por Facebook, TikTok o X.

Importa el lugar del experto que pide evaluación, no importa si se trata de estudiantes en ese rol o docentes que deben demostrar su experticia, el asunto estriba en transparentar ese lugar de producción en situación y se preste a la comparación en función de aciertos y dificultades. Los criterios se construyen durante la implementación del dispositivo, lo que permite que se abarque un mayor rango de todo aquello que no pudo ser anticipado. La personalización funciona como reverso del “no personalicemos la cuestión”, de manera que mediante criterios se abre la pauta a sugerencias de enriquecimiento que impacten en mejores calificaciones, según el mejor de los productos posibles. La cadena que se traza suena más o menos así: Implemento-Coherencia-Aprendizaje-Especialización-Negociación-Calificación-Inclusión. El círculo lleva a un juicio de la producción y a una producción del juicio, en forma incesante y de manera que haya algún tipo de realización o plenitud prometida.

Insensibilidad en expansión, acostumbrar a rendir(se), bloqueo de respuestas ante el sufrir (propio o ajeno). Si estudiar es trabajar para conseguir trabajo (mera autoconservación), una pedagogía esclavista se avista. Si lo que hacemos ahora es un mero prepararse para, la vida se reduce a la anticipación y a la sobrevivencia sin sentidos que la excedan. Dos reflexiones con Silvia Bleichmar (2008): terminar con la idea de que el único sentido es vivir para trabajar e insistir en que el jardín, la escuela, el colegio, la universidad son lugar de recuperación de sueños. Cuidar la vida es cuidar sus sentidos, plurívocos como existir enseña, sobre la base finita de alguna trascendencia en minúsculas.

Cavilación espacial, de despegue: vayamos yendo…

Preguntas y planteos con su naturaleza afincada en el paisaje de la lectura. En extractos, reflexiones traman lo escrito. Del pasaje que va de quien escribe a quien lee, o de quien lee a quien traduce, aparece la transgresión como rugosidad que se abre en dos mitades: una en cuestión (la escritura) y otra por cuestionar (la lectura). ¿Dos citas? Una, de la mano de Tununa Mercado, donde la palabra nombra lo perdido, el desencuentro, los archivos y la escucha como hilván que, nunca prometida la eternidad, novela las vidas que no han ido a la misa de velación. La otra, también de su mano, ya en la madriguera, con el ojo puesto en la escritura como ejercicio de infancia en traducción, aparece la transgresión a los límites de la lengua, recreando la sonoridad política en sus formas diversas. Del lado oral de la escritura, la palabra traición se arrima enseñando el despliegue, ante la burda transcripción, al borde del acto infiel en el que la boca besa la palabra autoral en la boca de quien no la tendría. El velado lugar de quien traduce, pocas veces aclamado, es la amante que arremete contra el desdén a otro decir, una mentira o invención que borra la distancia con otro mundo. Allí, la lectura se come letra por letra, con las manos, cultivando la rareza en lo narrado con lo que hay del propio suelo… ¿invitación a transgredir?

Cavilaciones despistadas: lo que presentifica lo perdido

. Transgredir puede ser una agresión de lo desviado. Así, tal vez puede sentirse una lengua cuando se la traslada a otra, no sin margen para la traición. ¿Será cuestión de transposición? Algo ha cedido en su terreno más íntimo a riesgo de fracturar su unidad de sentido, el recomienzo confunde la señal de resistencia y la sobrevivencia interviene a costa del cuerpo. Volver a pasar por lo que late en el gesto, no siempre en la conciencia, es el recuerdo de una lengua. Un estilo repartido entre la solicitud y el desengaño, aquí ya nos encontramos en la jugada de interpretar la historia de otra derrota que no terminará en perfidia.

. Yo nunca te prometí la eternidad tiene 24 capítulos, como horas un día cualquiera, pero es una declaración de guerra a la cronología, al paso y al peso del tiempo, al poder siquiera decir algo de ella. Traduce vidas, mezcla y desmezcla, no digo, cuento sin cuenta, no comento, leo y escucho:

Hay una distancia, podría pensarse, entre la traición y la menos severa infidelidad que se oculta detrás del escudo de la aventura no buscada, el desliz que no compromete la cohesión de la estructura. El uso de la libertad es solo un derecho que reivindica el que involuntariamente ha dejado que la traición ronde en la escena hasta adueñarse del papel principal. (Mercado, 2005, p. 350)

Sin querer queriendo, esta puede ser enseñanza otra, sin tanta altisonancia, sobre qué significa dar una gran clase o asistir a una deseada traducción.

. La enseñanza entonces no habita el terreno del castigo ni los controles de la decisión, es la cautiva del deseo en ese estado de desasosiego, a veces sin voz ni luz, pero con oído pleno y con un tacto interno capaz de reconocer dolores viajeros por las vías de su cuerpo invisible. Aquí se llega a entrever que la imagen del “buen alumno”, disciplinado y bien peinado como tal, es una fachada que protege de cualquier persecución gramática, dramática, matemática, somática. ¿Qué sucede, en no pocas ocasiones, con el espacio y el tiempo formativo vivido que lo único recordado del paso por ese allí, siempre cercano en la piel, es o se asemeja a la tristeza? Hay golpes que no dejan marca al fracturar la humanidad impar y que, quizá por eso, no cuentan en la desdicha siempre contable.

. De atrás hacia el presente, la zancadilla está nomás. Cualquiera puede analizarla, pero ¿se puede hablar de una productividad del síntoma? La oscilación cardiográfica entre el dolor y la felicidad parece el vaivén del escribir predispuesto a crear manías y sobreimpresiones que bordean toda masa a depurar. Todo amasijo a liberar, si se quiere el cabo suelto, la hebra capaz de regenerar el telar desde el laberinto del ovillo en el punto insistente que elabora la tensión en la urdimbre, que pasa y entrelaza deseo y separación, demora y celeridad, o una pulsión de despedida y reencuentro, de desaparición y aparición. De lo grave a lo agudo, la página en blanco siempre espera la inscripción de un trazo distinguible con presunciones de inextinguible y que bien podría decir al mundo: “Díctale a alguien una palabra para mí. / Espero con mucha ansiedad” (Mercado, 2005, p. 326).

. Podemos habitar algún convencimiento —subrayemos esto de dejarse vencer con, porque tiene mucho que ver— de que enseñar o traducir necesitan de un hilo con el que recostarse, no precisamente acostarse, y darle vueltas a una trama que presiona por salir, pero que no sabemos a ciencia cierta hacia dónde. Lo que sube, como si se tratara de escalar una sierra pedregosa, asciende como nota musical sostenida que aspira al clímax en La Cumbre de la espera sin saber cómo rayos se llega allí, porque el monte del deseo crece borrando los caminos que conducen a su centro cada vez que se estipula haber encontrado algún sendero. La travesía, que puede comenzar con un acto de irreverencia, no solo implica traslaciones significantes de una verdad nativa, también la transmisión de una continuidad quebrada y, quién sabe, luego recompuesta.

. No hay completamiento del acto de enseñar, así como tampoco lo hay del acto de traducir, ambos están perforados desde dentro haciendo del hueco el infinito que permite el anudamiento. Todo relleno se queda corto cuando de agujeros hablamos, lo que se pone o supone de un lado se escapa del otro, aunque haya quienes insistan en rellenar el blanco de la hoja con sus trazos, no hay letra sin su vacío constitutivo. Enseñó esto un amigo que escribió más de cien obras intentando vencer al blanco, pero no pudo y quedó como un negro de la escritura, esclavo de su grafomanía, convidó picardías filosas en la crítica y la literatura argentinas. Me fui de tema, me fui por las ramas, diría quien enseña, o quien traduce lo que su conciencia dicta, alguien podría decir que convendría deshacer lo último tramado hasta aquí, pero olvidaríamos que, en la novela cuyo título niega una promesa de eternidad, una mano puede convertirse lentamente en una ramita y añorar un hálito que la conmueva.

. Siempre que se habla de peldaños se presupone la importancia de la subida, siguiendo la tradición occidental dominante que va del suelo al cielo, y, pocas veces, la importancia de la bajada, que va del cielo al suelo muchas veces porrazo mediante. Esta última tradición es de difícil geolocalización, pero intuimos que tiene a la infancia como su patria. Aunque hay diferentes tipos de peldaños, algunos más redondeados, otros más filosos, Tununa novela que la prosa interesante pasa por al menos tres: el musical que compone, el arquitectónico que construye y el tejedor que trama; música, arquitectura, tejido; musa, edificación, componenda. No agregamos mucho si decimos que el resto indivisible se lo dan las piernas que suben o bajan, las manos que juegan con dedos inquietos, la piel que se eriza ante un ritmo, los oídos que esquivan los ruidos de la obra, la voz que acompaña los hilos, el gusto que le da sabores a la lengua, el olfato que viste y desviste el conflicto. Se olvidó de la vista, dirán las atenciones presentes, pero para voyeristas ya se hicieron los libros que se abren a una distancia infinita cuando no se los toca con el cuidado de la caricia y del afectuoso trazo o cuando se quiere evitar el tacto de su alteridad optando por el distanciado comentario erudito “bien pensado”.

. En la casa del sueño transcurren las horas que contienen la forma de alguna enseñanza, de traducción otra, que solo más tarde, siempre a posteriori, podrá entreverse, dilucidarse con suerte. Como la incandescencia del río, que entrevera una difícil conversación entre el agua y el sol, difícil pensar el leer y el escribir sin los reflejos de los rayos de otro tiempo en un espejo inquieto que fluye hacia su cauce en un zigzagueo incesante, con crecientes y decrecientes. Cuando el río suena es porque piedras lleva, y si espuma lleva es que viene con fuerza, pero no se sabe hasta que pasa, y si pasa, ahí va flotando la popular enseñanza de que más vale traducción en mano que cien volando. Y, si de vuelos hablamos, el vuelo de la pluma también ha dibujado un escribir que llega con ataques, que no difiere de otras enfermedades, que a lo sumo puede insinuarse durante y manifestarse después.

. ¡Qué plato! ¡Esta es una pasada! No un pasado en un extraño femenino inclusivo, tampoco alguien que pasa antes en otro tiempo remoto por un familiar suelo, sino una excepción y otra sorpresa como cuando se avista una rara avis en el cielo. Ya no sabemos si hablamos de la enseñanza, la lectura, la escritura o la traducción tununescas. ¡Qué plato, pero qué plato hondo! En el medio de ese arco, abajo, en el fondo, quedan ratos y ratos (que no son la formulación de un extraño masculino inclusivo). Hablamos de los tiempos que conviven en la nebulosa del cuerpo y emergen cuando se les canta, es decir, cuando se les convida una música o canción acorde al momento que atenta contra su escondite antojadizo, contra su involuntario titilar, contra todo lo que fue olvido y será ahora memoria colectiva. ¿Imposible hacerlos emerger? Una línea punteada o viñeta entre ellos señala el hiato, mientras convoca y provoca al diptongo.

. Tecnófilos/as de todo cuño se autoconvencen cada día de que la memoria podría ser traducida a un lenguaje numérico de unos y ceros que transparenten su aparente peso legible a determinados bytes de descarga por segundo, esparcidos en lo etéreo de un universo que tiene más pretensiones de univocarse que de versarse. Si algo nos enseñan los trazos tununeanos —no confundir con los habitualmente tuneados, aunque cabe el juego de familiaridad no declarada—, es que la memoria no se puede escribir, traducir, leer, no es presa del poder, a lo sumo se deja contornear, mudar, averiguar, pero ahí somos nosotros quienes ya nos entregamos al juego de su Eros con tal de rozar algo de su transcurso. Este es la cuerda en que las historias se van atando de manera espaciada y regular hasta hacer una guirnalda, a riesgo de sucumbir a la ley que la descarta por razones de estilo, en ella se enhebran las historias como cuentos por venir.

Complejidad y demasías: ¿qué son estas fantasías?

Pretensión de diagramar lo vivo, planeamientos que pretenden domar lo imposible, proliferación de redes efectoras. El acto no es bienvenido por la mirada panóptica, que ahora algunos llaman poli ocular o panorámica para maquillar, y disemina evaluaciones con su debida racionalidad: una sistemática “complejidad” impele a valuar alumnos, docentes, directivos, escuelas, programas, materiales y contextos. Pensamiento causal etiquetado ahora con el prefijo pluri, entre acciones retroalimentadas —¿comidas por otro lado?— y consideradas en dimensiones multiplicadas, pero conforme a que la diferencia cotice. Desde la homogeneidad hacia la diversidad, lo Mismo. Mutan las estrategias didácticas desubjetivantes en “nuevas formas de trabajo”. ¿Alguien se inmuta por la simpleza y velocidad del cambio sígnico? Organización y gestión, con la seguridad de comprender al otro —sobre la base de su mediatización o instrumentalización—. Componentes causales, dicen los que saben, sobre un fondo, con una matriz (colonial) y una referencia previamente establecida. Deconstrucción, también dicen sin mucha noción, aunque un abismo elude el término de la descolonización.

Instancias: individuales, “grupales” (las comillas aquí son puntos gemelos que frenan su movimiento compartido justo allí donde una palabra asoma su impropiedad o duda filosa), institucionales, interdisciplinarias —otra manera de amontonar disciplinas y hacer que cada una diga lo suyo a propósito de su manera de disciplinar un objeto, un sujeto, una problemática—. Todo para examinar una producción, si incluye aprendizaje o no, si es acorde al funcionamiento orgánico y organizacional. El esquema de la “complejidad” tiene un centro orbitado y flechas que lo relacionan con otros círculos cerrados con sus debidas saetas hacia más circularidades. Las centralidades se muestran sustituibles por términos afines que tienen una base performática, demostrable, anclada en la realidad. Desde ese marco circular, que oficia como punto de partida y de llegada del proceso, el acontecimiento es contrastado con criterios preestablecidos, acusado con el patrón de comparación que lo objetivará y pondrá en valor.

¿Hasta qué punto se trataría de un acontecimiento si puede reducirse tan sencillamente a la inteligibilidad dominante con tal de no desestabilizar el marco? ¿Será la objeción del acontecer o su acomodación a las categorías de exigencia epistemológica? Turno de la retro-evaluación: no por lo vintage, sobre todo por el “hacia atrás” que dice algo de los productos y productores o del proceso de aprendizaje global, con sus obstáculos e indicadores que instan a potenciar y a disminuir —nunca a erradicar— funciones. Si hablamos de evaluar, sería potenciar las funcionalidades de comprensión/mejora/aprendizaje/ayuda y disminuir —nunca anular— las de comparación/discriminación/jerarquización. El equilibrio es una esperanza de mercado, la completitud un anhelo (multi)referenciado. ¿Deconstrucción o destrucción del acontecimiento? Hay sinonimias confusas, tediosas, odiosas. Los componentes traslucen una totalidad u ostentan pretensiones de. El parámetro, armado para metro, indica lejanía o cercanía del ideal planteado ad hoc sobre un fondo compulsivo de comparación.

Positivismo y universalidad sin fronteras, lo uno devorando lo múltiple, como si la educación fuera otra palabra para socialización, es decir, adaptación cultural, pragmática del encuentro, o peor, comunicación predestinada y aplicada a suscitar el aprendizaje demostrable. Poseer y dominar son los verbos que yerguen y enlazan ese aprendizaje. Por eso la preocupación por controlarlo, por ver que “lo dado” haga mella en el alma de los receptáculos, que sea efectivamente incorporado y no algo momentáneo realizado “para la institución”, sino que cale hondo de manera que luego no continúen como si nada en las vidas cotidianas afirmadas en sus propias significaciones. Soberbia del enseñar, que presupone aprendizaje del contenido y no de ese algo más que se da sin saber, a posteriori, en un fondo inimaginable. Enseñanza causal, no hay pluri que la arregle, que siempre requiere un poco más y agota en sus pretensiones de llenar. Currículum de la posesión, la dominación y la aplicación, sin resto.2

¿Enseñar es una mera tarea que ejecutar, a realizar, a real izar? Si así fuera, si solo es una función sin incógnita, pero a ser desarrollada, ¿dónde queda la ética en su darse?, ¿en dónde se ubica la enseñanza como estancia e interrupción del ser, como alteración de sustancias, desvío de destinos prefijados y encanto de vacación por sobre la exigencia de vocación? Proliferan oportunidades para visibilizar logros, reconocer debilidades y fortalezas, redireccionar la enseñanza hacia la producción (de resultados). Requerimiento de información que cada vez más se confunde con conocimiento —indiferenciación extendida—, establecimiento de metas relativas al dominio de lo que debe decirse —componente sistémico casi impermeable—. Apreciar, aunque tiente a pensarse como negación del precio, no depone el calcular y la idea de medir se imprime en la concepción de un sujeto de aprendizaje —algorítmico, confesable, acreditable— cuyas líneas evolucionan hacia un “sujeto de conocimiento” caracterizado por el uso-aplicación de informaciones, la creación de productos y la resolución de problemas.

Reglas y procedimientos de un “buen” saber se cristalizan en desempeños o destrezas, la disciplina ceba la codicia de un procedimiento eficiente en competencias. Lo producido evidencia el logro, pero también la falta. Así se justifica una red de funcionalidad con nódulos que concentran acciones reguladoras focalizadas en diagnosticar-predecir, registrar-direccionar, seleccionar-jerarquizar, clasificar-certificar, atraer-capturar. En esta malla la crítica interesa solo en tanto capacita, es decir, otorga solvencia en el monitoreo e influye en la mejora con vistas a aumentar el rendimiento. O la rendición de cuentas, a partir de las cuales los propósitos formativos resultan informativos y la clave está puesta en lo sumativo: que nada reste, que nada haga una diferencia no cotizable. Que la formación entre en equivalencia a la mera información contribuye al delirio de que alguien puede educarse vía videos de YouTube. Si total es asunto de instrucción, la retórica de las guías (o manuales de uso) prometen ahorrar problemas a la vez que aportan datos útiles para un correcto funcionamiento y optimar avances, balances de calidad, interacciones con valor agregado.

En busca de la actuación satisfactoria, informar las decisiones tributa a la autorregulación, a modificar las “concepciones erróneas” en post de gestionar herramientas y habilidades pertinentes para una pedagogía del servicio o del servir a un proceso interactivo de trabajo continuo con aspectos dialogales que no comprometan la funcionalidad inmediata.3 La inmediatez suele ser un rasgo de reproducción sintomática, de insistente separación entre la práctica y la teoría (en detrimento de esta última), en la que el pensar queda desprotegido, y no pasa porque no anuda relación alguna con el pasado y con el ir más allá de la realidad actual. Su plan no deja lugar para la fantasía, nutrida de lo que Bleichmar (2008) llamaba vagabundeo psíquico creativo, en la/el que se ponen en juego conocimientos con implicancias del cuerpo y la imaginación, una andanza por otra plantación de enigmas y la cosecha de hipótesis que permiten relaciones otras con el suelo. No ha lugar la potencia de mora, la chance de conversar y pensar de nuevo lo que distancia las curvas interrogantes.

Diferencias no evaluables hay en existir, con todo lo que de fallido aloja: lapsus, temblequeos, traspiés, tartamudeos, vacilaciones, riesgos, temores y amores no siempre declarados, pero que están; fracasos de objetivos y de planes, errancia del caminar por senderos no trazados o insinuados por animales de otra calaña, risa de la escuela que nunca conforma a nadie, pero sostiene; fragilidad, filiaciones asimétricas del cuidado, responsabilidad por la discrepancia, respaldo simbólico y vital en lo alter, el pasado adelanta lo que el presente actúa y lo que el futuro atrasa, vueltas envueltas revueltas de espirales que no alojan lo que sobra, sino la demasía que hace falta. Solidaridad, digamos más, tiempo y escucha sobre la base de menos Uno, no necesariamente la unidad a la izquierda del cero, una negatividad afirmativa que se abre a recibir alteridad. Intentar siempre ser de menos, dijo un sabio sonriente. Quizás estar nomás, meramente estar en la resta de algo de uno que se abre a otro tiempo, otra voz.

Cavilaciones que pistas dan: frutas del árbol caído

. Transcurso: enseñanza desviada, desvío del dar, indirección que algo puede. ¿Quién se percata de que, las más de las veces, en la intimidad relacional con el mundo, nos atrae precisamente aquello que en apariencia nos causa alguna incomodidad y en ocasiones disgusto? ¿Qué será el ser humano si no el animal dispuesto a tropezar, con un secreto goce, una y otra vez con la misma piedra? Ya se ha dicho que lo mismo no es lo igual, pero en ese afán del tropiezo se guarda una sutil refutación del aprendizaje consolidado, de las pretensiones evolutivas y de cualquier progreso subjetivo. No hay linealidad de la andanza, la errancia, la estancia. El famoso chocolate suizo elaborado con ese caramelo terrible que se pega en los dientes y provoca molestias a la lengua: ¿admitiría alguien que lo apetece no por el cacao en sí, sino por el incómodo gusto de aquello rasposo que se adhiere a la dentadura y es de difícil solución? El deseo camina contra dicción.

. Como quien hace un herbario en la escuela primaria, con cierta pretensión de completitud local, puede darse lugar a pensar en las hojas del bosque que se arma cuando algo se escribe. No importa si se escribe en papel o en otras superficies sintientes, la memoria se aja por igual. El bosque se alimenta, crece, prolifera. ¿Alguien piensa en quienes recortan las resmas cuando se hacen las páginas que componen los libros? ¿Quiénes barren y juntan los restos de las hojas siempre escritas de a varios? Somos responsables, en una pequeña cuota tal vez, del desastre. Lo hacemos, lo escribimos, lo combatimos. Podamos el bosque, lo talamos, lo regeneramos. Qué bichos más dañinos llegamos a ser, olvidando estar allí o aquí donde se puede jugar una vez más. U olvidamos el tronco que parió la rama, que parió la hoja de este cuento sin cuenta.

. El pequeño laurel de la pérdida, de lo perdido que instaura una búsqueda, no son razones ni palabras de relleno, son cosas que mejor perderlas que encontrarlas. El dolor en el cuerpo, la mecanización de la infancia, pantallas que ocluyen vida y que incluyen avances. Frente a lo establecido como hipercinesia supuestamente definitiva, el heroísmo cotidiano de la vagancia que ahorra energía por lo que trama arraigos en la proeza de lo inadvertido. Fugacidad y futuro toman por asalto el presente, el único tiempo en que el regalo inaprensible puede darse, inmediatismo e incertidumbre diluyen el ahora comunal a base de reacciones y promesas. Enseñar entonces involucra hacer y no hacer con las pistas del tiempo: no saber componer, pero entonar aquella melodía de la niñez que aloja un mi menor parecido a un sol mayor que flota y no es nota en el centro. Suena acorde, acordarse a viva voz puede desnudar en público.

. Música del enseñar: ¿de dónde vendrá aquella melodía que, cada tanto, reaparece? Atesorar lo efímero deja de ser patrimonio del vagabundeo vital y comienza a estar nomás en la hechura del espacio. ¿Hay techo?, ¿de qué está hecho? La lluvia suena diferente cuando cae en la chapa y cuando cae en la loza: si en la primera su aterrizaje tensiona o relaja, en la segunda su estruendo se afloja o se pierde. Por más que haya leña que arda sin humo —como cantaba Atahualpa—, la fortuna del techo impropio abre otra dimensión del sonido en el habla del aula. Es curioso: personas con techo quisieran no tenerlo en alguna carrera por el aclamado talento, mientras gente sin techo lucha por encontrar uno en un gran movimiento contra el invierno. El cielo ya no es el límite en la mecánica emprendedora. La intemperie entró. La vida onírica está en devaluación y soñar cuesta cada vez más. Habría que reintentar la siesta: no por rendir mejor después y aumentar la productividad empresarial, apenas por alimentar el sueño una vez más.

. Seguir siendo. Una persistencia, que no siempre insiste, existe. Gerundios con los que se prohíbe comenzar, aunque los principios no suelen quedarse en su infinitivo. Lo definitivo tienta al participio, pero la juntada resignifica. Siempre queda algo latente, algo que late sin decirse del todo, en el espacio donde las existencias se esparcen apalabradas, frases fértiles que no piden frecuentación: “Se han expandido sus brotes y el humus que las sostiene está atravesado por raíces difíciles de discernir” (Mercado, 2005, p. 245). Texturas que desgranan desolaciones, materias que sostienen inevitables intertextualidades, flores inesperadas se abren en el páramo como contradicciones fructíferas que van de lo amargo a lo dulce, según la estación. No hay transposición del dolor, aunque sí de la palabra última nunca dicha, la piel ardida es manifestación de una exposición descuidada. La lengua puede quemarse sin exponerse, pero el lenguaje provoca incendios sin necesidad de chispas. Basta una sílaba: ¿no?

. Encender encendedores. Hay gente que no escucha poesía en las canciones y recita de memoria. Las corporalidades exhalan restos de humanidad ajena, cantan los versos que inspiran épocas. El género es el revoque que esconde el ladrillo a la vista, que castiga la pared, que recibe la pintura del momento y el dibujo de ocasión. El grafiti reza: “Puto el que lee”. ¿Homosexualidad atribuida a quien posa sus ojos sobre un hilado de letras que teje algún sentido e interpreta? o ¿proyección fantasmática de quien escribe como machito cabrío? ¿Habrá un sujeto de lectura en el closet? El muerto en el placar no quiere compartir lugar. La frase puede ser escrita con un fibrón no indeleble en la pantalla que intenta reemplazar a la pizarra y al pizarrón, incluso en una institución educativa que puede inclinarse más hacia lo policíaco que a lo político. La frase se sostiene sobre el fondo iluminado del análisis conjunto y público, meta perífrasis, paráfrasis, paréntesis de un ente que no existe.

. Final de la clase, ¿se borra la jugada?, ¿quedaron rastros? Figuras fantasmales merodean con aire ausente, comienzan a metabolizarse los afectos sígnicos —sentidos— de lo que pasó o no. Retracción del estar docente y juntura de bibliografías, la conversación que resucita a los vivos empieza allí donde los muertos callan. La vida docente-estudiantil es coreógrafa cuando también recompone lo despedazado e interpreta las fracturas. Paradoja áulica: la mirada busca el punto ciego por intentar escapar de la mirada del Otro; un lápiz hace de puente entre el punto muerto y el movimiento del deseo. Deseo de obra, no es deseo de poder. Ojo al paso en falso. Las papilas palpan lo dulce y lo amargo al mismo tiempo. La escucha huele la tensión ambiente entre lo grave y lo agudo. ¿Qué nos dicta la intuición entonces? Lealtad a la infancia, o a su recuerdo del presente, emergencias del acto que después alguien tal vez llame: amor.

. Fulano, Mengana, Zutano y Perengana: ¡Pasen al frente! Caminan como quien va al desfiladero de la muerte, como quien va a tener una cita con la parca y no para jugar ajedrez. Conjeturan:

El frente, aun en el sopor de una tregua y menos que nada en el momento de la acción, no dejaba pensar. Ir al frente, estar en el frente, habían sido un antes -la decisión de llegar- y un durante, y en estos dos tiempos la noción de perspectiva se borraba y el presente se imponía, como si mirar hacia atrás llevara a un cuestionamiento cuyas consecuencias no se pudieran medir, como, por ejemplo, quedar fuera de órbita, y hacerlo hacia adelante implicara un mandato integrador, aunque no pudiera ocultarse su carácter mortífero. (Mercado, 2005, pp. 189-190)

La reflexión se teje entre cuatro, con hiladas de nerviosismo antes de perder la calma y después de recuperarla, ¿lección no atestiguada, reconstrucción de acuerdo con indicios otros?

. Si se destraba el enigma, se multiplica, se desatan hilos enmarañados y un imaginario cuchillo de bolsillo abre la carne a infinitos tiempos. La letra se hace bala si llega, incluso a ciegas, a la meta olvidando el viaje de ida. Descubrir algo es descubrir el deleite del deseo, se quiere más: gajo, tallo, brote, rama y ramita alcanzada no bastan para cortar el fuego de la incitación que pide más oxígeno y tronco por existir sin extinguir la curiosidad. Irse por las ramas puede encontrar al curioseo, a la curiosa forma que llama y asombra. Aunque investigar se relacione cada vez más con las mañas de la burocracia y cada vez menos con los laberintos de la vida amorosa, quien investiga guarda la íntima esperanza de asombrarse una vez más. Claroscuro, siempre hay gente que goza secretamente de andar de trámites, gente que no busca gente y sí reconocimiento, papeles y cartones que certifiquen o desertifican miradas, vorágines desvitalizadas.

. Hay hojas que parecen muertas hasta que un soplo inesperado las trae y sustrae de su condena residencial estática. ¿Vestigios liberados del tiempo?, ¿restos clamorosos de estar en el tiempo? Vectores del tiempo, archivos de pasado mañana, apoyados sobre un suelo vital o acariciados por manos sedientas de dar. No hay gesto que alivie la ignorancia sin una impostada inclinación de cabeza, un par de palabras del tipo “así es” o “tal cual”, no hay amortiguación del choque con lo desconocido, por más que se vendan guías de turismo o libros de autoayuda. Nunca se nos revela lo que ya sabíamos. Nunca nos rebela la afirmación tranquilizadora. ¿Qué sería de este mundo y sus mundos sin ese primario deseo de enterarse llamado curioseo? Habrá personas que carecen de ella y hacen peligrar el destino de los legados mínimos. Pero el deseo de perdurar, mucho más que instinto elemental de conservación, nutre la disposición de archivar. Pueden heredarse entonces caracteres somáticos, palabras-fuerza, imágenes de

¿Liberación del deseo?, educación entre aireo, vagabundeo y zigzagueo

El olfato puede jugar de elemento soberano de la actitud crítica, mientras unos se pelean por inclinar el juicio o la pretensión del gusto, otros encuentran algo mejor en la adivinación. En la adivinanza se disimula una respuesta con forma de pregunta, pero quien critica juega otra partida con su correspondiente llegada. No por adivina, sino por simpatía. ¿Qué une lo crítico? Túneles imaginarios nos llevan hasta la cámara secreta de la esfinge. ¿Qué finge? Su temperamento la lleva a instalar la pregunta y la condena al mismo gesto: cuestión de vida o muerte, a veces. El acertijo no es enemigo del pueblo desacostumbrado al enigma, tan solo trama los collages que incomodan al poder. Jugar y jugarse también involucra adivinar. Hemos conversado sobre los juegos del hacer crítico, emergentes pedagogías, poéticas, políticas.4 Faltaría charlar sobre los juegos del no-hacer crítico, mientras la lectura se (di)vierte en los valles del río subjetivo que hace generosa la vida.

Intentemos ubicar la crítica en el punto justo: no en la prescripción, no en el destino de una bella estalactita, no solo en la operación intelectual o en la pasión de inteligencia corpórea. En un libro de primera mitad del siglo xx, Luis Emilio Soto (1938) advierte de una barbarie de contrabando con tapadera de ilustración y se preocupa por la supuesta obligación al empréstito de tablas de valoración europeizante. En un libro de segunda mitad del siglo xx, otro puntea el supuesto que ubica en inferioridad a lo local frente al universal (siempre provincial) y señala “una tabla de valores comunes” entre los bien pensantes de la oligarquía y los nuevos intelectuales ilustrados, condimentada por la subestimación y un elemento dispersivo que deriva el pensamiento hacia vías muertas, la filosofía de “ir al almacén con el ‘Manual del Comprador’ escrito por el almacenero” (Jauretche, 2012, p. 220). Filo comercial corta-cabezas.

¿Será entonces una cuestión liberadora pinchar el globo filosófico? ¿Qué aroma carga el aire encerrado y qué afectos suscitaría en contacto con la atmósfera? Liberación: praxis que perfora el orden y lo subvierte con la gestualidad crítica hacia lo establecido, normalizado, cristalizado, muerto. El aprender crítico fluye en quienes el no-saber respetan como humus de vida otra, mientras para los sabiondos desaprender se figura como temible callejón sin salida. Pues se puede vivir en paz, con “la conciencia tranquila”, de acuerdo con los principios morales del sistema dominante, hasta que la intranquilidad ética irrumpe como puesta en cuestión. La protesta conmueve, descentra, hace escuchar a alguien que no se llega a ver, pero está. Lo heroico en la liberación es una puesta en juego del existir en su gratuidad incorruptible, en su disfuncionalidad expuesta, en su valiente apertura, en su “solidaridad más allá de la fraternidad (…), la desestructuración de la flor que deja lugar al fruto” (Dussel, 2011, pp. 106-107).

Pulsión alterativa, más allá del principio de crueldad, pasa y traspasa, no sin instantes agónicos, el acto educativo abre la brecha, agujerea el muro y se adentra en la exterioridad insospechada, sale de la cárcel, se afirma en lo anterior como exterior. Se cae la máscara, la función cumplible dentro del sistema, aparece la cara de quién sin la careta del para qué. Exposición al rechazo, anhelo de justicia, la praxis poética fractura el horizonte del sistema y se interna afuera donde reinventar lo inédito junto a zigzaguea la escisión como posición plural. Lo que ahora y aquí no tiene lugar provoca, moviliza, subvierte, templa ante el confort, aunque también canta, goza, festeja. Cantar que llama a liberar o esparce ritmos por alojar: “En mi alma quedó / (…) / el batuque / el bamboleo / y el deseo de liberación” (Trindade, 2019, p. 21).

En el cuarto de deseos, que a veces se confunden con desechos, otra concepción se escribe: “de día tengo sueño y de noche poesía”, tal vez porque “el hambre en pedazos / alimenta la escritura (…) / la otra en la copia de las palabras, / hace de sí su propia inventiva” (Evaristo, 2019, p. 37-38). Arriesgarse en la prosa o en su reverso, incluso con proyectiles atravesando los fonemas, porque no hay habla allí donde la bala impacta, el plomo tiene trayectoria consolidada y quien vive puede perder el norte mientras del sur no se caiga. Enrula palabra quien después de leer, como Cristiane Sobral (2019), percibe la estética de los platos, de los trazos, la ética, la estática y las páginas que suavizan las manos invitadas a estar en cada instante por vagabundear. Comenzar a leer, querer entender “El porqué, ¿por qué? Y el por qué” (Sobral, 2019, p. 112), sonreír de lectura, aprender a leer después de la alfabetización, llega el momento de sacudir, coexistir, traducir. ¿Nacer a la lucha, será a la escucha?

La lucha de clases se conoce antes que a Marx y no se alcanza a leer a Beauvoir en los moretones de otra mamá, con embargo del cuerpo el lugar no es mero acaso cuando se hace caso pensado para separar a los ganadores de los servidores. En la escuela, lucha de clases cuando se instala la vergüenza por nuestra trama, nuestra casa, cabello, color y así “empieza a no gustar haber nacido / (…) / en ese momento casi que estamos muertos, / pero hay gente a la que le gusta pegarle a los muertos” (Bastos, 2019, pp. 175-176). Resurgir entonces, como nacer otra vez, reescribir destinos o desviarlos de las condenas firmes. En el acto de enseñar, eróticas del educar cuando se convidan signos que impiden a una comunidad morir en manos de la policía o que dan pistas por donde liberarse de las cárceles del presente y las nuevas formas de esclavitud más o menos encubiertas. Tánatos no descansa, incluso se sofistica.

Femicidios gritan cada vez más alto, por más que la educación de su escucha se expanda. No es una correlación, sino quizá el desafío de decir lo que no puede ser dicho, nutrir la inventiva como rebeldía que cause el deseo y haga salir los tiros policíacos por la culata. En cada muerte, en apariencia lejana, la policía dispara contra tu madre, tu hija o hermana. ¿Puede lo político plantar el fallo a un arma? ¿Puede la política desarmar la educación moral —siempre policial—? Alguna ética tal vez puede desviar el curso de bala o profanar la sede del juicio. ¿Una llama de rebelión? ¿Nado contra la corriente de la ley? Al margen: un aguijón incita, las más de las veces, analogías entre amar y educar sin romantizar, imantaciones de “la protesta y el vagabundeo, y un rayo que suspende oscuridad y claridad (…), luz que desapodera” (Martyniuk, 2011, p. 166). Geografía de contradicciones, conjugaciones alocadas.

Enseñanza del vacío y de su entrega desinteresada, más allá del tiempo, alejado de la red, cuando la lumbre le dio ahí fue cuando encendió. Jugar, pintar, bailar, cantar, formas de enfrentarse a la imposibilidad. Sin remedios, pero también sin resignación, desborde y desmesura de la singularidad que se potencia en lo imposible. Ante la felicidad en la sumisión o las “libaciones de carne humana debajo del consenso” (Martyniuk, 2011, p. 181), realidad de poderes y dispositivos, enervar e inervar la civilización, cultivar poéticas de colores incalculables y roces que trazan caracteres, cortan circularidades, rasguñan comodidades, inciden en los mundos como incisiones perdurables en la vida. Educar, entonces, más que una excursión por la utopía, una experiencia de pérdida, constatación de precariedad, torpe emanación de figuras en el curso del sentir y en el excurso del pensar, ondulación de la incompletitud, zona de sensibilidades y encuentros de disidencia que hacen giro insumiso.

No hacer caso omiso al intento anterior o al interior atento, conversando con Claudio Martyniuk (2011), “todo esfuerzo cobija el fracaso, pero allí se puede alojar una fugaz felicidad” (p. 193) y, de ahí, donde están esos peligros, emerge también lo que libera. Naufragio y recomienzo del viaje, de otro viaje incluso, ¿cita con la perdición? Solo un imposible puede cubrir a otro, se trate de un asunto amoroso, político, educativo, epistémico o psicoanalítico. En el pathos del comienzo, la tragedia risible de una imposibilidad. Vamos de vuelta, con dar “la mirada sin nada de vuelto” (González, 1995, p. 214). Lo que se pierde puede rehacerse tiempo después como reconstrucción enigmática —coincidencia de Tununa y Horacio, en diferentes momentos y espacios, durante la década de 1990—. Conjeturas como pedazos de espejos apenas rescatados que pincelan despedidas fugitivas e invitan a cesar la tarea, a refugiarse en la sombra, a escuchar las evidencias mudas de una historia o el eco acallado de una guerra.

¿En qué suelo tramar pedagogías de uso común contra toda servidumbre moral? En el sentir simultáneo y común, la pluralidad de psiques muestra el ámbito comunal de las vidas que se adensan afectivamente por una conjunción amorosa con toda su complejidad gestual. Tierra ética de la insumisión, medio andar entre “una fisura de la tradición y un requiebro de la innovación” (González, 1995, p. 222). Transformaciones sígnicas que, recordando a Noé (Jitrik, 2010), constituyan simbólicos inéditos —o reconstituyan simbólicos destituidos— como rechazos semióticos al poder sin límites, que generen condiciones de pensamiento cual acción material de poner en cuestión al saber sin paréntesis y sin huecos. Quizás política del cuidado hacia las evocaciones caídas del terreno y las teorizaciones de infancia en su enseñanza tímida o tenue. Y asistir, tal vez, a los sentidos de la voz que dicta, en un sueño de mañana, “la literatura es como la boca del animal, no saliva a menos que haya para comer”.

Cavilaciones sin invitación: cómo será la laguna que el sapo la pasa al galope…

. Vagabundeo psíquico, ¿quién da tiempo, da lo que no sabe? Las olas más altas de un acento, cuando bajan dejan aparecer puentes bajo los cuales descansar. Plegaria para un ritmo dormido, a lo mejor tenga flores en su onírico ombligo y destruya trapos de ilustrar, los cuentos se recluyen en algún lugar. Como el negativo de herencias que emergen y se revelan si el sujeto las deja salir. Foto/grafías: figuras de fondo en el horizonte de lecturas, fuentes de energía que se reactivan en el contacto, repetición de planos cual partituras cuyos silencios anuncian atmósferas de más música. Las profundidades se escapan, aunque tienen su luminiscencia aún en lo oscuro, opacidad sin embargo que propicia nuevas condiciones de entender las formas en su carnalidad con los fondos. Imágenes multiplicadas que circulan a cielo, paisaje o corazón abierto de un curso, decurso liberado sin lograr aprehender con voluntad de hacerlo, flasheo de las cámaras sin luz que quisieran apresar la vida como la escritura quisiera apropiarse la idea.

. Ella vuela en la charla, en la clase conversada, no homologada, ni monologada o mono logrado, se roza sin dejarse agarrar, no es un afán testimonial, asoma un cuidado de la singularidad propia y de los demás. En la multitud, no se sabe adónde va, se aleja sin destino como la mayoría, a ciegas. Atribuye más que admite, infiere y no enjuicia, si una caricia puede lavarla en el flujo del tiempo, actuar alimenta el sueño como meditar el despertar. Calma, lo magnánimo en los ritmos cuyos acentos son imágenes en la niebla del crepúsculo, vértigo de lo desconocido, arte de inferencia sin prueba, movimiento en el que se precipitan materias inasibles, imaginerías que sumergidas en ácidos especiales regeneran su verdad en parte. Incisión, incidencia del acto en la realidad que se escapa y hace aparecer la sustancia. Enseñanza del laberinto, en la encrucijada de senderos el paisaje incita la opción y la pérdida.

. ¿Andar osado de quienes buscan? La espesura que deslinda la esperanza del encuentro se yergue sobre la oscuridad fronteriza, nada puede anticiparse. Formación otra, por ventura ética otra, anida en el enhebrado de palabras dichas a medias, sobreentendidos, silencios que hablan, heroísmo docente del cotidiano que emerge allí donde puede ser impunemente traicionado. Decencia justa —ni más ni menos—, rebeldía con tentación instituyente y una estudiante que se hace echar de la escuela por leer veinte poemas de amor y una canción exasperada. “¡Muera la demagogia!”, escribió en un dazibao. ¿El castigo es ejemplificador o el ejemplo es castigador? Siembra el terror. “No quiero ser ejemplo de nada”, se puede escuchar. Hay presencias que infunden terror, sobre la base del sometimiento al rigor —el rigor mortis puede ser la meta—, colocan existencias en falta y ni un sentimiento blandengue permite olvidar.

. Claroscuros del bosque de espinillos: anecdotario de pedagogías que se escriben sin escribirse. “Su discurso me ha hecho doler la cabeza”, dice el adversario. “Síndrome del miembro amputado”, responde el Negro Diputado. Córdoba, mediados del siglo xx, posición nutrida de anticlericalismo y antimilitarismo. Romper la banca en un acto de justa indignación, jamás silenciar la voz en defensa de los intereses públicos. Ni el despojo ni la adversidad, ni la mismísima cárcel, achican el coraje en juego. Jugarse, a veces, implica romper. Se puede destruir una banca, pero no esa fe que apasiona. Se reparten las astillas como condecoraciones.5 ¿Dónde se clavan y molestan? Enseñanza crítica: la astilla que se mete en la piel, importuna, algo también genera en el lenguaje y, al extraerse, deja un vacío o espacio generador que sensibiliza. Escritura no indeleble convocada, con bocanadas, anzuelos tendidos sin tiempo depredador, anclajes etéreos e imponderables, imanes de la casualidad más descabellada. Azar: “el blanco de un proyectil ciego disparado por alguien también ciego” (Mercado, 2005, p. 50).

. Encontrar una enseñanza dos veces, aunque la segunda se pierde. ¿Sería aprender a perder? El curso avanza con sucesivos retornos, las huellas dicen en su peculiaridad sin reclamaciones y encuentran campo fértil en el lenguaje que desencadena, fluye y refluye, deja brotar sus fuentes. El paisaje se lleva dentro, por más que se estime fuera y distante, lo infinito se sustrae y se posterga por la inscripción de la andanza geográfica. ¡Uh, topia! Utopía sin nudo en la garganta, horizonte —sin línea de susto—: “ese cable tenso que une la tierra y el cielo como un arco cuyo blanco es precisamente la inmensidad” (Mercado, 1996, p. 143). Una maestra escribe en el pizarrón una frase en lengua indígena, algo así como “anocheció a la mitad del día” y da dos signos al gesto: la oscuridad de un duelo, la hiancia de la historia comunal. A una estudiante le preguntan por qué lleva una cinta negra alrededor de la manga derecha; ella responde que está de luto, porque un pájaro murió en el patio de la escuela y es la viuda de ese vuelo.

. ¿Retórica sismológica? El espíritu hace falta en los cuatro puntos cardinales de alguna textualidad plural, su bastardía que suele manifestarse en bastardillas muestra el pudor de la subjetividad y la evocación de otra ausencia que se hace presente. La cursiva enseñando la necesidad de una inclinación que atisbe un sentido amenazado de desaparición, el decir del pensar como diferencia salvada de la uniformidad que encadena por impulso de tracción a letra. Cuidado con (y de) la enunciación sin paréntesis o, Mismo, la ordenación total: “el Orden y la Orden, como un matrimonio bien avenido que hace yunta para dominar” (Mercado, 2005, p. 67). Vida y búsqueda: relación entre un fondo que aprisiona una forma y la forma que explora fallidamente cómo liberarse de esa base. La desgracia es más que el signo de una insatisfacción supuesta de manera individual, el saber de eso es estar al corriente que siempre se pierde.

. Quebrada del Yo Serio, un pensamiento colorido. Una flor de la infancia se dibuja dentro, sobre la piel de una extremidad izquierda que alguna mosca ha matado, en el país del orden y el progreso le llaman Amor Perfecto. ¿Será porque se trata de fragilidades que sobreviven al invierno? La serialidad amorosa y escritural se interrumpe con sensibilidad otra, quizás la del educar que no transa, apenas gesticula una enseñanza del arcoíris: en la atmósfera terrestre, vía óptica y meteorológica, la luz se descompone en el espectro visible por atravesamiento de precipitaciones, emergen arcos concéntricos de colores sin solución de continuidad entre ellos, con encarnados hacia fuera y violetas hacia dentro (¿lo hecho carne se expone y las flores se guardan?). Se ha dicho que al final espera un tesoro de duendes y gente ha enloquecido en su búsqueda, ¿acaso el tesoro no es ya lo visto y solo después pueden afirmarse sentidos otros? Caminito de las hojas, nervaduras de otra brújula. Queda resto, una risa dibujada con tiza.

Referencias

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Trabajo indigno: “aquel que disuelve la imaginación en la realidad, ésta necesariamente se superpone a aquella, absorbe su aire hasta matarla. Y el cuerpo deambula con ese malestar pesado sobre los hombros” (Mercado, 1996, p. 53). Por otros detalles relacionados con la retórica en discusión, véase (Maggio (2018))
Por si se quiere saborear más al respecto, véase la retórica “compleja” de ( Boggino y Barés (2016)).
Una referencia de esto puede encontrarse en la retórica oportuna de ( Anijovich y Cappelletti (2017)).
En esta línea puede evocarse y recomendarse visitar ( Giuliano, Giuliano y Montiel (2024)).
Rastros visibles y ampliables en Marcó del Pont (1999).
Giuliano, F. (2025). Pedagogías de la insumisión: cavilaciones en lo oscuro, (Pensamiento), (Palabra)… Y Obra, (33), e22161
Publicado
2025-01-01

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